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Andrés Miguel

La felicidad en las faltas de ortografía

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Ser un tipo perfeccionista rara vez me ha reportado alguna satisfacción. Echo la vista atrás y, aunque resulte paradójico, no me queda un solo recuerdo bueno relacionado con esa manera mía de hacer las cosas que consiste en un permanente deseo de ejecutarlas de forma sobresaliente, aventajando todo objetivo, superando cualquier reto, aportando el nivel más alto de calidad y competencia del que fuera posible.

 

Por suerte, con el tiempo, este afán de perfección se ha ido aligerando de obligaciones, librándose de una funesta auto exigencia que, toda vez que la perfección no es siempre posible, no generaba en mí otra cosa que insatisfacción y jaquecas.

 

Me reconozco como un tipo con notable fuerza de voluntad, constante en el esfuerzo, incansable si me lo propongo, multi-tarea y, tiempo atrás, ciertamente obsesionado con tenerlo todo bajo control.

 

En general no podría decir que eso me ha hecho mal, pero tampoco es lo que me ha hecho feliz.

 

Conste que no me siento un perfeccionista de manual, no estoy (al menos ahora), entre aquellos que se conducen mediante un pensamiento rígido, ni entre ésos que pasan del blanco al negro sin percibir cientos de tonos grises por el medio, ni soy  de aquellos que se sienten constreñidos por el miedo a fallar en algo o a equivocarse gravemente (porque un perfeccionista cree que sólo puede equivocarse gravemente, catastróficamente…); tampoco me ha preocupado nunca en exceso qué pensarían los demás, si me juzgaban o no y eso me obligaba a actuar de tal o cuál manera, aunque sí me reconozco (casi siempre antes) controlando deseos y emociones.

 

Buscaba la perfección en mi quehacer, en el de mi equipo, en el de mi familia, en los lugares que visitaba, en las relaciones que mantenía, en los camareros que me servían, en el diario de noticias que leía… hasta que descubrí que podía esforzarme en buscarla, pero encontrarla no es posible.

 

En su búsqueda me he formado como persona, he aprendido cosas y vivido experiencias de las que no me arrepiento, aunque no siempre fueran satisfactorias; de todo saqué provecho. En el camino de su búsqueda he construido el padre que soy, el esposo, el amigo, el empleado, el articulista ocasional, el senderista, el colaborador… todas esas figuras que soy, al tiempo o cuando toca.

 

En la batalla que durante años libré en pos de la perfección, descubrí que una mayoría de los que me rodeaban no le daban tanta importancia a eso que para mí era trascendental, cuestión de vida o muerte… y no era porque éstos valorasen más el lado opuesto, la imperfección en sí, sino porque en ella les resultaba más fácil sentirse reflejados, aceptándose mejor gracias a una identificación con los demás que yo no era capaz de sentir. Una cierta imperfección les hacía más libres, mientras me convertía a mí en preso de mis obsesiones. Una cierta imperfección les hacía personas mucho más naturales en su manera de ser, con índices más bajos de ansiedad, notable autoestima y, por qué no, incluso seguridad en sí mismos.

 

Y ante esta paradoja, empujado por los acontecimientos, por la vida, el perfeccionista que fui acabó trasmutando… de mariposa a oruga (je, je)… y hoy soy más consciente de lo importante que es aceptarse a uno mismo, quererse y respetarse, valorando que quizás nadie es perfecto, que tengo, como cualquiera tiene, el derecho a equivocarme y la oportunidad de disfrutar de cada vivencia, así como de conectar sin escudos con mi parte emocional.

 

Desde hace ya un tiempo no busco en la vida lo perfecto, busco el punto medio. Sé que tener la ambición de ser perfectos en la vida es conveniente, siempre que no afecte negativamente a nuestro equilibrio emocional, a nuestro bienestar personal.

 

Hasta el punto es así, que soy feliz de haber colaborado hoy con Tribuna, aunque haya cometido ya 3 faltas de ortografía…

 

PD: No pierdas el tiempo buscándolas… no he dicho que haya dejado de ser perfeccionista… de hecho busco el “punto medio perfecto”.

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