El andaluz que fue rey de Inglaterra por un día
El bonito municipio onubense de Lepe, que en toda España se asocia al sentido del humor, guarda en su acervo una insólita historia protagonizada por uno de sus hijos más emblemáticos que, por azares del destino, logró convertirse en rey de Inglaterra por un día. La base de la tradición transmitida de generación en generación parece sustentarse en hechos reales, adornados con otros de ficción añadidos con el paso del tiempo.
Huelva cuenta con un perceptible legado inglés, especialmente en la comarca de la Cuenca Minera y el patrimonio de la propia capital. Pero, además, existe otro vínculo más antiguo entre ambas tierras, recogido en un singular suceso que forma parte del imaginario popular de la provincia.
El relato propagado oralmente asegura que Juan de Lepe era un marino de origen modesto nacido a mediados del siglo XV en esta localidad de Huelva y que, por avatares de la vida cuya naturaleza no ha llegado a nuestro conocimiento, recaló en datación indeterminada en la sobria corte de su majestad Enrique VII de Inglaterra, el primer monarca de la dinastía Tudor, que reinó entre 1485 y 1509.
Si la climatología era adversa, el soberano pasaba largas temporadas sin salir de sus dependencias, dedicado como distracción a sus aficiones de presenciar espectáculos y jugar a las cartas o al ajedrez, mientras degustaba una buena cerveza. En estas ocupaciones participaba siempre Juan de Lepe, amenizando esas luengas jornadas recluidas del rey en calidad de bufón, juglar o compañero de juegos, y gozando del honor de sentarse como comensal a su mesa, hasta el punto de haberse granjeado, con su gracia, agudeza y astucia, un relevante puesto en la estima de Enrique, como ayudante, confidente e incluso amigo personal.
Una de esas tardes de actividades compartidas, se dice que el Tudor, a pesar de su fama de austero y avaro, y su costumbre en consecuencia de apostar solo unas pocas monedas en los juegos de azar, se creció vanidosamente en la percepción de sus facultades, osando retar a Juan de Lepe, durante una partida de cartas o de ajedrez, según interpretaciones, a que podía ganarle sin dificultad, y mostrándose tan seguro de sí mismo que, en caso contrario, se comprometía a cederle su trono por un día, junto con las rentas del reino generadas en esa fecha. Juan, viendo las jugosas posibilidades que se le abrían por delante, agudizó su ingenio y consiguió prevalecer en la mano. Enrique VII de Inglaterra, viéndose derrotado, a pesar del chasco y el disgusto, obró con honestidad y cumplió su palabra, manteniendo lo apostado y hasta celebrando una gran fiesta en honor del andaluz, sin que lo ocurrido empañase su buena relación.
El nombramiento del plebeyo como simbólico y efímero monarca inglés se difundió por la rubia Albión, y él comenzó a ser apodado 'el pequeño rey de Inglaterra'. En su día con el cetro, Juan de Lepe aprovechó la oportunidad y se hizo con derechos, prebendas y cuantiosas sumas de dinero, así como el permiso para llevárselo a España, garantizándose de este modo un próspero retiro tras su fugaz reinado, y cambiando su sino drásticamente desde ese momento por su evidente mejoría de estatus.
Todas las versiones de este episodio coinciden en que Juan de Lepe regresó rico a su patria chica, pero discrepan entre sí sobre si lo hizo en vida del monarca inglés, con su autorización, al día siguiente del trance, en una flota de navíos a sus órdenes, o bien a su muerte en 1509, antes de la entronización de su sucesor, el célebre Enrique VIII, por no querer arriesgarse a que este pudiera decidir su suerte. En todo caso, Juan retornó a Lepe provisto de riquezas que le permitieron llevar una existencia de comodidades y además ser benefactor de su municipio. En ese sentido, donó parte de su hacienda para el mantenimiento del ahora derruido convento franciscano de Santa María de la Bella de Lepe, donde fue enterrado, a condición de que sus hazañas se grabaran en su lápida, a modo de epitafio.

Aunque hoy el cenobio lamentablemente no se conserva debido a los estragos causados por la desamortización de Mendizábal en el siglo XIX, ni tampoco se han preservado la lauda sepulcral o los restos del famoso lepero, tras la destrucción infligida por el ejército napoleónico durante la Guerra de Independencia, sabemos que su voluntad fue respetada, por una fuente crucial para sustentar la veracidad de esta semblanza: la magna obra Origine Seraphicae Religionis, redactada en latín por el padre Francisco Gonzaga (1546-1620), ministro general de la Orden Franciscana, y publicada en Roma en 1587, en la que se narra la visita que el propio Gonzaga hizo en 1583 a las ruinas del recinto sagrado:
"En la iglesia de este convento aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por los ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después de haber vivido algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como un recuerdo de este lugar".
