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Feliz con poco

Félix Martín Santos
@FMSFelizconpoco

Ruta desde Valero hasta el Castillo Viejo

Una de las rutas más emblemáticas de la Sierra de las Quilamas es la que transcurre entre Valero y la cumbre del Castillo Viejo, dado que su sobresaliente patrimonio natural, incluido en la reserva de la Biosfera Sierras de Béjar-Francia, está impregnado de un aire de leyenda, que involucra a don Rodrigo, el último rey visigodo, a Florinda, su amada, hija del conde don Julián, a la postre la reina Quilama, y al tesoro de Alarico resguardado en la cueva de uno de los montes de la vertiente izquierda del valle forjado por el arroyo Quilamas, el pico de la Cueva, entre otros personajes.

A principios de agosto del 2019 tuve la fortuna de efectuar esta ruta en compañía de dos entrañables valeranos: uno, Rafael Navarro, nacido y criado en Valero, gran conocedor de la sierra de las Quilamas; el otro, Pepe Andrés, natural de San Miguel de Valero, orgulloso de su origen paterno valerano. Recuerdo con cariño y nostalgia tal excursión pues sirvió para enriquecer integralmente la salud de los tres. Así, mientras Rafa disfrutaba haciendo de guía y cicerón por tierras tan queridas para él, nosotros gozábamos aprendiendo no sólo vernáculos nombres de parajes, collados, cerros, valles y regatos, sino también anécdotas y vivencias personales, algunas también conocidas por Pepe.

 

Nada más pasar el puente sobre el río Quilamas, dejamos la carretera, que de seguirla nos llevaría desde Valero a los Puentes del Alagón, para adentrarnos por el primer camino que surge a nuestra derecha, el cual durante su primer tramo nos permite ver, a nuestra derecha,  las ruinas de una vetusta tahona de pan e inmediatamente después una nave donde se almacenan cajas de colmenas. Rafa atento a todo detalle nos refiere que estamos ascendiendo por el denominado Teso de las Leguas.

 

Cuando el camino se estrecha y aumenta su pendiente, en torno a los doscientos metros de iniciado, aparecen a nuestra derecha las piscinas naturales de Valero, donde el remanso del río permite el baño de nativos y forasteros.

 

Posteriormente una pronunciada curva de unos 180 grados nos permite contemplar, a nuestra izquierda, el caserío de Valero durante el corto trecho que discurre hasta entrar en el pago de la Rosa Olivera, a poco menos de medio kilómetro de iniciada la ruta (420 metros).

 

Enseguida vemos, a nuestra izquierda, centenarios olivos subsistiendo en bancales creados por el esfuerzo de generaciones de esforzados valeranos. Mientras avanzamos, Rafa, nos señala, a nuestra derecha, el paraje en el que antaño enterraban a los niños que morían antes de recibir el agua del bautismo.

 

Después de escuchar esta lóbrega información, nuestro encogido ánimo se enderezó tras caminar un breve tramo y contemplar la panorámica que se observaba a nuestra derecha, al norte: la Rebollera, el collado y valle de las Veguillas, por encima de los cuales se yergue el Lancharejo, ladera meridional de la Perdiguera (1243 metros), donde se halla un manantial que origina el regato que vertebra el valle de las Veguillas; más a la derecha, al este, destaca la mole de la Sierra Chica (1259 metros), en tanto que más al oeste se observa el pico Porrejón (1219 m.), que con la Perdiguera limita una gran superficie, la Hollatina (Rollarina, según mapa del Instituto Geográfico Nacional), antesala del Hueco, ahora abandonada, pero que antaño permitió el cultivo de exquisitos fresones.

 

Contemplando el valle de las Veguillas, el pico Porrejón, el Lancharejo, la Perdiguera, la Sierra Chica…

 

Tanto Rafa como Pepe refieren que todos los caminos que serpentean por estas laderas pedregosas fueron construidos por los valeranos, con el propósito de domeñar terreno tan quebrado y permitir tanto el acceso a fincas particulares cuanto la comunicación con los habitantes de pueblos del entorno. “Me acuerdo perfectamente, en vísperas de Santa Águeda, en aquel camino de las Veguillas eché yo las últimas peonadas”, refiere Rafa, tirando de su privilegiada memoria.

 

Luego, Pepe, aclara que todos se veían obligados a trabajar durante un número variable de días, según el tamaño de la familia, a fin de hacer transitables los caminos municipales.

 

Valle de Carabo

 

Cuando llevamos recorrido un kilómetro, entramos en la ladera de Carabo, por la que discurrimos contemplando, a nuestra derecha, parajes de sonoros nombres que Rafa nos describe con gran conocimiento: “Mirad, ahí abajo, a nuestra derecha, al norte, vemos el Cerro Chico, la viña el Encinar, el regato de Carabo, que antes llevaba muchas truchas; y por aquellos alisos viene el río Quilamas”.

 

 El bastón de Rafa señalando la viña el Encinar, el Cerro Chico, el regato de Carabo…

 

Después de ascender un tramo más, se puede observar más nítidamente el valle de Carabo, formado por el regato homónimo, cuyo manantial está ubicado en una tierra de Rafa, que luego veremos. Más arriba, al noroeste se dejan ver Castildecabras, debajo del pico Cervero, que cobija la chorrera del Vieico, paralela a la vaguada de la cascada de Jigareo, cuyas rutas de acceso fueron, en su momento, objeto de sendos contenidos en este mismo blog. 

