Oier deja frío Zorrilla (0-1)

El centrocampista de Osasuna hizo el único gol de un partido igualado en el 84 y siembra de dudas al Real Valladolid, que podría meterse en descenso por primera vez esta temporada.

FICHA TÉCNICA.

 

RESULTADO: VALLADOLID, 0 - OSASUNA, 1. (0-0, al descanso).

 

ALINEACIONES.

 

VALLADOLID: Mariño; Alcatraz, Rueda, Marc Valiente, Peña; Sastre, Álvaro Rubio; Ebert, Larsson (Osorio, min.56), Bergdich (Valdet, min.56); Javi Guerra (Manucho, min.83).

 

OSASUNA: Andrés Fernández; Marc Bertrán, Lotiès, Arribas, Damià; Lolo, Puñal; Cejudo (Omwu, min.86), Armenteros, Roberto Torres (Oier, min.68), De las Cuevas (Loe, min.88).

 

GOLES:

 

0-1, min.84, Oier.

 

ÁRBITRO: Fernández Borbalán (C. Andalucía). Amonestó a Álvaro Rubio (min.18), Ebert (min.40), Manucho (min.90) y Valdet Rama (min.91) por parte del Valladolid. Y a Torres (min.31), Puñas (min.75) y Armenteros (min.87) por parte de Osasuna.

 

ESTADIO: José Zorrilla. 12.104 espectadores.

Hay veces que no. Y cuando las cosas dicen que no quieren salir, pues no salen. Algo así le pasó al Pucela, que se quedó helado en el partido contra Osasuna. Bueno, helado el Valladolid, Zorrilla, JIM y toda la plantilla. Y es que con la victoria del equipo rojillo (0-1) con el gol de Oier en la segunda parte, las cosas se ponen muy delicadas.

 

Y eso que el encuentro se podría calificar, sin lugar a dudas y en todas las líneas, como igualado. Tanto locales como visitantes ofrecieron un partido más o menos entretenido, en el que los dos pelearon por los tres puntos, pero fue Osasuna el que se llevó el gato al agua.

 

La primera mitad, tras un comienzo dubitativo, arrancó con un Pucela mandón. Cerca estuvo Larsson de hacer el primero a los treinta segundos, pero el pase en largo que acabó en sus pies terminó por estamparlo en Andrés Fernández. Poco a poco, los blanquivioleta se hicieron definitivamente con la manija del partido y gozaron de las primeras ocasiones, que Bergdich y Guerra no consiguió materializar.

 

La vuelta al 4-4-2 de JIM, con Rossi sancionado, hizo algo de bien al equipo, que a ratos dejaba ver el buen juego desplegado en Mestalla hace dos semanas. Alcatraz seguía haciendo de las suyas en la derecha, Ebert estaba muy activo y Bergdich corría la banda como si la vida le fuera en ello. Pero no. El gol se resistía. Algún trallazo lejano del alemán, otra entrada atroz sancionada con amarilla y poco más.

 

Llegó entonces la jugada clave de los primeros 45 minutos. Agonizaba ya la primera mitad y olían los jugadores el vestuario cuando Osasuna lanzó una de esas contras letales que estuvo intentando fabricar en todo el partido, con más o menos éxito. La cuestión es que el balón acabó en las piernas de Damía, que no dudó en empalmarla a bocajarro. La figura de Mariño se hizo enorme para conseguir que el marcador no se moviera.

 

La segunda parte podría catalogarse justo como lo contrario. Con un Osasuna que espabiló tras la vuelta de vestuarios, aunque el Pucela no se amedrentó ni mucho menos. De hecho, si mariño hizo la jugada para enmarcar de la primera mitad, no se quedó atrás Andrés Fernández con una parada de lujo a Guerra en un gol que parecía cantado.

 

El reloj seguía avanzando y el carrusel de cambios y alguna que otra tarjeta de más no hacían porque se crearan más ocasiones, y es que el encuentro parecía destinado al 0-0. La pelea era una constante en ambos conjuntos, inconformes con el resultado y sin cuartel a por los tres puntos.

 

JIM intentó dar un giro de tuerca metiendo a Valdet Rama y a Osorio en un doble cambio –Manucho entraría después-, pero la sorpresa la daría Oier. El centrocampista entró en sustitución de Roberto Torres y a cinco minutos del final aprovechó un centro perfecto de Lolo y la empanada de centrales y portero para meter la cabeza y hacer el único del partido. Zorrilla quedó helado.

 

El resto del partido, menos de diez minutos, fue un quiero y no puedo del Pucela. Fue en ese momento cuando se dio cuenta en el aprieto en el que se había metido y estiró líneas, pero era demasiado tarde. Los puntos volaron a Pamplona, y la cosa se pone fea.

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