La caricia de Morante

Morante de la Puebla construye una obra para el recuerdo en una tarde con una histeria colectiva de orejas. El de la Puebla salió en hombros junto a Castella (tres orejas) y Manzanares (dos trofeos).

Tercera de Feria. Tarde calurosa con algo más de tres cuartos. Se lidió una corrida de toros de Zalduendo de desigual presentación y buen resultado; especialmente los dos bravos lidiados en segundo y tercer lugar. El resto con calidad. El primero inválido y el sexto rajado.

 

Morante de la Puebla (Nazareno y oro). Ovación y dos orejas.

 

Sebastián Castella (Grana y oro). Dos orejas y oreja.

 

Josemari Manzanares (catafalco y azabache). Oreja y Oreja.

Si quien suscribe estas líneas fuera un toro bravo rezaría al dios de los bóvidos para que fuera José Antonio Morante de la Puebla el matador encargado de poner fin a mi existencia. Porque Morante no torea, acaricia. Morante no liga naturales, los borda en seda. El de la Puebla no templa, eriza el alma. No compone la figura, la esculpe. Morante es bronce bruñido con la pátina del poso y el aroma del toreo eterno. José Antonio Morante hace de la tauromaquia el arte de la inspiración, el arrebato, la creatividad, el genio y el duende.

 

Que Morante sea Morante y no el resto, que sea capaz de emocionar, enfadar, apasionar, enamorar, enojar, enarbolar... hace que su grandeza sea infinita, tanto como sus muletazos, cuando engancha alante, templa, hiela la sangre, alegra el alma, y vacía la embestida para hacer de una tela roja, un animal fiero y un hombre entregado uno de los mayores versos que jamás nadie ha escrito.

 

Les aconsejo si estuvieron en el coso de Zorrilla o si pacientemente leen estas líneas que intentan torpemente narrar lo sucedido que se abstengan de analizar faenas, estocadas, orejas, ovaciones, vueltas al ruedo, salidas en hombros. Superficialidades.

 

Quédense con el crujido de cada derechazo, de naturales con el abandono del espíritu. Retengan en la retina esos doblones inmensos, aquellos ayudados por alto de toreo en blanco y negro. Recuerden esa manera de pisar el albero, de acariciar el lomo del que fue su compañero de danza. Sí, acabo con su vida... pero con qué dulzura. Una espada de acero terminó con la majestuosa vida de aquel ser temido en la dehesa... sí, pero con qué respeto, integridad y sentido, porque se puede amar, también con la muerte.

 

Porque Morante fue todo eso y mucho más en la magia de la tarde. Fue liturgia, eternidad, sacrificio, sentimiento, musa, espíritu, suavidad, dulzura. Un beso, pero también tormenta. Sonrisa y desgarro. La piel de un bebé, y los surcos de la frente de un anciano. Un suspiro, y también un grito. Es Morante. Olvídense si no fue una faena, la del cuarto, maciza. Despreocúpense si dos orejas son corto o excesivo premio. Porque en la mística no cabe otra cosa.

 

Hubo muletazos de ensueño, cambios de mano inmensos y adornos para romperse, vaciarse, inmolarse... Hasta la vuelta al ruedo fue torera, eterna como sus naturales. Porque Morante bordó el toreo en el Coso de Zorrilla. Porque cada derechazo fue una pintura. Porque los naturales fueron hondos. Porque los broches en cada serie fueron de cante jondo.

 

Se le vio inspirado al genio de La Puebla, incluso en su primer inválido hubo filigranas en cada lance, aunque tuviera que ser de uno en uno. Y si lo de Morante fue una caricia, lo de Castella un firme puñetazo. Como en toda su campaña, el galo estuvo con firmeza en Valladolid. La primera faena ante un gran Zalduendo, humillador, noble, y codicioso, fue variada, aunque no rotunda.

 

Más cómodo en las distancias cortas, aunque donde ejerció el toreo fue cuando demostró que liga mejor en largo. Y al palcoque ha perdido el norte, no le importó que la estocada cayera muy baja para asomar los dos pañuelos. Mejor en el quinto, a pies juntos, dibujando al natural su concepto de toreo, tan profundo, tan cuajado, tan de verdad, tan sentido... Falló a espadas, pero el torbellino orejero a esas horas ya había sumido a todos en una histeria colectiva y paseó un trofeo.

 

Manzanares es el empaque, la elegancia, la figura y... la poca apretura. Salvó su feria, apuesta importante de la empresa con dos tardes en un ciclo tan corto, sobre la bocina. Con una fulminante estocada, con aroma a Manzana, que le hizo cortar la oreja del sexto para sumar su segundo trofeo de la tarde y volar sobre la Puerta Grande. Haber visto hoy, otra vez, a sus dos compañeros en hombros hubiera sido un golpe bajo para el de Alicante, tan consentido en el Pisuerga.

 

Y es que el luto que viste su cuerpo, también parece haber penetrado en sus entrañas. Se aburre en los tiempos y en las distancias, y los trasteos no crecen para tomar la altura de otros tiempos. Eso sí, bonito, lo hace como ninguno, aunque a veces no haya la verdad necesaria en este juego de la muerte. Y es que pasárselos tan cerca como Morante es difícil, hacerlo con una caricia, imposible.