Sus majestades de Oriente llegan a Valladolid

Los Reyes Magos en el balcón del Ayuntamiento. A.MINGUEZA
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La cabalgata, un espectáculo de luz y color dedicado a la música infantil, congregó a miles de personas por las calles del centro de la ciudad.

La espesa barba no impedía que se viera la sonrisa de Gaspar. Melchor, por su parte, tiraba caramelos como si no hubiera mañana a los miles de vallisoletanos que copaban las vías de la ciudad. Baltasar optaba por saludar desde su impresionante carroza traída desde Oriente. Sí. Los Reyes Magos habían un alto en el camino en Valladolid en su largo y próspero viaje por todas las casas del mundo, un espectáculo que ningún alma quería perderse desde su pequeño hueco en la acera.

 

Y no es que fuera fácil conseguir uno de estos huecos. El metro cuadrado de baldosa estaba todavía más cotizado que el oro, el incienso o la mirra a eso de las siete y media de la tarde, poco antes de que arrancara el tropel en la calle de Filipinos. "Puntualidad suiza, ¿eh?", comentaba un tan impaciente como irónico padre, con su hijo a hombros, cuando el reloj marcaba las 19.45 y la comitiva no había pasado todavía por la Plaza Zorrilla. Los reyes están en todas partes, pero suizos no tienen por qué ser.

 

Pero como a todo monarca, hubo que esperarlos, más teniendo en cuenta que con la ilusión de los niños no se juega. Como se suele decir en estos casos, la ocasión mereció la pena. Las luces indicaban que la cabalgata, este año con la música infantil como motivo, estaba a punto de llegar. "¡Baltasaaaar! "¡Baltasaaaaaaar!". Una niña se desgañitaba en la calle Miguel Íscar, próxima parada. "¡Quiero un muñeco de Pepa Piiiiig!". La sonrisa de ébano de su majestad hizo pensar que la pequeña vería su deseo hecho realidad esta noche.

 

Mientras, las notas iban subiendo de decibelios, los caramelos llovían a mares y las carrozas continuaban su paseo inexorablemente. El 'chunda-chunda' sonaba a la par que cientos de niños se elevaban en el cielo, en brazos de sus padres. Los Reyes Magos habían llegado a Valladolid.

 

 

Loros, caimanes y espadachines escoltaban a sus majestades. El espectáculo estaba garantizado, digno de sus altezas. Zancudos, seres identificables con plumas, perros y payasos, con la misma sonrisa que miles de críos, cubrían la retaguardia. Un hombre tocando el piano, subido a su carromato, daba el toque pintoresco a la procesión. Curiosa mezcla con los Pitufos Maquineros sonando de fondo, todo sea dicho de paso.

 

La tarde-noche iba ganando en animación y jolgorio según transcurrían los minutos. Los colores y las luces seguían sucediéndose a un ritmo endiablado, el mismo ritmo al que llovían dulces (más de uno abrirá los regalos con un chichón en la cabeza) y aquel que dejaría a los niños agotados para una larga y esperanzadora noche. Y es que con la ilusión de un pequeñín no se juega, claro.

 

Le tocaba el turno al Libro de la Selva, más o menos a la altura de la calle Miguel Íscar. "¡Melchoooor, Melchoooooor!". Otro al que su rey preferido tendrá que dejarle unas pastillas para la garganta junto a sus zapatos, además de todos sus deseos plasmados en la carta que debió escribir antes. La reunión había prometido diversión para todos, y sin duda se pudo encontrar a raudales por las vías de la ciudad castellano y leonesa, epicentro del mundo durante el periodo de poco más de una hora y cuarto que duró la visita de sus majestades a Pucela.

 

La meteorología, todo hay que decirlo, acompañó a las miles de almas congregadas por el centro. El frío y las nieblas que habían cubierto la ciudad en las últimas jornadas se fueron lejos, donde no pudieran molestar. La temperatura, lejos de ser heladora, se hizo más o menos soportable para firmar una noche mágica.

 

El genio de la lámpara dio paso a Baltasar ya justo antes de abrir las puertas de la Plaza Mayor, con un Ayuntamiento puesto de gala para la ocasión. Era el momento de la traca final, la que cerraba la procesión a golpeo de taconeo marcado por los caballos que ejercían de escuderos. Los fuegos artificiales indicaron, en un bello espectáculo, que había que marchar para casa. "¡Espera que termine, mamá!". Pero no había negociación. A fin de cuentas, los Reyes Magos solo dejan regalos a aquellos que se han portado bien.