 

Pago del Chinagal o de los pizarrines

 

Cuando llevamos andado como un kilómetro y medio entramos en el pago del Chinagal o de los pizarrines, incluido en el valle de Carabo, donde antaño muchos valeranos cogían trozos estrechos y puntiagudos de pizarra, con el propósito de transformarlos en lápices para escribir en el encerado o en las pizarras que utilizaban en la escuela.

 

Rafa y Pepe en el valle del Chinagal, mostrando pizarrines. 5 de agosto del 2019

 

En este momento ambos evocan la figura de un ser bueno de Valero, hábil construyendo pizarrines. Fernandito subía todos los fines de semana a San Miguel, llevando los bolsos del pantalón cargados de nueces, que nos regalaba en la puerta de la iglesia, mientras que por los pizarrines le dábamos alguna perra. Era un encanto al que yo quería mucho”, recuerda Pepe con sentido cariño.

 

Mientras ascendíamos, veíamos, a nuestra derecha, la otra ladera del valle de Carabo, donde destacaba  el surco formado por el regato recién nacido, que divide la montaña en dos sectores: el de la izquierda, desde nuestra perspectiva, es el Frontal de Carabo, en tanto que el de la derecha es la Solana de Carabo.

 

Valle de Carabo, poblado por múltiples encinas, que antaño surtieron de bellotas a los valeranos

 

“Este valle, antes, estaba lleno de vida, pues en la otoñada era fácil encontrar a 30 familias recogiendo bellotas para alimentar a los cerdos y a las cabras. Ahora ya nadie trabaja estas tierras”, nos refiere Rafa con cierta melancolía.

 

Caminando por la ladera del Robladillo

 

Cuando llevamos dos kilómetros de ruta, observamos, a nuestra derecha, una encina de gran porte, de la que gotea la mela, esto es, el exceso de savia rica en azúcares que en esta época veraniega eliminan las encinas, gran parte de la cual recogen las abejas y, luego, transforman, aportando sustancias propias, deshidratan, almacenan y conducen a su panal para madurar y obtener la excelente miel de encina, también denominada mielada para distinguirla de la que obtienen del néctar floral.

 

Tras progresar un trecho más por la denominada ladera del Robadillo, vemos, a nuestra izquierda, restos de carboneras entre madroños y encinas, que nos acompañan durante un tramo más o menos rectilíneo hasta llegar a  una curva de unos 90 grados, a nuestra izquierda, la cual superamos para seguir ascendiendo por un lecho pedregoso que nos aboca hasta una bifurcación: a la izquierda, el sendero de la ruta de la cascada de la Palla, narrada en otro contenido de este blog (septiembre y octubre del 2019), donde inmediatamente nos da la bienvenida el pinar del Robladillo;  a la derecha, nuestra ruta, el camino que lleva a la cumbre del pico del Castillo y, luego, a los pueblos de Cilleros y de La Bastida.

 

Al llegar a este enclave, hemos caminado dos kilómetros y medio desde nuestro punto de partida y estamos a una altitud de 850 metros.

 

Rumbo a la Atalaya

 

Tras dejar a nuestra izquierda el pinar del Robladillo, nos encaminamos por un sendero pedregoso, a nuestra derecha, al noroeste, ornado por un estrato arbustivo constituido por jaras, brezos, algunas aulagas, cantuesos, esporádicos helechos y numerosos madroños (Arbutus unedo), con alguna encina que lo sombrea y un par de pinos a los doscientos metros de iniciarlo, que poca sombra proveen pues aparecen en un sector castigado por el sol.

 

Sierra de las Quilamas: Madroño (Arbutus unedo) en el valle de la Atalaya, previo al Frontal de  Carabo

 

Tras progresar una centena de metros, vuelven a prodigarse los madroños, algunos de una talla más arbórea que arbustiva, que nos regalan su sombra. A continuación, el camino describe una curva a la derecha, mirando al este, luego, al cabo de un breve trecho vuelve a girar a la izquierda para seguir en dirección noroeste.

 

Sierra de las Quilamas, rumbo al Castillo Viejo de Valero. Rafa y Pepe en la Atalaya. 5-08-2019

 

Rafa nos refiere que estamos andando por el valle de la Atalaya, que concluye al llegar a una pequeña superficie despejada, desde la que se nos ofrece una bella panorámica de los montes, valles, cerros y collados, antes mencionados. Este mirador dista medio kilómetro del pinar del Robladillo.

 

Caminando por el Frontal de Carabo

 

A partir de aquí, sin solución de continuidad, nos moveremos, durante el siguiente medio kilómetro, por el Frontal de Carabo, donde el madroño sigue siendo dominante, además de los numerosos brezales que circundan el sendero y algunas carquexias.

 

“Todos estos madroños que ahora veis no existían antes, al igual que las carquexias, porque las muchas cabras que entonces había no las dejaban crecer”, apunta Rafa.

 

También destacó la riqueza en nutrientes de la semilla de la jara, a la que llama peonzo, y de las hojas de la carquexia, que ingeridas por las cabras permitía hacer un queso con la mitad de leche que la obtenida cuando consumían gramíneas u otras yerbas más pobres en nutrientes. Esto es, en el primer caso, con 4 o 5 litros de leche elaboraban un kilo de queso, en tanto que con el segundo tipo de alimentación requerían unos 8 litros. Es rara la vez que Rafa no mencione este hecho.

