Menos respuestas y más preguntas
No hay semana en la que no surja alguna conversación sobre inteligencia artificial. Da igual el lugar: el bar, el colegio, el trabajo o el gimnasio. Está en todas partes. Y como informático, os diré una cosa: la mayoría de estos sistemas tienen todavía poco de 'inteligentes'. Eso sí, hay que reconocer que son una maravilla para facilitarnos la vida y hacernos más productivos.
Dentro de estas charlas siempre aparece el mismo tema: el miedo a que la inteligencia artificial nos esté volviendo más tontos. Mi abuelo Paco hacía la contabilidad de su empresa a mano, y según me consta, se equivocaba menos que quienes usaban calculadoras. Cada vez quedan menos mentes así. Hoy, si preguntásemos a la salida de un colegio cuál es la raíz cuadrada de 25, probablemente muy pocos sabrían -o querrían- responder. Nos hemos acostumbrado a la comodidad, y esa comodidad nos relaja hasta el punto de hacernos perder capacidades.
Y aquí me surge una pregunta interesante: ¿y si el futuro de la inteligencia artificial no estuviera en darnos mejores respuestas, sino en ayudarnos a hacer mejores preguntas? Nos hemos habituado a usarla de forma pasiva: lanzamos una consulta y esperamos ansiosos la respuesta. Hace poco leí el caso de una mujer que dejó a su marido porque ChatGPT se lo recomendó. Por favor, que no es un oráculo. Es un programa informático que calcula probabilidades: te da la respuesta que considera más probable, no necesariamente la más acertada. Si tus preguntas son malas o los datos que das incompletos, las respuestas no valdrán para mucho.
Lo que realmente me preocupa es que las nuevas generaciones terminen delegando su pensamiento crítico en estas herramientas. Es como con las ayudas públicas: ¿quién querría trabajar ocho horas por 1.200 euros si puede quedarse en casa cobrando 800? Pues con la inteligencia artificial pasa algo parecido: ¿quién querría pensar, razonar o esforzarse, si con una simple pregunta obtiene la respuesta?
Estamos empezando a ceder una parte de nuestro pensamiento crítico a una máquina que, por muy avanzada que sea, no piensa por nosotros, sino en lugar de nosotros. Y eso es peligroso. Cuando la realidad se vuelve compleja, tendemos a rendirnos y aceptar la respuesta más cómoda. Pero hay algo aún peor: cuando las respuestas parecen demasiado perfectas, dejamos de cuestionarlas. En ambos casos perdemos autonomía intelectual. Algo que podría interesar a ciertas ideologías políticas.
Para mí no es un problema técnico, sino filosófico. Hemos concebido la inteligencia artificial como una especie de enciclopedia infinita, cuando quizá deberíamos haberla imaginado como un filósofo digital. Una inteligencia que no sólo nos dé la solución, sino que nos desafíe con nuevas preguntas: ¿Qué estás asumiendo? ¿Qué te haría cambiar de opinión? ¿Qué perspectivas estás ignorando?
Sí, sería un proceso más lento. Pero también más humano. A largo plazo, una inteligencia artificial que nos ayude a pensar -y no sólo a producir- podría convertirnos en mejores decisores, más críticos y más sabios.
En un mundo obsesionado con la inmediatez, tal vez el verdadero avance tecnológico no sea obtener respuestas más rápidas, sino aprender a hacer preguntas más inteligentes.

