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Andrés Miguel

Peregrino a Santiago

Camino de santiago detail

Decía Henry Miller que “en esta época, en la que se cree que hay un atajo para todo, la mayor lección que hay que aprender es que el camino más difícil es, a largo plazo, el más fácil”.

Todos los peregrinos que he encontrado en las distintas rutas que he recorrido a lo largo del Camino de Santiago tenían un motivo, incluso varios, para haber comenzado a caminar. No mantengo fresco en la memoria cuál fue exactamente el mío, aunque lo recuerdo más como una bravata entre amigos que un fogonazo espiritual, algo así como “¿A que no hay coj…. para hacer un par de etapas del Camino de Santiago este fin de semana?” Y pronunciada la palabra clave…. ¿cómo iba yo a echarme atrás?

 

Descubrí hace poco que he andado ya unos 1.353 kilómetros a través de la ruta jacobea desde que comencé allá por abril del 2012. Para cualquiera que me conozca, un tío de 52 tacos, entrado en carnes, sociable lo justo y al que no le gusta el senderismo, esta tacada de kilómetros hechos a patita le parecerá un invento, pero os garantizo que mis botas dan fé de ello… las ha remendado tantas veces el zapatero de Pedrajas que comienzan a ser una especie de Frankestein del calzado. Por otro lado, llevo un diario de cada una de mis andanzas (quizás en el futuro pueda convertirse en un libro de viajes) e igualmente podría probar con él (y con fotografías) que he dado cada uno de los pasos que el Camino requería.

 

El caso es que el Camino engancha y quisiera decirte algunas de las razones por las que lo hace:

 

Para mí es importante señalar que esta aventura exige un esfuerzo al que habitualmente no estamos preparados, de modo que, lo queramos o no, provoca que abandonemos nuestra zona de confort, nuestras rutinas diarias, la vida en que nos sentimos cómodamente instalados y en la que creemos controlarlo casi todo. El Camino es, entre otras muchas cosas, un viaje hacia nuestros límites, un exigente test a nuestras capacidades físicas y nos ayuda a descubrir que somos mucho más fuertes y resistentes de lo que creíamos. El padre de Javier Reverte, mi escritor de viajes favorito, le decía: “ojalá Dios no te ponga en la tesitura de conocer tus límites”. Y es que es una verdad que los humanos somos muy capaces de llevar el límite de nuestras fuerzas mucho más allá de lo que imaginamos. En medio de un entorno que no conocía, he disfrutado observando la forma en que he sido capaz de adaptarme y vencer dificultades. Y en la batalla por vencer esas dificultades he aprendido a distinguir lo que de verdad importa y lo que es superfluo. Acabar cada etapa es vital para lograr el objetivo de llegar a Santiago, pero para hacerlo no es necesario llegar el primero, ni vestir con el mejor equipamiento deportivo, ni disponer de los mejores medios de apoyo… lo que de verdad importa es encontrar tu ritmo, disfrutar cada momento y escuchar a tu organismo.

 

¿Sirve el Camino para que uno acabe conociéndose a sí mismo? No mitifiquemos. Un poco sí, aunque hay que estar dispuesto a hacerlo, reflexionar tras cada etapa o a lo largo de ella, realizar un ejercicio intelectual que no siempre es sencillo. No obstante, siento que no hay mejor lugar para hacerlo que el Camino. La soledad en la que a veces te encuentras es el mejor compañero de viaje si quieres hablar contigo mismo, con tu ser interior y poner ante tus ojos la película de tu vida. En todo caso, el Camino es, sin duda, el mejor lugar para dejar que el silencio hable. Mi diario de viaje me ayuda enormemente en este ejercicio de reflexión y autocrítica que me ha permitido descubrir cómo soy, cómo impacta en mí la vida y cómo suelo hacerlo yo en los demás. Y es que “los demás” son importantes en nuestro devenir por el Camino, como lo son en nuestra vida diaria o en el trabajo. La ruta jacobea es un enorme meeting point en el que uno tiene la oportunidad de conocer mucha gente nueva, de tu país o de cualquier otro país del mundo, gente de otras culturas, con otros valores, con otras ideas… personas que han sentido, como tú, la llamada del Camino y cuyas experiencias inevitablemente te enriquecen, incluso aunque tú no te des cuenta. Me gusta hablar, algunas veces, con peregrinos de otras nacionalidades, como me gusta hacerlo con algunos vecinos de los lugares por los que paso o con los que me topo en alguna ermita, iglesia, bar o tiendecilla. He obtenido de ellos mucha ayuda, muestras de solidaridad y compromiso, manifestaciones de bondad y desprendimiento. Hay un halo de bondad en el Camino que nos hace a todos los que allí coincidimos, caminantes o no, mejores personas. No desdeño en absoluto el origen religioso que el Camino tiene y su influencia en muchos de los aspectos que acabo de mencionar: la bondad, la solidaridad, el desprendimiento. Lo acepto de buen grado. Está en mi educación. Es parte de mi cultura.

 

Asimismo, el Camino interpone distancias a nuestras preocupaciones y desengaños, cauteriza nuestras heridas emocionales. 

 

El Camino de Santiago tiene, además, en cualquiera de sus variantes, un poso histórico y cultural de un atractivo inagotable. No puedo nombrar una sola senda en la que la Naturaleza no me haya dejado con la boca abierta en algún momento, ni en la que la arquitectura, las artes, la mano del hombre, las tradiciones, la Historia al fin, no me mostrasen increíbles ejemplos de su paso.

 

He caminado un montón de kilómetros y no me pregunto ya por qué me enganchó el Camino, tan sólo voy contando los días que me restan para volver… y no está entre mis intenciones tomar ningún atajo.

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