 

La panorámica que se contempla mirando a nuestra derecha es realmente bella, destacando  los montes que constituyen la ladera izquierda del valle Quilamas, de este a oeste: la Sierra Chica, la Perdiguera, el Porrejón, el pico de las Tres Rayas o del Mojón del Marrano, el pico Cervero, el pico de la Cueva, entre otros.

 

Cuando llevamos recorrido en torno a un kilómetro por este sendero, o sea, tres kilómetros y medio desde Valero, Rafa nos conduce rápidamente hasta una finca de su propiedad, en la que se halla el manantial que origina el regato de Carabo, al fin y a la postre, el que por su labor milenaria constituirá el valle homónimo.

 

“Para llegar a esta finca a recoger las cerezas salía con mi mujer, Carmen, a las cinco de la madrugada, para llegar pronto, con la fresca y no nos abrasara el sol de julio”, recuerda Rafa.

 

Tras breve descenso entre altos brezales llegamos al manantial referido, donde Rafa se arrodilla para beber y refrescarse, como hacía en su mocedad.

 

Vega del Cerezo (Sierra de las Quilamas): Rafael Navarro refrescándose en la fuente El Cerezo, ubicada en una finca de su propiedad.

 

 

Aún se conserva la pequeña pila, a modo de palangana, que antaño construyeron para beber con más comodidad.

 

Vega el Cerezo y el hostal del portugués

 

Tras regresar al camino y andar un corto trecho, entre altas escobas, brezales y lentiscos, nos topamos con el cercado de la Vega el Cerezo, una robusta tapia que encierra una superficie cubierta de cerezos y castaños, que, según Rafa, pertenecía a su familia y a la de los aguardienteros.

 

Dentro de la misma se construyó una sólida choza que no sólo fue aprovechada para descanso y solaz de sus dueños, sino también para un popular personaje, Fortunato, un portugués que la utilizaba para descansar y dormir antes de mercadear con la gente de estos pueblos. Parece que después de comprar diversos productos en su Portugal natal los pasaba a España, a Fuentes de Oñoro, donde residía, para posteriormente hacer escala en Ciudad Rodrigo y, más tarde, recorrer estos pueblos serranos.

 

"Fortunato venía andando desde la frontera portuguesa  hasta aquí, donde hacía noche en esa choza para luego vender su mercancía, navajas, piedras de mechero, café, hilos, agujas y demás, a las mujeres de Valero, San Miguel, Linares y otros pueblos del entorno. Así se tiraba unos 8 o 10 días,” cuenta Rafa como si estuviera viéndolo ahora. 

 

Estamos hablando de hechos acaecidos durante los años 60 y 70 del siglo pasado.

 

Tras progresar, durante un tramo, paralelos al muro mencionado, nos topamos con una solitaria encina de buen porte, a nuestra derecha, inmediatamente antes de girar ligeramente a la izquierda.

 

Enseguida entramos en la denominada Ro del Cerezo,  donde la naturaleza nos resguarda del castigador sol veraniego merced a la presencia, en ciertos sectores, de poderosas encinas que nos alivian con su sombra.

 

Sierra de las Quilamas: Castillo Viejo de Valero, en lontananza, tras andar 1570 metros desde el pinar del Robladillo.

 

Cuando llevamos andado poco más de kilómetro y medio desde el pinar del Robladillo,  empezamos a ver muy nítidamente la mole del Castillo Viejo de Valero.

 

Sierra de las Quilamas: Ruta de Valero al Castillo Viejo

 

Nido de avispón europeo en el tronco de una encina

 

Tras avanzar un poco más por este sendero, nos aproximamos a un nido de tabarros florentinos o avispones europeos, ubicado en el tronco de una encina, a nuestra izquierda, alejada unos pocos metros de nuestro camino, en un prado cubierto de gramíneas.

 

Es ancestral el temor que tienen por estas tierras al avispón europeo, tanto por sus dolorosas picaduras como por ser un depredador de abejas, insectos que han constituido una verdadera fuente de riqueza durante las últimas décadas, por producir miel y polen de extraordinaria calidad.

 

Aunque la ferocidad de este avispón autóctono parece ínfima con respecto a la que exhibe la temible avispa asiática, que está depredando a su antojo las colmenas de la cornisa cantábrica.

 

Ruta desde Valero hasta el Castillo Viejo: Encina con nido de avispón europeo

 

En pos del robledal de los Cuños

 

Tras regresar al camino y avanzar un corto tramo, entramos en terreno público, dominado por encinas, cuyo fruto, la preciada bellota, se subastaba por el ayuntamiento de Valero, entre sus vecinos. “Juntaban a la gente en el Corral del Concejo para subastar las bellotas de estas encinas, que servían para alimentar a nuestros cerdos y cabras”, puntualiza Rafa.

 

Cuando llevamos andado cuatro kilómetros y medio desde Valero, observamos a nuestra derecha, casi enfrente, el surco labrado en la montaña opuesta por el regato de Jigareo, que en cierto sector despeña sus aguas para constituir una de las más hermosas chorreras de la Sierra de las Quilamas, cuya ruta de acceso desde Linares de Riofrío fue ampliamente descrita en este mismo blog (1-09-2016).

