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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

Formación efectista vs formación efectiva

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Hace unos día quedé a tomar una cerveza con un cliente a punto de jubilarse. En aquel momento era aún director general de una fábrica perteneciente a un grupo multinacional. Tuvimos una charla realmente interesante, incluso divertida. Hablamos de lo divino y de lo humano, me agradeció el trabajo que había hecho con ellos y me confesó que ojalá hubiéramos podido colaborar más.

 

También compartió conmigo una experiencia que había tenido en su última convención de directores europeos. En esa reunión se organizó para todos los asistentes una sesión cuyo objetivo era reducir el estrés. En concreto participaron en una sesión de yoga. Ni mi interlocutor ni yo tenemos nada en contra del yoga, es más, yo por mi parte creo que es beneficioso para ciertas personas, pero ambos coincidimos en que la manera de reducir el estrés de cualquier ser humano (no únicamente de directores de fábrica) no era con una sesión de yoga. Incluso mi compañero de conversación se aventuró a asegurar que todos y cada uno de los presentes en esa sesión, cuando volvieron a su puesto de trabajo en sus respectivos países seguían con el mismo nivel de estrés que tenían antes de la convención. Y es que hay una gran diferencia entre una sesión efectista y una sesión efectiva. Al igual que hay una gran diferencia entre una formación efectista y una formación efectiva.

 

Aclaro ambos términos antes de imbuirme en los asuntos centrales del artículo de hoy. Efectista: que pretende impresionar o llamar la atención. Efectiva: que produce el efecto esperado o cumple con el objetivo planificado.

 

Las modas existen en todos los ámbitos de la vida, sólo hay que asomarse a un lineal de yogures en un supermercado para darse cuenta de que las modas lo invaden todo. Y en muchas ocasiones la razón por la que algo se pone de moda no es precisamente porque sea realmente efectivo (sólo hay que asomarse a un lineal de yogures en un supermercado para darse cuenta de ello), sino por su efectismo.

 

La formación tiene un objetivo que cumplir que es claro y evidente: modificar los hábitos y costumbres de las personas en su puesto de trabajo. Es decir, cambiar los comportamientos que las personas realizamos habitualmente en nuestro trabajo por otros más beneficiosos, más efectivos o más eficientes. Cuando una persona realiza un curso de excel, el objetivo es que al aprender nuevas prácticas las utilice en las tareas que realiza con ese programa (ya sea el uso de tablas dinámicas o cualquier otra cuestión). Cuando una persona recibe una formación en seguridad laboral, el objetivo es que se comporte de manera más segura en su trabajo (ya sea al levantar objetos pesados o cualquier otra cuestión). Y cuando una persona recibe una formación antiestrés, el objetivo es que sufra menos estrés en su trabajo (ya sea gestionándolo adecuadamente con técnicas de relajación o cualquier otra cuestión).

 

Y en la formación, en muchas ocasiones, la razón por la que algo se pone de moda no es porque sea realmente efectivo (sólo hay que asomarse a un catálogo de cursos para darse cuenta de ello), sino por su efectismo.

 

Probablemente la forma más simple y burda de lograr ese efectismo en la formación haya sido la práctica, muy utilizada últimamente, de cambiar el nombre a algo que se lleva haciendo miles de años por una palabra en inglés. ¿O Sócrates no practicaba coaching? ¿O los primeros budistas no practicaban mindfulness?

 

La formación efectista te conmueve, te emociona, te ilusiona y te atrapa, pero muy raramente lleva a cambios profundos y duraderos en las conductas de las personas. La formación efectiva cambia tus comportamientos en el trabajo consiguiendo que trabajes menos y mejor.

 

Gracias por leer.

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