La costumbre de no proponer nada

La opinión, como cada martes, de Juan González-Posada en TRIBUNA

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La costumbre de no proponer nada
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 5 min.

Desde el 6 de septiembre, cualquier ciudadano de Singapur que lea un libro durante quince minutos y lo registre en una aplicación del Gobierno recibe veinte monedas virtuales; con cincuenta días de lectura puede canjear un dólar. El programa se llama ReadSG, lo gestiona la National Library Board (NLB) y desciende de otra campaña que premia con vales a quien camina diez mil pasos diarios. Caminar, antes. Leer, ahora. La noticia invita a sonreír, pero la sonrisa dura poco, porque lo que importa no es la fórmula, sino el reflejo: ante un problema, aquel Gobierno no convoca una jornada de sensibilización. Inventa algo, lo prueba y, si falla, lo corrige.

El problema, en cualquier caso, es real. Melissa Tam, directora de la NLB, presenta ReadSG como una apuesta contra la deriva hacia el contenido breve, destinada a sostener "mentes curiosas, pensadores profundos y ciudadanos informados". Las redes y el vídeo corto no han sustituido a la lectura profunda; han hecho algo más sutil y más grave: le han arrebatado el tiempo.

Singapur no es el único que ha respondido con dinero. Francia generalizó en 2021 el Pass Culture, que llegó a entregar 300 euros a cada joven de dieciocho años; hoy, la mitad. España reparte desde 2022 su Bono Cultural Joven, 400 euros a la misma edad. La pregunta es qué se compra con ese dinero.

La respuesta francesa llegó en enero de 2025, y nadie quería oírla. El Tribunal de Cuentas concluyó que el Pass Culture no había ampliado las prácticas culturales de los jóvenes, sino intensificado las que ya tenían: más de la mitad del gasto fue a libros, pero sobre todo manga y cómic, y el teatro quedó muy por detrás. En España, buena parte del bono se va en videojuegos y plataformas de streaming, y algunos jóvenes revenden lo comprado porque necesitan liquidez.

La culpa no es de los jóvenes: basta mirar lo que tienen delante. Los sociólogos Carlos Fernández y Riie Heikkilä han descrito en la Revista Internacional de Sociología cómo los algoritmos de recomendación estrechan el omnivorismo cultural, esa curiosidad que lleva sin prejuicios de la ópera al cómic. El bono paga; el algoritmo elige.

Conviene recordar de dónde venimos. Cuando Malraux puso en marcha en 1959 el Ministerio de Asuntos Culturales del Gobierno de De Gaulle, le fijó una misión que hoy suena casi temeraria: hacer accesibles las obras capitales de la humanidad al mayor número posible de ciudadanos. La administración las elegía y las llevaba a la gente. Seis décadas después, el Pass Culture ha invertido la ecuación: entrega el dinero y deja que elija el mercado. Es el paso de una política de la oferta, con criterio, a una política del consumo, sin él.

Nada garantiza que ReadSG escape a esa lógica: ni siquiera se sabe qué contará como lectura. Si quince minutos de un ensayo exigente valen lo mismo que quince de manga, el sistema no mide profundidad. Mide minutos. La idea de Singapur, pese a todo, no merece desprecio. Quizá pagar por leer instale la costumbre de abrir un libro cada día; ya sería mucho. Pero una costumbre no es un criterio, y ni Francia, ni España, ni por ahora Singapur han sabido crear el hábito y darle sentido a la vez.

Por eso las administraciones culturales tienen que volver a la oferta y proponer ideas, originales o no, pero inteligentes, con la misma disposición a equivocarse en público que ha mostrado Singapur. Ideas que miren al teatro minoritario, a la música no comercial, a las artes visuales y al patrimonio menos fotogénico, y que piensen tanto en quien ha dejado de venir como en quien nunca entró. Alguien tendrá que decidir, con sus sesgos; la alternativa al algoritmo no es la ausencia de filtro, sino un filtro visible y discutible. Es una responsabilidad que no se delega: ni el mercado ni la iniciativa independiente van a asumirla.

En otros terrenos, algunos ya han asumido la suya. No se trata de comparar lo incomparable: la gestión de la vivienda y la cultura no se parecen mucho, salvo en que alguien tiene que proponer algo. Zohran Mamdani ha llegado a la alcaldía de Nueva York prometiendo la congelación de los alquileres regulados, guarderías gratuitas, autobuses sin billete y supermercados municipales. Die Linke acaba de ganar Berlín con Elif Eralp al frente y la promesa de expropiar a los grandes tenedores. Jaume Collboni ha vuelto de Nueva York anunciando comercios asequibles para Barcelona. Son apuestas discutibles, pero concretas, y comprometen a quien las firma. Lo que las une no es una ideología, sino una manera de entender el cargo público: sirve para cambiar las cosas, y quien lo ocupa responde por ello.

Otra muy distinta impera en la cultura española: la del gestor que programa a su gusto y para los suyos, y confunde la institución con su casa. Malraux tenía inteligencia; a muchos de quienes hoy administran la cultura, aquí y en cualquier parte, les basta con el cargo. No hay propuestas mejores ni peores. No hay ninguna.

Y no tenerla sale gratis. En abril, la Comisión Mixta Congreso-Senado pidió el cese de Manuel Segade, director del Reina Sofía, si antes del 31 de diciembre el museo no pone en orden su inventario, que incluye obras sin localizar. Nadie, ni siquiera una comisión dominada por la oposición, reclamó un cese por falta de ideas. Se destituye por no saber dónde están los cuadros. Nunca por llevar años sin proponer nada.

Lo irónico es que proponer no requiere aplicaciones ni monedas virtuales. El domingo se clausuró en la Tate Britain la mayor exposición europea de James McNeill Whistler en treinta años: un pintor del siglo XIX que exige exactamente lo que la pantalla prohíbe, tiempo. Ningún algoritmo habría sugerido esa exposición. Bastó alguien que la decidiera con criterio, y no a su gusto. Ese gesto, tan antiguo, es hoy el más revolucionario que puede hacer un museo.

Los tiempos han cambiado, y la administración cultural sigue igual. El cargo no es un premio; es una obligación con quien paga y con quien nunca entra. Dentro de diez años, una generación educada por el móvil pagará con sus impuestos museos que no pisa, teatros que no conoce y bibliotecas que no necesita, y preguntará, con razón, para qué sirven. Esa pregunta se contesta hoy, con otra mentalidad: una nueva responsabilidad pública. Quizá sea tarde; todavía no lo es del todo. Si no reaccionamos ahora, lo lamentaremos cuando la sala esté vacía y la pantalla, llena. La situación es grave. No estamos para pasar el rato.

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