 

Ruta desde Valero hasta el Castillo Viejo de Valero. El pico Porrejón, entre la Perdiguera y el pico de las Tres Rayas, resguardando al Hueco donde nace el regato de Jigareo.

 

Descendemos un trecho, para poco después, seguir ascendiendo y, en ciertos tramos, zigzagueando mientras retamas y brezales de considerable altura estrechan el camino, durante el siguiente medio kilómetro.

 

El pico del Águila en la ladera oriental del Castillo Viejo de Valero, por encima de los regatos de lo Cuños y del Robloso

 

Posteriormente, a nuestra derecha se divisan el regato del Robloso y, más próximo a nosotros,  el regato de los Cuños,  que fertiliza un buen robledal,  el robledal de los Cuños, cuyas bellotas también eran objeto de subasta, pues pertenecían al ayuntamiento valerano, como todo el terreno que dista hasta el propio monte al que nos dirigimos, el Castillo Viejo de Valero. Al fondo, al oeste, se observa la peña del Águila, en la ladera este del monte del Castillo Viejo de Valero.

 

Rumbo al Cerro de la Cespedosa

 

Durante un buen trecho vamos caminando junto a los rebollos del citado robledal de los Cuños (poco menos de medio kilómetro),  luego, avanzamos por otro tramo sin cubierta arbórea hasta llegar al Cerro de la Cespedosa, cerca del cual, a la izquierda y al sur de donde nos hallamos, se ubica la única tierra privada que se escapa al dominio público, por el que llevamos un tiempo andando: el castañar del tío Eloy, un antiguo terrateniente de Valero.

 

Al llegar a la Cespedosa (1.109 metros de altitud) ya hemos recorrido tres kilómetros y medio desde el pinar del Robladillo y seis kilómetros desde Valero. Cuando llegamos vemos cómo los buitres leonados y negros se enseñorean en el cielo, planeando sin esfuerzo mientras se aprovechan de las corrientes de aire caliente.

 

La panorámica de los montes de Béjar que se divisa desde este cerro, mirando al sur, es realmente espectacular.

 

Panorámica de los montes de Béjar, desde el Cerro de la Cespedosa

 

Ascensión por la Cespeosina hasta la cumbre del Castillo Viejo de Valero

 

Aunque parece que la oronda cumbre del Castillo Viejo está a tiro de arco, la ascensión por la ruta más factible, un antiguo sendero de su ladera oriental, que Rafa denomina la Cespeosina, no es un asunto baladí, pues la pendiente que hay que remontar es tan notable como para encoger el ánimo de los que no tienen por costumbre mimar su forma física, su resistencia aeróbica. Nosotros tres nos armamos de valor y decidimos emprender tal subida, como previamente habíamos planeado. De esta forma, avanzamos por un sendero custodiado, inicialmente,  por finas yerbas  y, más tarde, por escobas, jaras y cantuesos.

 

Al cabo de un rato, Rafa empieza a mostrar cierto disgusto, al ver que el camino nos emboca casi rectilíneos hacia la citada cumbre, por la zona de mayor pendiente, muy diferente al más ergonómico que labraron sus paisanos años ha, faldeando la montaña, en vez de encararla. “Derecho arriba no se puede abrir ningún camino, como han hecho éste, no hace mucho, con las desbrozadoras mecánicas, porque así revientas las caballerías, abres al mulo de los pechos”, se queja nuestro experto guía. “Esto mata”, exclama Pepe, en concordancia con Rafa. Es obvio que ambos evocan una época lejana, aquélla en la que los valeranos, sus paisanos, trajinaban por estas laderas, valiéndose de sus mulos de carga, por senderos que remontaban sutilmente la dura cuesta, como engañándola, zigzagueando por la misma para que la fatiga no hiciera mella ni en las nobles bestias ni en sus valerosos dueños.

 

Posteriormente, Rafa reavivó su enfado al no hallar por este nuevo camino, un viejo manantial que, desde tiempos inmemoriales, aliviaba la sed del que por aquí pasaba.

 

Como al medio kilómetro de ascensión por la ladera de la Cespeosina, el camino parece perderse, momento que aprovecha Rafa para sugerirnos girar a nuestra izquierda, al sur, huyendo de la empinada recta para buscar la sosegada curva. De esta suerte, encontramos, de tramo en tramo, montones de piedras colocadas por generosos excursionistas, para servir de guía y orientación a todos los que la decidan acometer.

 

Ruta de Valero al pico del Castillo Viejo: El majestuoso planeo de los buitres nos recrea y estimula

 

Mientras tanto, numerosos buitres leonados y algunos negros, espiándonos desde el cielo, son testigos de nuestro denuedo por alcanzar la, cada vez más cercana, cima del mítico Castillo Viejo de Valero, en tanto que nosotros disfrutamos contemplando su majestuosa silueta en armónico y concéntrico planeo, lo que mitiga nuestro esfuerzo, también dulcificado por la extraordinaria panorámica que vamos divisando a medida que subimos y que nos anuncia el esplendor que alcanzaremos al encumbrar.

 

Panorámica en plena ascensión del pico del Castillo Viejo de Valero: enfrente, valle formado por el arroyo de la Palla; en lontananza, montes de la Sierra de Béjar (área más occidental de la Sierra de Gredos)

 

 

De esta guisa, tras un kilómetro de ascensión desde el cerro de la Cespedosa, llegamos hasta un cortafuegos, desde donde se ve en lontananza, al sur, los caseríos de varios pueblos de la sierra de Francia: Miranda del Castañar, Cepeda, Mogarraz, Villanueva del Conde, Monforte de la Sierra, la Alberca, entre otros.

