Las campanas de la Iglesia del Atrio de Santiago vuelven a sonar tras el fin de las obras

Iglesia del Atrio de Santiago. ALBERTO MINGUEZA

Tras cuatro meses de obras, cerca de 80.000 euros de inversión y nada menos que 300 sacos de palomino sacados en la limpieza de la torre, la Iglesia abrió sus puertas el pasado viernes.

Cuatro meses de obras, desde el 20 de abril hasta el pasado viernes, unos 80.000 euros de inversión, catorce personas a la tarea y 300 sacos de excremento de paloma limpiados para que las campanas de la Iglesia del Atrio de Santiago, situado en pleno corazón de Valladolid, vuelvan a sonar como en los viejos tiempos. No ha sido una tarea sencilla, más teniendo en cuenta los enormes andamios que han acompañado a la torre todo este tiempo, pero por fin los vallisoletanos pueden volver a disfrutar del sonido de las trece campanas que decoran el pequeño templo.

 

La historia de la renovación de la torre –la Iglesia no se ha tocado como tal- viene de lejos, concretamente de la década de los 90, cuando otra remodelación, que no tuvo en cuenta el tamaño de las mencionadas campanas, arregló unas grietas anteriores en el tiempo en la parte superior que se solucionaron con unas inyecciones de hormigón. Un parche que, unido al paso del tiempo y a la inclemencia de la meteorología, provocó que la torre necesitara a día de hoy otro repaso.

 

Así las cosas, el 20 de abril comenzaron a montarse los andamios y el ascensor para poder llegar a la parte alta sin tener que hacerlo por el interior, tarea complicada al tenerse que entrar por una de las naves taponada exteriormente por un retablo barroco que decora el interior.

 

“La obra era complicadita, pero al final ha salido todo bastante bien. Lo cierto es que lo del andamio era difícil, pero era la mejor opción para subir los materiales”, explica Fernando Bonrostro, arquitecto encargado del proyecto que ha supuesto una inversión de unos 80.000 euros y un equipo de catorce personas entre encargados de obra, de dirección, campaneros y electricista, entre otros.

 

Y así, tras cuatro meses de trabajo y dura labor, la Iglesia volvía a la actividad el pasado viernes, 24 de julio, ya que esta había permanecido cerrada durante la obra. Pero ha valido la pena. Desde entonces, las trece campanas vuelven a repicar para todos los vallisoletanos.

 

“Efectivamente, se ha aprovechado la limpieza del interior de la torre para mecanizar las campanas con un sistema muy sencillito. Se han limpiado y lo cierto es que todas están en bastante buen estado, a excepción de una que no se puede voltear para evitar que se dañe”, sigue Bonrostro. “En todo caso, a día de hoy no sé en qué momento suenan, ya que no lo hacen como un reloj. Eso ya escapa a mi competencia”, ríe.

 

LIMPIEZA DE PALOMINO

 

¿Pero en qué han consistido esas labores de limpieza y restauración de la torre? El mayor problema eran las llamadas ‘ratas del aire’, más conocidas como palomas, que todos estos años se han dedicado a hacer lo que mejor saben; soltar excrementos.

 

“No te imaginas hasta qué punto estaba la torre llena de palomina, hemos sacado cerca de 300 sacos”, hace ver el arquitecto, quien ríe por no llorar explicando el problema. “Tras sacar toda la palomina se procedió al limpiado del entramado y la escalera de madera, que no era la original. Se ha colocado una nueva tarima y una escalera que cumple con la normativa de mantenimiento”. No solo eso, si no que se aprovechó para limpiar las campanas antes de mecanizarlas. “Una labor de aliño”, según el máximo responsable del proyecto, pero que ha terminado con final feliz.

 

Para rematar y evitar males mayores, se han colocado unas rejillas por dentro de la torre, una solución que “no termina de convencer” a Bonrostro. “Para evitar que una paloma entre habría que poner un obstáculo en el exterior, como unas redes, pero eso ya supone un mantenimiento continuo”.

 

Así las cosas parece que los vallisoletanos, ya que no ha sido un proyecto muy llamativo desde fuera, al menos podrán disfrutar del repique de las trece campanas, siendo las dos más antiguas del siglo XVII. “No es una obra especialmente visible, pero es necesaria para mantener estos monumentos”, concluye el arquitecto.