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Andrés Miguel

Una vuelta a las personas

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Cuando era un crío, en mi pueblo, la gran mayoría de sus lugares, ya fueran calles, plazas, parajes en el río o en el monte, caminos en el pinar, caseríos, refugios de pastores o de resineros, casi cada cosa, tenía una historia, tenía un origen y había tomado su nombre o su forma por razones que se transmitían de generación en generación.

 

En aquel tiempo aún los chavales creíamos, a pies juntillas, los argumentos de antiguas narraciones sobre personajes siniestros que se llevaban a los que se comportaban mal o desobedecían, así como historias sobre tesoros escondidos de la guerra civil o leyendas de magia y brujería en noches de luna llena. La realidad se mezclaba con la imaginación y el paso del tiempo adornaba de misterio cada historia.

 

Lo cierto es que, en mi pueblo, que yo sepa, no había ni brujas, ni ogros, no hubo personajes malvados ni tesoros ocultos. Había humanidad, una humanidad que no vivía en base a lo que dictaran la televisión o las redes sociales, sino en base a lo que surgía de su propia imaginación y esfuerzo.

 

Desde nuestra visión de críos, nosotros no percibíamos la pobreza, las dificultades, la tristeza de tiempos difíciles. Acaso lo disimulaba una actitud distinta, positiva, de crecer, de salir adelante, un afán en cada casa, en cada vecino, de ganarse la vida y progresar, como personas y como comunidad. Así no eran pocas las cosas que los vecinos hacían juntos, por barrios, por calles, el pueblo entero… celebraban fiestas, compartían frutos de la huerta, se ayudaban ante las necesidades, se preocupaban los unos de los otros, casi nunca con interés malsano, se acompañaban con verdadero sentimiento cuando un miembro de la familia fallecía o surgía una desgracia. Vivían juntos y respetaban también la intimidad de cada casa.

 

Con esos recuerdos en mi cabeza vuelvo cada poco al pueblo y sueño con, de algún modo, revivir aquella época, que juzgo a veces mejor que la presente. Sin embargo sé que no hay vuelta atrás, que la vida ha cambiado sin retorno…

 

En las ciudades, y también en muchos pueblos, la vida me parece sosa, simple, demasiado acelerada y llena de estímulos que nos tienen a menudo distraídos y que, para nuestra desgracia, no nos permiten parar, pensar, compartir, escuchar… Aunque, en realidad, somos nosotros quienes nos hemos metido en ese círculo sin salida, quienes hemos abrazado el consumismo y la tecnología, quienes nos hemos alejado de aquellos que nos rodean, de las cosas que pasan a nuestro lado, de la vida que corre a nuestra puerta y que ya no disfrutamos.

 

Pensamos que somos seres más completos porque sabemos, casi al instante, qué ocurre en un lugar remoto de Nueva Zelanda, pero desconocemos qué le ocurre a nuestros vecinos.

 

Nos sentimos más felices porque acumulamos más cosas, pero no disfrutamos de ellas como disfrutábamos de pequeños mirando las estrellas, jugando al escondite o yéndonos a bañar al río.

 

Por descontado, nuestros críos de hoy desconocen absolutamente la historia de los lugares por los que corretean, de los hombres y mujeres que los levantaron, de quienes, con su esfuerzo, abrieron el camino al bienestar que hoy disfrutamos.

 

Perdida en la memoria, irrecuperable ya esa historia, pudiera parecer que nada quede ya por hacer. Sin embargo, aún hoy, el mundo está lleno de cosas por explorar. Las más cercanas, las personas.

 

Quisiera creer que la celebración de la Navidad es un buen momento para cambiar el rumbo y aventurarnos a conocer a las personas.

 

Feliz Navidad a todos.

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