 

Luego, nos dejamos llevar por este ancho e improvisado camino, creado para frenar la propagación del fuego de descontrolados incendios, hasta llegar, tras andar unos doscientos metros más, a los restos del muro fortificado que caracteriza al monte al que accedemos, objetivo de nuestro viaje: el Castillo Viejo.

 

                       Rafael Navarro junto al muro del monte del Castillo Viejo de Valero (5-8-2019)

 

Leyenda de la reina Quilama

 

Nada más entrar, recorrimos un corto tramo hacia el noreste, siguiendo el trazado del muro, para llegar al emplazamiento de la famosa Puerta del Sol, de la que sólo queda por testigo la interrupción del muro, de unos tres metros, vano por donde entraban y salían personas y ganado, cuya altitud, según lo que indica mi altímetro, es de 1352 metros.

 

Tras patear un poco el terreno, en torno a esta puerta orientada al este, Pepe muestra su extrañeza por la ausencia de restos arquitectónicos: “Aunque la leyenda del rey don Rodrigo y de su amante, la reina Quilama, nos dice que se refugiaron en esta cumbre, al amparo de su fortificación, huyendo de las tropas moras de Muza, aquí no se ve ningún indicio de que hubiera un castillo habitable”.

 

Después de esta atinada observación de nuestro amigo, concordante con lo descubierto en el estudio arqueológico llevado a efecto por Santonja y colegas, para el Museo Provincial de Salamanca, que luego analizaremos, bueno es que digamos quién fue la reina Quilama.
 

 

Pues, según la leyenda, su verdadero nombre era Florinda, la hermosa hija del conde don Julián de la que se enamoró tan perdidamente el rey don Rodrigo como para unirla a su triste destino, tras la derrota de Guadalete (711), frente a las tropas bereberes de Tariq.
 

 

Desde tiempos inmemoriales, los pobladores de esta Sierra de las Quilamas han creído que este último rey visigodo, tras pasar por Toledo, se refugió en esta fortificación con el tesoro de Alarico, para, más tarde, ocultarlo en una cueva ubicada en el primer pico de la vertiente izquierda del valle forjado por el arroyo Quilamas.
 

 

Los túneles y pasadizos que don Rodrigo mandó construir en las entrañas de este monte, parece que le permitieron huir del asedio musulmán. Sin embargo, en el vecino Segoyuela (713) sufrió una derrota definitiva, de la que pudo también huir, muriendo tal vez en Viseu, según reza en una inscripción en piedra.
 

 

Parece que su amada, según esta leyenda, murió guardando celosamente el tesoro visigodo, aunque su espíritu nunca descansó, pues en los días de luna llena se la oye llorando desconsoladamente por la pérdida de su amante, el citado don Rodrigo.

 

Después de narrar esta popular leyenda, considero preciso referir lo que realmente se sabe de este enclave.

 

Castillo Viejo de Valero: singular recinto fortificado

 

Aunque en 1946, Cesar Morán, consideró que este recinto murado correspondía a la Edad del Bronce y que, luego, fue testigo del poderío romano  y quizá, más tarde, pudo servir de bastión del último rey visigodo, don Rodrigo,  tras ser derrotado por Muza en la hipotética batalla de Segoyuela de los Cornejos, próxima a estas montañas,  hubo que esperar 40 años más para que Manuel Santonja y colegas revelaran, tras un riguroso estudio arqueológico, incluyendo tres sondeos, dos junto al muro y otro en el centro de la denominada Puerta del Sol, que la cronología de tal fortificación no corresponde al mundo antiguo (ausencia de restos materiales romanos), sino a una época posterior, posiblemente entre los siglos VIII y XII.

 

En realidad, ¿qué es lo que apreciaron Manuel Santonja y colegas? Pues que el recinto amurallado, que circunda este monte (1.379 m), tiene un perímetro de 2.700 metros y encierra una superficie de unas 25 hectáreas, adoptando una planta subtriangular con 1.113 metros de eje mayor, orientada de sureste a noroeste, que incluye una vaguada de fuerte pendiente (30%), así como dos puertas, que distan 900 metros: una, la Puerta del Sol, al sureste, muy mencionada por los autóctonos; y otra, la Puerta del Castro, al oeste, así denominada por Morán,  aunque no por los naturales de estos pueblos.

 

                                             Castillo Viejo de Valero: Puerta del Sol

 

También constataron que la citada muralla, de mampostería concertada,  presenta grandes tramos rectos, con una anchura de unos 2,20 metros, y engloba tres fuentes, siendo la de mayor caudal, la orientada al noroeste, que vierte sus aguas al río Quilamas,  hacia la que desciende la muralla, salvando desniveles de cincuenta metros.

 

No dejaron de destacar un buen aparejo, con hiladas bastante homogéneas, en los sectores mejor conservados del muro.

