Las denuncias por acoso escolar pueden aumentar a raíz de comenzar a denunciar casos

 Juan Antonio Montero y Gabriela Topa

Los casos de acoso escolar, ‘bullying’ y violencia en centros educativos pueden haber crecido como consecuencia de su conocimiento, de modo que “probablemente, siempre han existido, aunque el hecho de comenzar a denunciarlos ha dejado al descubierto más casos de los que se pensaba".

Así lo ha puesto de manifiesto la profesora del Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la UNED, Gabriela Topa.

 

La también directora del curso de verano de la UNED ‘Formación para el desarrollo de la función directiva en centros docentes’, que se imparte en Ávila hasta mañana, ha incidido en que con esta problemática puede haber ocurrido lo mismo que con los casos de violencia de género, que “no es que antes no existieran sino que no se atendían debidamente”, de modo que ahora la sociedad “avanza hacia unos valores y unas creencias en las que el respeto por la individualidad y la diversidad es muy importante y, por lo tanto, la tolerancia y la protección de las víctimas sobresale”.

 

Así, se ha conseguido “volver la mirada” hacia la problemática que se puede dar en los centros educativos, de modo que “el porcentaje de personas que pueden ser víctimas de estas situaciones es mucho más elevado” que el que se podía haber supuesto y hacerlo salir a la luz es “un primer paso para, algún día”, poder tener herramientas no ya para solucionar estas situaciones sino para saber cómo manejarlas.

 

Efecto alarma


No obstante, el inspector de Educación y profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla, Juan Antonio Montero, ha avisado del “efecto alarma” que también puede darse en estos casos.

 

“Se está incrementando el número de denuncias por supuesto acoso, que hay que investigar, pero quizá por una reacción sobredimensionada”, ha advertido Montero, quien ha resaltado que “evidentemente, se está poniendo luz a lo que no lo tenía”, pero “afortunadamente, el ámbito de estos problemas es reducido” y, además, “no todas las conductas de interacción más o menos habituales entre adolescentes tienen que traducirse en conductas de acoso”.

 

El profesor de la Universidad de Sevilla ha subrayado que hay estados de alarma, justificados por el “desconocimiento de estos casos o la falta de atención”, en los que casos singulares “tendrían que haber sido atendidos” y “están generando una sensibilidad mayor ante las circunstancias que podrían ser identificadas como conductas de acoso pero que, cuando se investigan, no son tal”, de la misma forma que se pueden adoptar medidas preventivas que acaban siendo “contraproducentes”.

 

Así y teniendo claro que se producen este tipo de situaciones, Juan Antonio Montero ha avisado de que estos procesos tienen “disfunciones” y una de ellas puede ser la de potenciar una “sensibilidad extrema” o, incluso, “atribuir carácter de acoso a conductas de otra naturaleza”.