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Para la libertad

Portada del numero 11778 de Charlie Ebdo

La libertad tiene hoy fondo verde, turbante blanco y lágrimas en los ojos. Tiene 3 millones de revistas publicadas a pleno dolor por quienes han perdido a sus compañeros en la eterna batalla por la libertad de expresión. Y tiene el mayor acogimiento social que se recuerda desde la caída de las torres gemelas de Nueva York en aquel fatídico 11-S.

La libertad de expresión es hoy un pañuelo blanco en son de paz, empapado en lloros y manchado en sangre y sin embargo, contra viento y marea, nos sigue pareciendo blanco, siempre blanco. Es ese el color de la libertad de expresión, el de la página vacía que espera que la pluma, la voz, la conciencia, plasmen sobre ella el mayor ejercicio de libertad al que tiene acceso el ser humano. Es el blanco también el color de lo más puro, y por eso nada lo mancha ni lo desdibuja. El odio y la sinrazón, la dictadura del más fuerte y el control del más rico son simplemente el borrón, molesto e indeseable borrón, pero nada más.

 

El derecho a informar y el de ser informado se han cobrado desde los inicios de la historia innumerables, millones de vidas... y sigue a flote. Muchos son quienes se empeñan en ahogarlo, ayer en América o en Sudáfrica, hoy en París o Madrid, o la ciudad que habitamos. Nadie está libre de sucumbir. Pero, ¡ay! qué terco es el ser humano, que se empeña en levantar la cabeza y decir, aunque duela, aunque no se comprenda, aunque esté encargando su propia muerte, lo que piensa.

 

No es la prensa adalid de nada, ni la máxima responsable de que el derecho a la libertad de expresión siga vigente. Somos solo un instrumento. Tan fuerte para algunos como débil para otros, tan útil en muchos casos, tan miserable en tantos otros. Pero seguimos aquí, para ser vehículo de la voz, la conciencia, la palabra. Y así debe ser, porque nadie está libre de que por motivos religiosos o doctrinarios, económicos o políticos, su vida se convierta en una celda, a través de cuyos barrotes vea cómo el poderoso, el violento o el visionario se jactan de imponer su ley por encima de todo y de todos.

 

Y como esto, repetimos, puede pasarle en Salamanca, en su pueblo de la sierra de Béjar,o en el rincón más inhóspito de esta vieja Europa, hagamos juntos un ejercicio de memoria y rebeldía siempre que sea necesario. Recordémonos como ciudadanos que es la propia vida la que nos concede la voz y el ejercicio de su uso en libertad, y recuérdennos como lectores, que los medios de comunicación estamos sólo a ese servicio y que si nosotros nos doblegamos, a ustedes se les hará el aire más irrespirable cada día. Aceptamos esa responsabilidad. No, no todos somos Charlie. Pero todos somos usted, y nosotros...