Suspiros de... toro

El Juli toreando mientas el toro cae al suelo. JORGE IGLESIAS
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Aburrida tarde en la que Juli y David Mora cortaron un trofeo de escasa enjundia ante un encierro de El Pilar inválido, en el que solo destacó el potable tercero.

Cuarta de feria en una plaza de toros de Valladolid casi llena y con tarde de bochorno. Se lidiaron toros de El Pilar, el segundo como sobrero, de escasa fuerza, muy blando y algunos inválidos como el segundo bis y el cuarto. La presentación fue una escalera. Solo destacó el tercero, algo más potable que sus hermanos.

 

Julián López El Juli, Oreja y silencio.

 

Alejandro Talavante, Silencio y Ovación.

 

David Mora, que sustituía a Roca Rey, oreja y silencio.

Alejandro Talavante brindó al público el que hacía quinto. Con el segundo, un sobrero invalido, tan solo pudo matarlo decorosamente. Clavó las zapatillas en el suelo y comenzó al natural. Fue una serie pulcra y la música se arrancó por Suspiros de España, ese pasodoble por antonomasia. Y aquello parecía que iba a ser... En la retina, aún la personalísima y maciza faena del domingo donde Alejandro se entretuvo en cortar un rabo.

 

Pero los únicos suspiros fueron por el toro bravo, ausente durante toda la tarde. Porque la corrida careció de raza; noble, sí, pero ausente de lo que hace que la fiesta sea grande. El encierro del Pilar fue un desfile de inválidos, una escalera de bóvidos que no se tenían en pie, con la dudosa excepción del que hacía tercero, con ritmo y con un potable pitón derecho que se acabó pronto y que cayó en las manos equivocadas.

 

Porque David Mora, que sustituía al lesionado Roca Rey, le recetó dos o tres series que calaron en los tendidos, con algunos muletazos (despegados9 en los que se gustó el madrileño, y con un arranque en el que encadenó derechazos aprovechando el viaje. Pero nunca acabó de acoplarse y la desconfianza revoloteó en algunos pasajes, donde incluso se atropelló en las cercanías.

 

Al natural, el trasteo bajó de intensidad con una embestida más incierta y por eso enseguida cambió de mano para volver a crecer unos decibelios. La estocada no fue un derroche de cualidades, pero el astado claudicó y el, siempre generoso, público vallisoletano premió con una oreja.

 

 

El sexto fue saludado por verónicas, un delantal y una media de lo más potable del tedioso festejo. Brindó al Juli, quizá por su generosidad al aceptarlo como remiendo a un cartel en el que figuraba Roca Rey. El sexto no fue el tercero. Y Mora anduvo más desconfiado aún, siempre a merced de los terrenos por los que viajaba a el toro. Ahora comienzo en tablas, ahora dos molinetes en los medios, ahora una serie en el tres, para acabar matándolo en la queherencia. Blando, soso y sin transmisión el animal, pero también el torero.

 

El Juli se llevó uno de esos triunfos anodinos a los que nos acostumbra el público y el palco en el Coso de Zorrilla, cada vez más devaluado en cuanto a concesiones se refiere. Blandito como todos sus hermanos, Medicito ya tuvo bastante con mantenerse en pie en la media altura de la templada muleta de Juli. Y poco más. Dos redondos, cercanías y el julipié, que fue certero. Una oreja de las de saldo. El cuarto tan escurrío de carnes como inválido fue un fiasco con el que el madrileño abrevió. Mal con la espada que hasta hizo guardia.

 

Y volvamos al principio. A esos Suspiros de España que sonaban como los ángeles en los instrumentos de la Agrupación Musical Iscariense y que solo adornaron una faena muy pulcra de un Talavante muy técnico pero sin ángel (y sin toro). Porque hubo naturales de bello trazo, pero de uno en uno. Sin emoción, sin transmisión, sin la personalidad de un genio que se apellida Talavante. Allí faltaba todo, y los supiros solo eran por el toro bravo que no acudió a la fiesta.