Pigmalión y las decisiones pensando en el futuro
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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

Pigmalión y las decisiones pensando en el futuro

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Pigmalión era un listo. Es verdad que era escultor, pero también era un listo. Pigmalión, además de ser un listo, dio nombre al efecto que lleva su nombre: el efecto Pigmalión. Este efecto es conocido también como la hipótesis que se autoconfirma. No voy a contar aquí la historia del listo de Pigmalión, porque se puede encontrar fácilmente en internet, pero sí que me detendré en comentar cómo el efecto del listo de Pigmalión puede influirnos en las decisiones que tomamos pensando en el futuro.

 

Imaginemos que los últimos estudios proféticos afirman que dentro de 5 años el 80% de los alumnos de 1º de la ESO pasarán de curso con al menos una asignatura suspensa. Imaginemos que yo como padre de unas criaturas que dentro de 5 años cursarán 1º de la ESO, me escandalizo (como debe ser) pero por otra parte acepto sin dudar los datos que arroga el estudio. Por otra parte avalado por los más grandes gurús del momento.

 

Imaginemos que mis hijas el próximo curso aprueban todo sin problema, el siguiente también, pero en 5º de Primaria suspenden una asignatura, supongamos que Natural Science. Cuando llegan con sus notas a casa, perdón, cuando miro las notas en la plataforma que tiene el colegio para comunicarse con los padres, y descubro el suspenso, me acuerdo del estudio profético y pienso: “Bueno, si lo normal será que dentro de dos años pasen con varias suspensas. No vamos a hacer un drama de esto”. Y digo a mis hijas: “hijas, hay que esforzarse más, pero no pasa nada, lo importante es que seáis felices”. Imaginemos que en 6º de Primaria suspenden dos asignaturas. “Aún están dentro de la media, no vamos a dramatizar”, podría pensar. Y al año siguiente, cuando llegan a 1º de la ESO, efectivamente, están dentro de ese 80% que pasan de curso con varios suspensos.

 

Quizá podría pensar en ese momento que el estudio tenía razón y que los gurús futuristas son las personas más inteligentes que hay en el planeta. O también podría pensar que quizá, influenciado por el listo de Pigmalión, he estado contribuyendo, inconscientemente, a que mis hijas lleguen a 1º de la ESO con todas las cartas para suspender varias asignaturas.

 

Desde hace varios años se han puesto de moda etiquetar a las diferentes generaciones (¿no es increíblemente complicado saber cuándo empieza una generación y termina otra?). Y así se habla de la generación X, la generación Y, la generación millennial, la generación centennial, la generación ZX… (Sí, esta última me la he inventado). Y proliferan los estudios en los que se habla de sus características: si son multitarea, si son más innovadores, si están hiperconectados, si viven el momento, si tienen pasión por la tecnología, si cambian de trabajo más frecuentemente, si buscan la felicidad…

 

Ya sabrás que yo no soy mucho de etiquetas, y menos de etiquetar a personas. Por muchas razones, pero entre ellas porque cuando se etiqueta a un grupo de personas siempre hay excepciones. Incluso muchas más de las que uno puede imaginar. Haz una prueba simple: busca una lista de características de los millennials en internet, piensa en una persona que conozcas entre 20 y 30 años. ¿Cuántas características de la lista cumple? Pues eso.

 

Muchas empresas usan esta información para tomar decisiones a futuro. ¿Cómo deberíamos adaptarnos a las generaciones que vienen? Y, sinceramente, no me parece una mala pregunta en absoluto. Es más, creo que es totalmente necesaria para tomar decisiones antes de que sea tarde. Pero hay algo en este planteamiento que me escama (como diría Dory).

 

Imaginemos que un directivo de una gran compañía lee un estudio profético, avalado por grandes gurús, que afirma que dentro de 5 años el 90% de las jóvenes cambiarán de trabajo cada 2 años. Y adapta su organización para encarar un índice de rotación de personal diez veces mayor que el que tiene actualmente. Así que empieza a priorizar proyectos a corto plazo (no más de 2 años), a aumentar la burocratización para que quede todo el conocimiento registrado antes de que las personas cambien de trabajo, a reducir el presupuesto en formación ya que la formación y el desarrollo es una inversión a largo plazo y no para que las personas se van a marchar en un par de años…

 

Imaginemos que después de 5 años, efectivamente, la rotación de la plantilla se ha multiplicado por diez. Quizá el directivo piense en ese momento que el estudio tenía razón y que los gurús futuristas son las personas más inteligentes del planeta. O también podría pensar que quizá, influenciado por el listo de Pigmalión, había estado contribuyendo, inconscientemente, a que las personas huyeran de la empresa porque no había proyectos a largo plazo en los que comprometerse, porque tenían que dedicar gran cantidad de tiempo al papeleo y a registrar todo lo que hacían, porque no había programas de desarrollo en la organización… Es decir, porque para los de mayor antigüedad la empresa en la que estaban trabajando ya no era aquella empresa de había 5 años y para los nuevos tampoco era una organización atractiva donde quedarse.

 

Quizá el directivo debería haberse esforzado en atraer a personas que se comprometen con las empresas a largo plazo, aunque fueran únicamente el 10% (si nos creemos el estudios de los gurús futurólogos). Porque, en mi opinión, la evolución de una organización nunca debe significar renunciar a lo que te define como empresa, a tus cimientos, a tu esencia, a tus principios.

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

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