La Plaza Mayor de Valladolid se convierte en un torbellino de color, diversión... y alcohol

La limitación de alcohol durante el pregón se convirtió en algo difícil de supervisar y no se respetó en demasía, aunque no hubo mayores altercados más allá de una bengala. 

Diversión, ánimo, alegría, jolgorio, desenfreno... Llámenlo como quieran. Las Fiestas de Valladolid ya han dado el pistoletazo de salida con el pregón de Celtas Cortos desde el Ayuntamiento, momento en el que la ciudad tendrá diez días por delante de festejos y actos que pondrán todo patas arriba. Pero para patas arriba cómo se puso la Plaza Mayor antes, durante y después del chupinazo. El público volvió a abarrotar el céntrico espacio para recibir con los brazos abiertos a los pregoneros y a los nuevos representantes del Consistorio tras las elecciones municipales.

 

Eso sí, como suele ocurrir en estos casos hubo espacio para todo, para lo bueno y para lo malo, si bien se puede decir que el acto se movió siempre en un clima de cordialidad y sin incidentes. No pasará este pregón a la historia como uno de los más 'peligrosos', con las reivindicaciones contra De la Riva o los famosos huevazos que esta vez no aparecieron.

 

Y eso que estaba la cosa más fácil. Efectivamente y tal y como había anunciado Óscar Puente hace unas semanas el Ayuntamiento no contó con vallas a su alrededor que impidieran a la gente acercarse lo más posible para casi acariciar la que es la casa de todos los vallisoletanos. ¿El resultado? Podría catalogarse de éxito. Menos vallado implicaba más espacio, lo que a la postre dio un respiro a las miles de personas congregadas allí.

 

Por otro lado la polémica decisión propuesta por la propia Coordinadora de Peñas de poder entrar a la Plaza Mayor únicamente con un vaso de alcohol en la mano, ciertamente, quedó más bien en anécdota. Hubo quien decidió dar una demostración de civismo y dejó el líquido restante en el punto establecido para ello en la Plaza España, pero la verdad es que la batalla campal de pistolas de agua cargadas de calimocho, los carros con recipientes y los botellones -valga la expresión- entraron casi por donde quisieron.

 

Y por lo demás, un buen ambiente a mayores, sin incidentes reseñables. Un reducido grupo de chavales entonaron un "Puente dimisión" minutos antes de que arrancara el discurso, antes incluso de que el alcalde saliera al balcón, y un energúmeno encendió una bengala al terminar el pregón que, por suerte, terminó por apagarse unos minutos después.

 

La conclusión es evidente. Valladolid está ya de Fiestas y acaba de alzarse el telón de diez días mágicos en la ciudad. Con lo que, ya sabe, es momento de disfrutar un poco y sentir orgullo de ser vallisoletano.

La Plaza Mayor de Valladolid durante el pregón. JUAN POSTIGO