 

Castillo Viejo de Valero: restos de la antigua muralla

 

A este equipo de investigadores le llamó la atención la ausencia evidente de estructuras defensivas asociadas al muro, salvo dos posibles bastiones internos, 30 metros al sur de la Puerta del Sol, así como la carencia de restos de casas y edificaciones antiguas dentro del recinto murado, de forma que las acumulaciones de bloques de piedras, que Morán atribuyó al zócalo de viviendas antiguas, corresponden, según Santonja,  a asientos para chozos de época reciente, en cuya construcción se reutilizó piedra de la muralla. Sólo creen que pudo haber una edificación antigua en una superficie de unos 200 metros cuadrados, situada junto a la Puerta del Sol, pues apreciaron dos muros en ángulo recto, elaborados con bloques en seco y casi sin cimentación.

 

Ninguno de los tres sondeos realizados, dos junto al muro, uno inmediatamente al sur de la Puerta del Sol y el otro al inicio de un pequeño tramo de lajas verticales; más un tercero en el centro de esta última puerta, proporcionó datos estratigráficos o materiales arqueológicos de relieve, ni siquiera romanos.

 

Estos autores no observaron en el recinto murado del Castillo Viejo los rasgos arquitectónicos propios de los castros de la Edad del Hierro de la Meseta Occidental: muros de doble paramento con relleno de piedra y tierra; puertas con doblamiento en codo de la muralla hacia dentro, como abocinadas; plantas de forma ovalada o elipsoidales;  protección de los puntos más vulnerables mediante torres, fosos naturales y artificiales y áreas de piedras hincadas.  

 

Como tampoco apreciaron restos romanos o más antiguos, consideraron que la cronología de este emblemático recinto fortificado es más cercana en el tiempo.

 

¿Para qué sirvió este recinto fortificado?

 

Santonja y colegas apuntaron en su análisis que en esta fortificación es harto complejo que pudiera establecerse un asentamiento humano permanente, dado que sus 25 hectáreas, de un terreno muy desigual, carente de restos materiales, están a considerable altitud, entre los 1260 y los 1380 metros, expuestas a los rigores de los duros inviernos serranos.

 

Sin embargo, sí parece tener un gran sentido estratégico, pues se enseñorea sobre la quebrada ladera derecha del valle del arroyo Quilamas, que desemboca en el río Alagón a pocos kilómetros de Valero, y domina un vasto terreno, que incluye el paso del Alagón, entre Extremadura y la submeseta norte, así como el corredor del río Sangusín, por donde discurre la calzada romana de Mérida a Astorga.

 

Según estos autores, este recinto fortificado pudo servir de asentamiento ocasional de una nutrida población humana junto a su ganado, a fin de defenderse del acoso enemigo, durante alguno de los episodios de inestabilidad política y militar sufridos entre los siglos VIII y principios del XIII.

 

También valoraron que el conjunto de pequeñas cercas defensivas (bloques en seco, muy deteriorados),  ubicadas en las cumbres de enfrente, en la ladera izquierda del valle forjado por el arroyo Quilamas, como el pico Cervero, Las Coronas, el Pico Chico, Los Molinos, Los Ganchos (observaron una planta cuadrada) y la Sierra de los Caballeros, podrían muy bien constituir un sistema de defensas avanzadas del Castillo Viejo.

 

Panorámica observada desde la cumbre del monte Castillo Viejo de Valero

 

Tras narrar esta popular leyenda, así como los resultados del estudio arqueológico de Manuel Santonja, que bueno sería que se reprodujeran y ampliaran con nuevas investigaciones, continuaré describiendo la bellísima panorámica que se contempla desde la cumbre de este mítico monte.

 

Castillo Viejo de Valero:  al este, destacan, en lontananza, las cumbres de la Sierra de Béjar

 

Si miramos al este, observaremos la cercana peña del Águila y los aledaños regatos del Huertito, de los Cuños y del Robloso, así como parte de los parajes que hemos recorrido hasta llegar a encumbrar; a más distancia, el caserío de San Miguel de Valero destaca sobremanera; en lontananza,  divisaremos la Sierra de Béjar, cuyas cumbres, de izquierda a derecha son las que siguen: Peña Negra (2098 m.), La Covatilla , Canchal Negro (2364 m.), El Calvitero (2397 m.), Canchal de la Ceja (punto más alto de la provincia de Salamanca: (2428 m.), Hoya Moros (nacimiento del río Cuerpo de Hombre); Peña de la Cruz (1635 m.), El Torreón (2398 m.), Los Dos Hermanitos (2329 m.) y el Pinajarro (2099 m.)

 

Félix Martín, el autor de esta narración, sentado sobre los restos de la muralla del Castillo Viejo de Valero

 

Castillo Viejo de Valero: muralla enfilando el norte. Pico Cervero y Pico del Mojón del Marrano o de las Tres Rayas.

 

Si decidimos subir un trecho para llegar a un punto más alto, podremos contemplar, al norte,  los montes de la ladera izquierda del valle Quilamas, que de izquierda a derecha, de oeste a este, son los siguientes: Pico de la Cueva (1455 m), Peña de la Bolanca (1425 m), Los Batanes (1283), Pico Chico (1354 m), Pico Cervero (1465 m), Pico del Mojón del Marrano o de las Tres Rayas (1385), Colina Alta (1131 m), el Pico Porrejón (1219 m), La Perdiguera (1243 m) y la Sierra Chica (1259 m).

