Mayorga ilumina con pellejos quemados la tradición de El Vítor

La procesión de El Vítor en Mayorga. ALBERTO MAGDALENO

Cientos de personas participaron en la procesión cívica de El Vítor, quemando más de medio millar de pellejos de vino, en una fiesta de Interés Turístico Nacional que recuerda la llegada de las reliquias de Santo Toribio a su localidad natal.

El 27 de septiembre de 1572 la segunda reliquia de Toribio Alfonso de Morovejo y Robledo llegaba a Mayorga, su pueblo natal. Debido a que ya era de noche los vecinos salieron con teas o antorchas para poder iluminar el camino. Sin quererlo, como casi todas las tradiciones, se ponían las bases de la primera procesión cívica de El Vitor, hoy Fiesta de interés turístico Nacional que se celebra cada noche del 27 de septiembre en la localidad vallisoletana de Mayorga.

 

Años más tarde esas antorchas se sustituyeron por pellejos de vino en desuso colgados de varales. Casi tres siglos después, los mayorganos acuden fieles a su cita, portando odres de vino cuyas llamas iluminan la noche y la tradición mayorgana. La lluvia caída por la tarde no fue obstáculo para que se volviera a cumplir con el ritual.

 

Al filo de las diez de la noche, centenares de participantes (la coincidencia con el sábado aumentó la concurrencia) se concentraban en la ermita. Ataviados con ropas viejas, guantes y sombreros que tienen una costra de pez derretido que dejan asomar orgullosos los años de procesión. Con una canción pegadiza los primeros pellejos comienzan a arder. Mientras el Vítor, un estandarte con el que fue condecorado el Santo en la Universidad de Salamanca, preside el cortejo.

 

La magia de la noche mayorgana llega a su culmen a media noche cuando se accede a la plaza Mayor. Tras una quema de fuegos artificiales el himno de Santo Toribio sobrecoge a todos los presentes. Pero la noche no ha hecho más que empezar y hasta al filo de las cuatro de la madrugada se han quemado más de medio millar de pellejos. La llegada a la ermita, y de nuevo, el himno ponen fin a una noche esperada durante todo un año por los mayorganos que, satisfechos, han vuelto a cumplir con una tradición centenaria.