El testimonio no alude a que Juan de Lepe fuese de extracción humilde. Dada la importancia económica de Lepe como centro comercial en los siglos XIV y XV, reputado por sus vinos que arribaban hasta Inglaterra, cabe especular que Juan de Lepe, en lugar de un marinero, fuera un comerciante poderoso, con contactos en la corte inglesa. El texto asimismo asevera que el personaje retornó a su tierra en vida de Enrique VII, tras haber recabado la dispensa regia para ello, con lo que desautoriza a quienes afirman que debió esperar al deceso del soberano a tales efectos.
Se dice, aunque el documento anterior tampoco lo menciona ni hay constatación escrita o pruebas de ningún tipo, que Juan trajo consigo de su experiencia en las islas británicas una de las coronas del monarca inglés, entregándola para el culto de la Virgen de la Bella. Sería un precioso trabajo de orfebrería de plata grabada a fuego con esmaltes, que se custodia en el ajuar de la Hermandad de la Bella y cada año en el segundo domingo de mayo la luce en su romería la talla de Nuestra Señora de la Bella, patrona de Lepe y alcaldesa honoraria y perpetua de la villa por acuerdo unánime del Consistorio desde 1956. Es la corona más antigua de su camarín, de incalculable valor histórico y sentimental para la población, que tras 500 años se exhibió por primera vez al público en 2010, en la exposición 'Los tesoros de la Virgen'. Aunque su autenticidad es controvertida. No parece probable que un convento de una orden mendicante hubiera atesorado pacíficamente durante tantos siglos un objeto tan valioso, sobre todo en atención al hecho de que en esos años la costa de Huelva sufrió constantes incursiones y saqueos de piratas berberiscos.

El caballero cordobés Francisco Luján había fundado y dotado de renta en 1431, en un lugar recoleto de Lepe, un eremitorio masculino bajo la advocación y la Orden de San Francisco, denominado San Francisco del Monte o San Francisco el Viejo. Pero en 1488 surgieron controversias que llevaron a sus gentes a expulsar a los frailes e intentar demoler los muros de fábrica del edificio. Cuando la noticia llegó a Roma, el papa inicialmente decretó la excomunión, aunque más tarde la dejó sin efecto, una vez en poder de información detallada sobre las razones que motivaron el destierro, aunque imponiendo la condición a la Casa señorial de Zúñiga de Ayamonte de erigir cuatro monasterios en compensación. Dentro de ellos, en 1513 los marqueses de Ayamonte, Francisco de Zúñiga y Leonor Manrique, establecieron la comunidad de menores observantes, entre Lepe y la torre de Villamarín, lugar hoy conocido como El Terrón, en la desembocadura del río Piedras, teniendo como titular a Santa María de la Bella. Cada primavera, en su multitudinaria romería, la talla vuelve al paraje donde residió varios siglos, el solar que acogió el convento franciscano, donde hoy un monolito lo evoca.
Esta historia no es la única conexión que Lepe posee con Inglaterra. En el condado de Hampshire, cerca de Exbury, se alza un pequeño pueblo costero llamado Lepe, situado a orillas del río Solent. Ambos Lepes, separados por algo más de dos mil kilómetros, comparten el estar ubicados en el sur de sus respectivos países y disponer de playas en un privilegiado entorno natural que los convierte en zonas turísticas.
Mientras hay teorías que declaran que el Lepe inglés fue bautizado así en honor a la hazaña de Juan de Lepe, otras defienden su origen romano, señalando que el topónimo procede de la palabra latina lapis, que significa piedra. Fue un emplazamiento clave durante la Segunda Guerra Mundial, pues el 6 de junio de 1944, día D del desembarco de Normandía, se utilizó como punto de partida para tropas, vehículos y materiales, y base de la Operación PLUTO de construcción de un gaseoducto para abastecer de combustible a los aliados.
Hoy, el legado de Juan de Lepe sigue vivo en la memoria colectiva del municipio homónimo, con el importante reconocimiento de haber dado su nombre a una calle céntrica, que desemboca en la plaza del ayuntamiento. Hasta los Lunnis han dedicado un capítulo a la figura de Juan de Lepe, para explicar su curiosa biografía a los más pequeños. Aunque la inaudita circunstancia que le tocó atravesar solo durase 24 horas, estaba llamado a permanecer en el recuerdo de sus convecinos a lo largo de los siglos.








