La dificultad de ser objetivo en el Toro de la Vega

Juan Postigo, redactor de Tribuna de Valladolid agredido este martes por informar del Toro de la Vega, da su versión sobre lo acontecido en Tordesillas.

Vaya por delante antes de comenzar a describir mi versión de los hechos que fui a Tordesillas procurando llevar la mente limpia, sin ningún tipo de inclinación o tendencia pro o anti taurina.

 

Con ese planteamiento, a primera hora de la mañana, me trasladé al municipio con un compañero de redacción del que creo que no es necesario dar el nombre, tan solo decir que él era el fotógrafo y yo redactor de lo que allí pasara.

 

Pero esta vez optamos por una excepción. La ocasión lo merecía y entre lo grande del acto y la que se podía preparar allí entre defensores y atacantes del Toro de la Vega, decidimos que, ya que ambos llevábamos una buena cámara, los dos nos dedicaríamos a tomar imágenes.

 

Poco antes de las once de la mañana mi compañero y yo estábamos en nuestras posiciones. Él buscaría los momentos en los que el toro Vulcano partía desde el pueblo, mientras que yo me adelanté hasta campo abierto para perseguirle en cuanto saliera de él. Sonó entonces el petardazo de salida.

 

Lo reconozco, era una de mis primeras experiencias como cámara. Siempre me he considerado más redactor que otra cosa y lo de la fotografía no es algo que me haya llamado la atención nunca de manera especial, pero el asunto marchaba sobre ruedas. Tampoco soy corredor de encierros, así que arriesgaba lo justo y necesario –siempre pendiente de un posible parapeto por si las cosas se ponían feas- para conseguir buenas imágenes.

 

Todo se iba desarrollando bien, hasta que le dieron la estocada final a Vulcano. El animal cayó rendido y, mientras los lanceros se abalanzaban sobre él con una lona azul para que el resto de gente no viera la matanza que allí iba a tener lugar, me acerqué cámara en mano. Acto seguido la levanté para intentar captar, al menos, la gigante lona.

 

“¡Tú, baja la cámara, me cagüen Dios!”, fui inmediatamente increpado. No me hacía falta más advertencia ante semejante ambiente, con cientos de personas a mi alrededor defendiendo la tradición que no querían que el mundo viera. El animal, del que por cierto no escuché ni una sola queja, terminó de morir bajo las lanzadas de los presentes.

 

David Rodríguez fue entonces levantado en brazos por los tordesillanos. Y ahí, probablemente, cometí el gran error. Ignorando la anterior advertencia volví a levantar la cámara para fotografiar a David. “¿Qué hace ese hijo de puta grabando?”, dijo un tipo con un pañuelo y unas gafas de sol tapándole la cara, mientras intentaba quitarme la cámara.

 

Reculé, me eché atrás, pero era tarde. Otros dos o tres energúmenos se unieron al primero. “Quitarle la puta cámara, joder”, soltó uno de ellos mientras me agarraba por delante y hacía aspavientos para arrebatármela. Noté un empujón por detrás, pero no caí. Lo primero que me salió fue apretar el artefacto contra el pecho, protegiéndolo.

 

Mientras el que estaba enfrente seguía intentando tirar de la cámara, me volvieron a empujar, y esta vez sí me precipité contra el suelo. Apenas estuve tres segundos en la tierra, suficientes para recibir un par de patadas de los dos que tenía detrás. El instinto que antes me llevó a proteger la cámara, esta vez me hizo levantarme rápido pensando en mi propia seguridad ante la posibilidad de acabar recibiendo una paliza.

 

Tuve suerte. Si un par de tordesillanos me hicieron pasar auténtico miedo, fueron otros dos los que me salvaron de aquella situación. “¿Pero qué estáis haciendo, animales?”, dijeron mientras se acercaban para protegerme. “Vete, anda”, terminaron por espetarme mientras apaciguaban a los otros, algo que no tuvieron que repetirme.

 

Más tarde se acercarían para preguntarme si estaba bien, explicándome que ellos eran de Tordesillas y que estaban a favor del Toro de la Vega, pero que había actitudes que no se podían consentir. La primera de ellas, tratar a una persona así. La segunda, ocultar la matanza del miura de esa manera ya que parecía que, efectivamente, se estaban ocultando cosas.

 

Así sucedió todo. Durante el relato de mi pequeño percance he procurado ser objetivo y neutral. A fin de cuentas, es la actitud que tomé cuando fui a Tordesillas a informar.