¿Se puede permitir Castilla y León perder una compañía como El Árbol?

BORIS GARCÍA

El anuncio de la compra de El Árbol por parte del grupo DIA acaba con la historia de la primera empresa de distribución de Castilla y León y su eterno deseo de crecer y no poder hacerlo por las zancadillas internas.

En términos económicos, la venta de El Árbol supondrá una pérdida importante de aproximadamente cien millones de euros en concepto de impuestos que la compañía dejaba año tras año en la Comunidad. Pero este detalle, que debería ser crucial, parece haber quedado en un segundo plano junto a la importante lista de productores y proveedores que trabajaban para esta cadena.

 

El desenlace de la compra de DIA era el abocado final presumible dentro de un escenario de sinrazón. Hace casi cuatro años, El Árbol se posicionaba para crecer y expandir su enseña por toda España a través de la compra de Dinosol. La operación encajaba como un guante en el concepto de la compañía, que podía llegar a otras comunidades como Madrid, Andalucía y Canarias, donde no estaba presente. Pero sacar adelante esta idea supuso toparse con el muro que ha acabado por derribar las intenciones de la compañía: las cajas y lo que quedó de ellas después.

 

En más de un consejo de El Árbol se escuchó por entonces a los representantes de las cajas de ahorro que "no pintamos nada en Canarias". Y esa primitiva mentalidad se ha mantenido presente en todos los intentos de la empresa por crecer; bien a través de la adquisición de otras compañías como Dinosol o con la llegada de inversores privados dispuestos a participar en dimensionar El Árbol para dotarla de un tamaño que le permitiera competir con el resto de distribuidoras.

 

Todo este tiempo de parálisis y bloqueo ha terminado por enviar a El Árbol a los brazos de DIA, con quien las cajas ya coquetearon a espaldas de los directivos, también poseedores de un importante paquete accionarial. No hace mucho, la Junta de Castilla y León intercedió para dar salida a un plan de viabilidad liderado desde dentro de la compañía que permitiera salvar una situación que se empezaba a presumir insostenible. Pero nunca se creyó en un plan cuyos avales no fueron monetizados porque se trabajaba en la opción de una venta irremediable.

 

La voluntad política nunca ha sido firme. Más bien tibia, sin una confianza ciega en apoyar un proyecto regional que se ha perdido, con todo lo que ello significa por historia, por ese pasado de lo que representó la compañía en Castilla y León, pero también por ese futuro que se presenta incierto para los productores y proveedores de una enseña regional que, aunque mantenga el nombre, dice adiós para siempre. Incomprensiblemente para siempre.

 

La pregunta es si esta Comunidad que busca motivos identificadores puede permitirse quedarse sin una referencia tan importante. Porque DIA, por mucho que prometa implicación y respeto a las zonas históricas de El Árbol, no es lo mismo. Será mejor o peor, pero no es lo mismo.