La ferocidad de El Salvador, en palabras de una vallisoletana

Cristina Hilenia Mesa, durante su estancia en El Salvador

Cristina Hilenia Mesa vivió dos meses en el país centroamericano gracias a una beca de la UVa y, pese a las circunstancias, disfrutó de “la mejor experiencia” de su vida en un lugar donde "cada día puede ser el último”.

En la vida pasan muchos trenes; unos a los que te debes subir y otros a los que puedes elegir si hacerlo o no. En los de este último tipo juegas con el atrevimiento de lo que pueda suceder, pero quien no arriesga, no gana. Así pensó Cristina Hilenia Mesa, una estudiante de Trabajo Social en la Universidad de Valladolid, que quiso cumplir el sueño de seguir formándose lejos de España y lo consiguió.

 

Esta jienense de nacimiento, aunque vallisoletana de sentimiento, ya que ha crecido en la capital castellana, se planteó la experiencia en el verano de 2015 porque deseaba “conocer mundo”. Tuvo que luchar para poder optar a la beca PACID (Proyectos en el Ámbito de la Cooperación Internacional para el Desarrollo), pero finalmente todo salió rodado y “muy rápido”. “En cuestión de un mes, en junio, tuve que elegir si irme a México o El Salvador”, comenta.

 

Ahí llegó el primer dilema; y no solo por la elección del destino, sino por comunicar la noticia a sus familiares y amigos. “Mi madre fue la que más miedo tuvo porque son dos países súper violentos y con una situación complicada. Por la presión que tuve llegué a pensar que no me iba, pero al final entre todos me animaron; sobre todo mi pareja, que fue fundamental”, explica.

 

La opción de El Salvador fue la elegida “porque así coincidía con otros españoles”, David y Lucía, y eso “tranquilizaba” a su madre. Mesa tuvo que prepararse y comenzar a investigar sobre su destino: Suchitoto. Meterte en Internet es lo peor que puedes hacer. Ver todo me hizo dudar”, reconoce. Aunque, ya estando allí, comprobó que “tiene una publicidad muy mala. “Hay más que violencia”, añade.

 

EL PRIMER PIE

 

“Nada más aterrizar, tras 17 horas de avión, nos golpeó el calor. Allí nos esperaba German, de la organización, con el típico cartel, pero no hizo falta porque, sin saber cómo éramos, nos reconoció al momento”, relata. Después, tras “una hora circulando por carreteras indescriptibles en medio de la selva y con una lluvia muy fuerte”, llegaron a la localidad salvadoreña, que fue suya durante dos meses -de la mitad de agosto a la de octubre-.

 

Pese a encontrarse a miles de kilómetros de su casa, se sintió como en ella. Aseguró que la adaptación fue “inmediata” y destacó la “familiaridad, cariño y cercanía” de los lugareños. “No te resulta extraño. Son de otra pasta porque viven en un contexto de que cada día puede ser el último, apuntó. Aunque, según comentó, no les falta “alegría”. Se alojó “en casa de doña Frida, una mujer de 77 años. “Es pura vitalidad y tiene las ideas muy claras. Nos trató como si nos conociese”, recuerda.

 

 

Su experiencia le ha llevado a descubrir “muchas cosas muy buenas y muy malas”. A los dos días de conocer a una pareja homosexual, que eran policías, les asesinaron. Nos decían que suele pasar mucho. Te sorprende, pero al final lo encajas porque si no te trastornas, cuenta.

 

Su labor en el país centroamericano consistía en “ayudas puntuales, diagnósticos sociales y analizar datos”. Aprendió "más que en la carrera", gracias a Claudia, la trabajadora social de la fundación de Cordes. Sobre todo a la hora de luchar para el empoderamiento de la mujer, que "está en proceso de aprender lo que es la igualdad".

 

Otro de los puntos destacados de Cordes es "la ayuda para que los jóvenes puedan ir a la universidad". "La fundación aporta unas becas para que puedan seguir con sus estudios", explica.

 

LAS MARAS

 

Desgraciadamente, la muerte está a la orden del día en El Salvador, “un país dominado por las Maras”. “Lo dominan todo. Vas a trabajar y sabes que te están controlando”, apunta. Antes de viajar vio un programa de ‘Encarcelados’ sobre este tema y le pareció “escalofriante”, pero lejano. “No dejas de pensar que es en ese núcleo carcelario. Al conocer un poco todo, lo primero que se me vino a la mente fue el documental”, dice.

