La tormenta, el ciclón y el tsunami

El Fandi con cuatro orejas y Padilla y El Cid con dos trofeos por coleta ofrecen una tarde triunfalista bajo un gran aguacero, en el que se lidió una gran corrida de Parladé.

Tercera de feria. Tarde lluviosa con medio aforo en los tendidos. Se guardó un minuto de silencio por Pepe Manzanares, el padre del torero Josemari Manzanares.

 

Se lidiaron toros de Parladé. En general nobles, y con calidad, excepto el primero, soso y el tercero más rajado. Excepcional el bravo quinto al que se le premió con la vuelta al ruedo. Buenos, segundo y sexto.

 

Juan José Padilla (tabaco y oro). Saludos y dos orejas.

Manuel Jesús 'El Cid' (azul eléctrico y oro). Ovación y dos orejas.

David Fandila 'El Fandi' (grana y oro). Dos orejas y orejas.

La tormenta cambió el sino de la tarde o ¿quizá fue el arrollador Fandi en el tercero? Hasta entonces la tarde discurrió como el cielo, gris y plomizo. El ciclón Padilla fue tan solo una tímida brisa que no acabó de acoplarse en el que abrió plaza; el menos bueno de una brava corrida de Juan Pedro Domecq.

 

El Cid, también nublado, nunca apostó por el segundo, un animal repetidor con clase y que siempre humilló, aunque un punto geniudo, con el que el de Salteras solo cubrió el expediente. Los aficionados se dieron cuenta de que el Parladé era de cielo azul y en la muleta del sevillano fue una borrasquilla.

 

Pero El Fandi convirtió la tormenta en un auténtico tsunami y ahí cambió el futuro de la tarde y quién sabe si el de la feria. A partir de entonces, la lluvia de orejas se sumó al aguacero y aunque se podrá discutir el excesivo número de trofeos, el público –calado hasta los huesos- quiso sacar en hombros a sus tres héroes comprometidos con la tauromaquia en el barrizal de lo que antes era albero.

 

Cuando la corrida podría haberse derrumbado, el granadino se tiró de rodillas y recetó cuatro largadas cambiadas, cuatro, como cuatro tornados al de Domecq que salió como un vendaval. El público despertó y ya no hubo retorno. Los delantales fueron bellos y espectacular, el quite por lopecinas. Si había alguno que aún no estaba rendido al huracán Fandi, el tercio de banderillas tuvo su marca, la de un tifón.

 

Lo mejor: el compromiso de los diestros, que a pesar de la tormenta y de lo peligroso del ruedo ofrecieron una gran tarde de toros, especialmente en la segunda parte del festejo.

 

Lo peor: quizá un exceso en el número de trofeos; el palco se dejó llevar por un desorbitado triunfalismo. La segunda oreja del Fandi, en su primero, marcó el listón toda la tarde.

 

Toda la carne en el asador en el inicio de faena de hinojos. No fue el mejor del encierro, pues el juanpedro embestía  a media altura. Pero Fandi se mostró con voluntad, variado y bullidor y aunque no surgió la ligazón, la faena tuvo eco. Arrimón cuando el astado se rajó.

 

El de Granada tuvo que esperar unos instantes antes de finiquitar a su primero, porque el cielo se abrió y comenzó el aguacero. Y ya se sabe: que si un paraguas para acá, un chubasquero para allá, otro que abandona el tendido, la señora que se queja, el que no ve porque otro se tapa la calva con la almohadilla… total que había más movimiento en el tendido que en las casetas de la Feria de Día. Y el de Granada, muy educado, esperó a que el respetable (¿o no tanto?) acabara con sus tareas. Entonces Fandi se fue detrás de la espada y tumbó al tercero, para cobrar dos generosos trofeos que arrancó el alubión de orejas y buen toreo.

 

La tormenta dio paso al tsunami, y éste, al ciclón. Porque Padilla volvió a ser Padilla, y cuando más llovía, el pirata decidió desafiar al océano en el que se había convertido el platillo y conquistar los tendidos, o mejor las gradas donde se habían refugiado los espectadores que llenaron en medio aforo el mojado coso de Zorrilla. Larga cambiada y toreo a la verónica. No fue una faena redonda, pero algunas series  -junto a chiqueros- con fuerza, la variedad de los adornos, la voluntad de Padilla y la imagen heroica del ciclón luchando contra la tormenta hicieron el resto: estocada desprendida y la plaza convertida en un clamor dispuesta a sacar en hombros al jerezano.

 

 

Con los compañeros de terna ya en volandas, Manuel Jesús El Cid salió espoleado. Sabía que atrás se había dejado un buen toro; pero salió otro mejor. Pronto, de larga y franca embestida, con el hocico embarrado de arrastrarlos por los suelos y con un pitón izquierdo de esos que gustan al de Salteras. Entonces se destapó la tormenta perfecta, y los relámpagos brotaron de cada natural; enganchando alante, cosida la muleta al pitón, alargando la embestida y vaciándose para engarzar otro natural, aun más largo y profundo, rematados con afarolados pases de pecho.

 

Era El Cid de sus mejores tiempos. Relámpago de muletazos y truenos en los tendidos. Toreo de kilates. La muleta echa un guiñapo, color barro, y el juanpedro que se la come. Fueron tandas hondas bajo el diluvio. La estocada, algo caída, no fue problema. Dos orejas y el toro de vuelta. A nadie le importaba ya la lluvia, cuando el aguacero era de naturales eternos.

 

Los tres diestros empapados y a hombros. Pero antes un Fandi con sed. Con mucha sed de triunfo. No le importó que el albero fuera marisma. Allí se fue otra vez de rodillas, con largas cambiadas, con remates y chicuelinas de hinojos, allá de nuevo con las banderillas, y otra faena premiada con las dos orejas. ¿Triunfalismo? Sí. Pero la gente así lo quiso, y salió empapada, pero toreando; feliz de haber sido partícipes de un vendaval de toreo. Tormenta, ciclón y tsunami en el coso de Zorrilla.