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La casa de la música
Un concierto en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos en el Centro Cultura Miguel Delibes (CCMD) está siempre lleno de promesas. Empiezan a sonar los primeros compases de Totenfeier (Ritos fúnebres) de Gustav Mahler y la música llena de aire sonoro y de ilusiones a público y músicos.
Solo su nombre: Mahler y ya sabemos que nos acércanos al caos. Es el único compositor que de manera instintiva se mueve en el caos como pez en agua. Tiene muchas claves este maravilloso compositor. Treinta minutos exactos duran los Ritos fúnebres que escuchamos en esta sala por primera vez.
Tiene muchas capas esta música. Y el oyente tiene que realizar un esfuerzo si quiere profundizar en lo que lleva dentro. Mahler compuso toda su música pensando en el oyente del hoy y en del mañana. Obliga a músicos y público a "ponerse las pilas". Dirige esta noche a la OSCyL Christoph Koncz que trae lo deberes hechos.
Dirige con precisión de relojero suizo y la OSCyL da la hora exacta, en la tecla exacta con la técnica y la habilidad exacta para que brille equilibrado Mahler, para que la música suene esta noche como quería que sonara el compositor: única e irrepetible.
Luego llegó la Sinfonía nº 2 "Lobgesang" (Himno de alabanza) de Felix Mendelsohn y durante setenta minutos exactos el público pude ver y oír la música de las sopranos Alicia Amo y Ulrike Haller, el tenor Tuomas Katajala y el Coro de la OSCyL. He pasado más tiempo escuchando a Mendelsohn que con mi hermano Pedro.
Escuchar esta sinfonía es como salir de un sueño o estar perdido sin sombrero y sin agua en el desierto durante todo un día, no digo más. Tiene una la impresión de sumergiese en una ciudad desconocida, solitaria y sin parques. Esta música necesita del oyente un esfuerzo supletorio para no descolgarse y aburrirse como una ostra.
Se puede convertir en una experiencia placentera, como no. Pero hay que huir como gato escaldado de eso que ahora proponen tanto los gestores culturales: de las experiencias colectivas. Te tienen que gustar las tormentas para que te guste la música de Mendelsohn y lo charcos y los musgos.
Escuchar es viajar. Si un oyente está sentado en la butaca de la sala sinfónica escuchando el Himno de alabanza ese oyente se convierte automáticamente en un viajero. Los grandes contadores de historias construyeron el mundo escuchando lo que contaban los capitanes que llegaban al puerto.
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