 

Mirando al norte, desde la cumbre del Castillo Viejo de Valero, se divisan de izquierda a derecha, de oeste a este, los Picos Cervero, del Mojón del Marrano, Cortina alta, el Porrejón, la Perdiguera y la Sierra Chica

 

Panorámica septentrional desde el Castillo Viejo de Valero: de izaquierda a derecha: Pico de la cueva de la reina Quilama, Peña de la Bolanca, Los Batanes, Pico Chico y el  Pico Cervero

 

Si intentamos probar nuestra agudeza visual contemplando la panorámica que se nos ofrece al sur, observaremos el parque natural de Las Batuecas-Sierra de Francia, entre cuyas cumbres destacan la Peña de Francia (1728), punto más alto, donde se ubica el Santuario de la Virgen de la Peña de Francia, la Peña el Huevo (1414), Alto de los Bardales (1435 m) y la Peña Carbonera (1505 m), entre otros.

 

Mirando al suroeste (Castillo Viejo de Valero)

 

Manantial del Castillo Viejo

 

Después de recrearnos con tan singulares vistas, nos dirigimos hacia el manantial más importante del Castillo Viejo, el situado en su ladera septentrional, para lo cual recorrimos, primero, un buen trecho, en dirección oeste, guiados por el repetidor de Cilleros y un gran cortafuegos que corta el camino de La Bastida; luego, encaramos el norte, a nuestra derecha, para descender entre altas retamas, por senderos labrados por jabalíes y otros animales salvajes, hasta divisar un notable chopo que anunciaba la presencia del citado manantial.  Aunque parecía cercano, estuvimos a punto de desistir en nuestro empeño, dado que no veíamos forma de atravesar el enmarañado estrato arbustivo, dominado por altísimas escobas, que parecían proteger celosamente el venero que surtía de agua al arroyo Quilamas, nacido valle arriba, en el manantial de la Media Fanega, también ubicado en la ladera derecha del valle homónimo.

 

Por fin, Rafa, al que casi perdemos de vista, nos gritó, alborozado : “Aquí, aquí está, a vuestra derecha, unos metros más abajo, junto a unos espinos”.

 

Cuando lo descubrimos, Pepe y el que suscribe, nuestro guía estaba saciando su sed en el manantial objeto de nuestro deseo. A continuación, nos liberamos de nuestras mochilas, compartimos viandas y grata conversación, amenizada, a los postres, con un café de especialidad de Ruanda, que había preparado con la Chemex, una emblemática cafetera en forma de reloj de arena, con filtro de papel, uno de cuyos ejemplares figura, desde 1958, en el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, por tratarse de uno de los mejores diseños de los tiempos modernos.

 

Mientras conversábamos entrañablemente, a la sombra de un gran espino albar, con la danzarina agua labrándose su camino, ladera abajo, y los buitres leonados y negros enseñoreándose del cielo, me dejaba abrigar por placenteras sensaciones, que confirmaban una idea que atesoro desde hace mucho tiempo: “Con poco se puede ser muy feliz”.  

 

                                                   Fuente del Castillo Viejo de Valero (ladera septentrional)

 

Regreso a casa
 

Después de conocer el manantial que surte de agua al arroyo Quilamas por su orilla derecha, remontamos la cuesta, abriéndonos camino entre las retamas en un trayecto zigzagueante hasta llegar a la parte alta del Castillo Viejo. Desde aquí, en vez de regresar a Valero por el mismo camino, decidimos dirigirnos hacia el oeste, a fin de salir por una abertura con portillo, donde arranca el camino que, en 7 km, nos llevó a Labastida, pueblo en el que nos esperaba Rafi, el hijo de Rafa, que nos condujo en coche hasta casa.

 

Antes, aproveché para hacer unas cuantas fotos de los buitres leonados y negros, que merodeaban en las inmediaciones de un abrevadero, ubicado a un kilómetro de la salida del recinto murado.

 

Buitres sobrevolando un abrevadero ubicado a un kilómetro de la salida por la puerta occidental del Castillo Viejo de Valero, en dirección a Labastida.

 

Buitres, negro y leonado, posados en las inmediaciones de un abrevadero de agua, próximo a la ladera occidental del Castillo Viejo de Valero

 

Ladera occidental del Castillo Viejo de Valero, fotografiada desde el camino que conduce a Labastida

 

En fin, excursiones como ésta sirven para elevar la calidad de vida y el nivel de salud en su triple dimensión, pues los relevantes efectos saludables, físicos y mentales, de la actividad física aeróbica se ven potenciados por los sociales, inherentes a compartir momentos tan entrañables en compañía de Rafa y Pepe, que llevan la bonhomía por bandera.

 

Bibliografía

 

El Castillo viejo de Valero (Salamanca)análisis de sus características y de su cronología

Autores: Manuel Santonja Gómez, Javier Cerrillo Martín de Cáceres, José Francisco Fabián García, María García Morales, Antonio Fernández Moyano

Localización: Zephyrus: Revista de prehistoria y arqueología, ISSN 0514-7336, Nº 39-40, 1986-1987, págs. 365-374

