Conformismo
EL RINCÓN DEL BECARIO JUBILADO
Tengo mi propia definición de felicidad: la felicidad es el conformismo bien entendido.
Ya sé que no suena demasiado bien. Pero antes de juzgarla, déjenme pedirles una cosa: lleguen hasta el final.
Si hubiera escrito que la felicidad consiste en perseguir nuestros sueños, superar nuestros límites y no dejar nunca de aspirar a más, probablemente habría quedado mejor. Pero no pienso hacerlo.
Hemos conseguido que algunas palabras tengan buena prensa y otras bastante mala. Ambición suena a progreso, esfuerzo, superación. Conformismo, en cambio, a resignación, mediocridad y falta de aspiraciones. Y quizá deberíamos revisar ambas reputaciones.
Existe una ambición magnífica: la que nos empuja a mejorar, aprender y esforzarnos. Pero también una ambición mal entendida: la que convierte inmediatamente cada cosa conseguida en insuficiente.
Y con el conformismo sucede lo contrario. Conformarse no significa necesariamente resignarse. Nadie debería hacerlo ante una relación que le hace daño, un trabajo insoportable o una injusticia que puede combatir.
El conformismo bien entendido es otra cosa. Es aprender a reconocer cuándo tenemos suficiente.
A Groucho Marx se le atribuye una definición bastante diferente: "Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…". Me temo que Groucho practicaba otro tipo de conformismo.
La felicidad lleva siglos ocupando a filósofos y, más recientemente, también a economistas, psicólogos y sociólogos. Hasta existen cátedras de la felicidad e incluso un Informe Mundial sobre la Felicidad que intenta medir cómo valoramos nuestra propia vida.
Y lo hace de una manera sorprendentemente terrenal. A personas de más de 140 países se les pide que imaginen una escalera. El cero representa la peor vida posible y el diez, la mejor. La pregunta es sencilla: ¿en qué peldaño cree usted que está?
Eso determina básicamente la clasificación. No se decide desde un despacho qué debería hacernos felices. Nos preguntan qué nota ponemos a nuestra propia vida. Después se analizan factores que ayudan a explicar las diferencias: renta, esperanza de vida saludable, apoyo social, libertad, generosidad o percepción de corrupción.
Y los resultados dan que pensar. España lleva años entre las veinte mayores economías del mundo. Sin embargo, en la última edición del Informe Mundial sobre la Felicidad ocupa el puesto 41.
A los españoles nos gusta decir que España es un país donde se vive muy bien. Y seguramente tenemos razones. Pero si vivir bien tiene algo que ver con sentir que vivimos bien, quizá ese puesto debería hacernos pensar. Sobre todo cuando Costa Rica ocupa el cuarto. Su economía es muchísimo menor que la española y también lo es su renta por habitante.
Eso no demuestra que los costarricenses sean más conformistas que nosotros. Pero permite hacerse una pregunta:
- ¿Y si algunos países con menos han aprendido mejor que nosotros a sentir que tienen suficiente?
Porque quizá la felicidad dependa menos de cuánto tenemos que de cuánto creemos necesitar.
Naturalmente, no todos partimos de la misma situación. Hay enfermedad, pobreza, soledad, pérdidas y vidas extraordinariamente difíciles. Sería frívolo explicar cualquier infelicidad por falta de conformismo.
Pero muchos tenemos bastante más de lo que necesitamos y, sin embargo, una extraordinaria capacidad para dejar de valorarlo. Queríamos una casa y después quisimos una mejor. Queríamos viajar y ahora nos parece poco hacerlo una vez al año. Cada objetivo alcanzado parece convertir inmediatamente el siguiente en necesario.
Y además hemos perfeccionado la comparación. Antes uno podía estar satisfecho con su casa hasta que visitaba la del vecino. Ahora tenemos varios millones de vecinos en Instagram. Siempre habrá alguien con más dinero, más éxito, más viajes, mejor cuerpo o unas vacaciones aparentemente maravillosas.
Competir contra todos tiene un inconveniente: es imposible ganar.
Quizá deberíamos reconciliarnos con la palabra conformarse. No para abandonar proyectos ni renunciar a mejorar. Podemos querer mejorar nuestra vida sin vivir como si la que ya tenemos fuera insuficiente.
Porque el problema no es querer más. El problema empieza cuando necesitamos más para disfrutar de lo que ya tenemos.
No creo que la felicidad consista en levantarse cada mañana dando saltos de alegría. Además de improbable, debe de ser agotador. Aspiro a algo más modesto: estar razonablemente a gusto con la vida que tengo y no permitir que lo que me falta me impida disfrutar de lo que ya está.
Ahora sí. Ya han llegado al final y pueden juzgar mi definición. Solo me queda hacer una confesión: llevo años defendiéndola y todavía no he conseguido aplicármela del todo. Quizá por eso sigo intentándolo.
Si tuviera que elegir una palabra para acercarme razonablemente a la felicidad, elegiría precisamente esa que tan mala fama tiene:
Conformismo. Bien entendido, naturalmente.








