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Cartel definitivo iberian file

Solo Ventura pega bocado

El caballo Morante de Diego Ventura pega un bocado al astado / J.A.G.
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Diego Ventura corta tres orejas en una torera actuación. Ponce y Perera se marchan de vacío por el deslucido juego de los toros.

Cuarta de feria. tarde soleada. Algo más de media plaza.

 

Se han lidiado toros de Capea. Uno de San Pelayo y cinco de Carmen Lorenzo. Descastados, blandos y mansos; excepto el cuarto con mucho motor, fijeza y movilidad, aplaudido en el arrastre, y el quinto, noble y con calidad, aunque con poco fuelle.

 

Diego Ventura (chaquetilla granate). Oreja y Dos orejas.

Enrique Ponce (grana y oro). Saludos y palmas.

Miguel Ángel Perera (azul eléctrico y oro). Silencio y silencio.

Actuó como sobresaliente Miguel Ángel Sánchez. 

 

La tarde fue como la de ayer, pero al revés. En todo. En el ruedo, en el cielo y en los tendidos. Las alturas se serenaron y salió el sol. Azul. Gris todo lo demás, o casi todo. Solo Ventura pegó bocado, como su caballo Morante que se come (literalmente) a los toros. Donde ayer hubo emoción; hoy hubo tedio. Ayer, motivación, ganas, pique, estimulación...; hoy, lo contrario. Ayer, bravura; hoy, descaste. Ayer, toreo en todas sus expresiones; hoy, poco, muy poco.

 

El encierro que el maestro Capea (uno de San Pelayo y cinco de Carmen Lorenzo) envió desde el campo bravo charro tuvo poco de este adjetivo calificativo, más bien nada. Al menos, para el toreo a pie; aunque el quinto tuvo nobleza y un punto de calidad, pero le faltó chispa, fondo y fuelle. El resto apenas se mantuvo en pie, para condicionar un festejo mixto bien acartelado.

 

Bastante tuvo Ponce con mantener erguido a su primero, el único bajo el hierro de San Pelayo, que perdió las manos varias veces y que fue rematadamente mal lidiado por una cuadrilla con tantas tardes de gloria en su carné. Manso en la muleta, el de Chivas trazó algunos pulcros muletazos, algo despegado. La sosería del animal contagió a los tendidos, que agradecieron que el espadazo fuera certero.

 

En el quinto la cosa parecía que iba a tomar otros vuelos, pero la tarde ya estaba destinada. Pareció que iba a resurgir el Ponce que está echando una temporada admirable, con triunfos de veras e indultos de postín.

 

Lo mejor: la actuación de Diego Ventura, y su excelente cuadra de caballos toreros.

 

Lo peor: el malo y deslucido juego de los toros del maestro Capea. Aunque se salvaron cuarto y quinto.

 

Pareció, por momentos, que íbamos a ver al Ponce de hombros desmayados, mentón en la barbilla y pulsos de seda. Hubo un par de series elegantes, marca poncista, pero la obra se fue diluyendo a medida que el astado perdió gas y el valenciano tampoco prendió la mascletá. Un feo navajazo en los blandos hizo que todo el atisbo de triunfo se desangrara.

 

Perera hizo el paseíllo y poco más. No tuvo opción. En su primero, inválido, no pudo darle dos seguidos y el sexto le avisó dos veces. El pacense abrevió ante los astados de los suegros, eso sí, cinco pinchazos después en el que cerró plaza.

 

 

DIEGO VENTURA

 

Quizá el bocado más sabroso tendría que haber ido por delante en esta crónica; pero quién sabe; supongo que será mejor quedarse con buen sabor. Y es que Ventura descerrajó la Puerta Grande, algo muy habitual cada tarde. Esos mismos toros que ni para el percal y la muleta sirvieron, sí lo hicieron para el caballo.

 

Diego Ventura, templado en su primero calentó al público con Cheque y sus piruetas en la cara del toro, que fue a menos. Banderillas a dos manos y rehiletes cortos, además de un rejón efectivo hicieron que el público se desperezase con una oreja.

 

Pero el lío llegó en el cuarto. El de Carmen Lorenzo salió con patas y le dio por encelarse con Demonio. El astado tenía fijeza, tranco y movilidad. El hispano-luso (no me refiero al caballo) lo vio y aprovechó el motor del toro. Salió Chalana y lo cosió en su costado al galope, pegándose varias vueltas al ruedo, con cambio de dirección incluida. Templando, calibrando al milímetro y haciendo que el personal al fin se divirtiera. Maletilla, tan valiente como su jinete, se lució en la cara, arriesgando en el último metro, lo que le valió un par de sustos. Morante y sus bocados se sumaron a la fiesta y con Remate llegaron las banderillas cortas al violín y un rejón de muerte letal. Dos orejas y nuevo bocado.