Comentarios

Pedro Artola 15/03/2020 13:44 #11
Hoy domingo 15 de Marzo, uno de los días en el que se nos ha pedido que permanezcamos toda la familia en casa, leo tu artículo: "Ruta desde Valero hasta el castillo viejo" junto a tus amigos Rafa y Pepe. Me ha gustado mucho y me he sentido como si yo os hubiera acompañado en la ruta. Magníficamente relatado y con unas buenas fotografías. Por un tiempo me he sentido menos encerrado y mucho más libre. ¡Qué hermoso lugar! Lástima que ya nadie trabaje esas tierras y las cabras no hagan su labor. Que equivocados estamos. Espero que este artículo nos haga ser más conscientes de toda la belleza que nos rodea. ¡GRACIAS Félix! Saludos.
María Jesús Hernández 13/03/2020 23:09 #10
Félix bonita ruta con un buen guía y cicerón. La vista panorámica que se contempla es realmente bella. Después de éste ameno recorrido patrimonio natural lleno de leyendas y curiosidades se produce como una explosión hipnótica que produce una agradable relajación corporal favoreciendo pensamientos positivos. Sigue transmitiendo en tu Blog tus espléndidos conocimientos.
_Inmaculada Hernández 11/03/2020 14:53 #9
Félix espléndido tu artículo, un paseo precioso, relajado a pesar de las dificultades de determinados tramos del camino, es un auténtico recreo para la vista y para el espíritu, además de un magnífico ejercicio para el cuerpo. Da gusto cómo nos hacéis partícipes de vuestros comentarios, recuerdos, leyendas y vivencias personales al tiempo que nos contagiáis vuestro amor y respeto por la Naturaleza . Son muchos los valores que nos transmitís : el del esfuerzo, el del trabajo solidario y compartido para la consecución de grandes logros. También hemos podido percibir la gama de olores, la variedad de vegetación y la sinfonía de colores que recubren y adornan la Sierra de las Quilamas. En las noches de luna llena procuraremos dejarnos alumbrar por los valores más nobles de la humanidad. Félix me ha gustado mucho la conclusión a la que llegas: : cómo se puede ser feliz con poco. Muchas gracias por todo tu esfuerzo e ilusión.
Miguel 08/03/2020 10:23 #8
Fantástico artículo Felix. Me pasa lo mismo que a Rafa, según lo voy leyendo parece que estoy viendo cada detalle del camino. Lo he revivido, encima con sus explicaciones de nombres y sucedidos, un lujo. Y me ha encantado el aporte de Historia-leyenda e investigación. Un abrazo
Rafa 07/03/2020 22:30 #7
Tan bien redactas el artículo que disfruto de igual manera leyendolo como realizando la excursión. Ojalá podamos seguir haciendo muchas más con tan buena compañía.
José Alberto Andrés (Pepe) 05/03/2020 21:33 #6
Amigo Félix, el ascender al Castillo viejo de Valero durante aquella mañana de agosto fue una experiencia tan grata como enriquecedora, inolvidable, no solo por sus inmensos paisajes rebosantes de belleza y de historia, también por vuestra compañía, pues todo se vuelve mucho más hermoso al sentirse rodeado de personas entrañables y sabias. Aquella excursión quedó grabada en mi corazón como un diamante en bruto, al leer tu articulo descubro con admiración que el diamante ha sido pulido con gran acierto y sabiduría.
Julián de Francisco 05/03/2020 21:05 #5
Detallada y bella descripción del Castillo Viejo de Valero o Las Quilamas como nosotros lo llamamos, acaso indebidamente. Mi conocimiento del mismo es superficial y ello me permite valorar los detalles tan puntuales de esta hermosa ruta. Hoy día son numerosas en la Sierra de Francia, ninguna tan dificultosa.como la que describe tan acertadamente el Dr. Martín Santos. Los hechos históricos referidos a la zona, aun teniendo en cuenta los problemas de autenticidad que los rodean, merecen la pena ser verificados precisamente por esta razón; indicios hay para ello. Las fotografías en nada desmerecen la calidad de la literatura. Aviso para los aficionados al senderismo: hay que estar preparados físicamente para culminarla.
Elena Rodríguez 05/03/2020 19:41 #4
Es un gran suerte leer este blog y sumergirme en las narraciones sobre rutas naturales, en las que ofreces tanta precisión, calidez y pasión, que invitas a entrar y a no salir, dando pena que se acaben. Además, las numerosas fotos que pones ilustran muy bien lo que dices. La penúltima, con los dos buitres explayando sus alas, sensacional, muy lograda. Por otra parte, siempre transmites mensajes sobre estilos de vida, sobre la felicidad que encierran las pequeñas cosas, que a lo mejor son muy grandes y no lo percibimos. Disfrutar y respetar la naturaleza, caminar por ella, observar la flora y la fauna, antiguas labores humanas, ya perdidas o en desuso, entre otras muchas cosas, seres entrañables como tu amigo Rafa y, en este artículo, Pepe, son verdaderas aportaciones de gran valor, Muchas gracias.
Marta Ojeda 05/03/2020 11:36 #3
Según leía la narración de esta ruta, parecía vivirla, por lo empático del lenguaje, con mucha calidez, atrapando al lector, bien diseñado, con pulcra y esmerada sintaxis. Además de la pasión que destilan muchas de las frases escritas, con personajes entrañables, como Rafa y Pepe, originarios de la zona. Veo que disfrutas mucho describiendo rutas de estos lugares, de los que también tienes raíces familiares, así como del valle del Arlanza y Tierra de Lara, que tanto quieres. Siempre se aprende leyendo tus artículos. Enhorabuena.
Javier Gallego 05/03/2020 09:53 #2
Preciosa ruta, Félix, con historia y todo, gracias y enhorabuena por este gran trabajo.

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