 

Los jóvenes salvadoreños viven en una situación complicada. “Si la Mara empieza a rondarles, no les queda otra porque matarían a su familia. Para entrar tienen que matar a su madre o violar a su hermana. Es una seña de persona sin escrúpulos”, explica.

 

La vallisoletana vivió dos episodios desagradables, aunque por otras circunstancias, ya que siempre estaba protegida por la organización. “En Centroamérica el marco es tan machista… No puedes hacer nada sola y siempre tiene que ir un hombre a tu lado”, comenta. Estando allí, secuestraron a una chica a las 11:00 horas, a plena luz del día, por la calle que pasaba.

 

“Fuimos a trabajar a Tenancingo, un municipio de allí, y se nos hizo de noche para volver. Nos advirtieron de que los pandilleros estaban apostados en el camino. Era mejor optar por otra ruta. Quién sabe qué podía pasar. Lucía y yo fuimos pensativas en el pick up y deseando no ver un coche”, relata. Como bien reconoce, podría haber sucedido cualquier cosa, pero finalmente regresaron sin problemas a sus casas.

 

En aquella ocasión no vieron el miedo, aunque sí lo palparon. Mientras, en el otro suceso, asegura que sí corrieron más peligro. “Estábamos Lucía y yo en San Salvador y todo ocurrió en la estación de autobuses. Dos españolas en las calles de la capital es como ponérselo en bandeja. Fui a por una chocolatina y, de repente, nos rodearon varios chicos. Una mujer salió en nuestra ayuda y salimos de la situación. Dijo ‘están conmigo, déjenlas’”, recuerda.

 

De esa manera pudieron escapar y montar en el autobús para regresar a Suchitoto. Cuando contaron lo sucedido les dijeron que “seguramente al día siguiente destrozaran el puesto a la mujer”. “Fue un gesto que jamás olvidaré; lo más grande”, agradece.

 

 

Allí “el aborto está penado”, por lo que las violaciones tienen consecuencias todavía peores. “Hay 21 días para el examen médico, pero la medicina legal concede el permiso en el día 22… Si finalmente aborta, la mujer sería condenada con 40 años de prisión y el violador solo con 15. Lo peor de todo es que los abortos naturales también son penados”, expresa.

 

También destaca otro suceso en la capital: "Un día en San Salvador, yendo fuera en el pick up, y al entrar en un barrio a llevar a una amiga salvadoreña a su casa, Damián [de la fundación] paró el carro para decirnos que nos metiéramos dentro y con los vidrios subidos. No supimos porqué. En principio, tenía pinta de echarse a llover y yo lo achaqué a eso, pero, cuando me bajé a ayudar a descargar las cosas de nuestra amiga, recuerdo la mirada de Damián mientras me decía con buenas palabras que me metiera 'ya'. Ahí caí en la cuenta. Hay barrios en la capital en los que entrar significa exponerte a una muerte casi segura, entre otras cosas; y si eres mujer...".

 

Con los momentos vividos, al final resultó que esa protección era necesaria. “¿Cómo no vas a acogerte a las reglas? Tienes que pasar por el aro machista y dejarte proteger”, dice con resignación.

 

VOLVERÍA

 

Los buenos momentos se imponen a los malos para Cristina Hilenia, que volvería “sin dudarlo” porque ha sido "la mejor experiencia de su vida". “Estoy deseando, aunque sé que no será lo mismo”, afirma. La conexión con la gente de allí fue una de las claves de la experiencia. “Compartes cada sentimiento, situación y sensación. Cada noche nos juntábamos todos los cooperantes extranjeros y a veces no hacía falta hablar. Una mirada o un gesto traspasa cualquier conversación, explica.

 

En su regreso está viviendo la experiencia de contar cómo es aquel mundo y tiene ganas de descubrir y aportar más. “He vuelto con ansias de saber más de la cooperación”, reconoce. Ahora quiere seguir formándose y asegura contar con “varios campos abiertos”. Es momento de tomarse unos días para reflexionar antes de embarcarse en otro proyecto, ya que solo lleva unas semanas en Valladolid y afirma que “el proceso de adaptación está siendo duro”.