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El Supremo confirma 14,5 años a un hombre por agredir sexualmente a su hijastra durante dos años

Se le condena por un delito continuado de agresión sobre su hijastra, menor de edad, desde los 12 hasta casi los 15 años y amenazas de muerte para no contar a su madre lo ocurrido.

El Tribunal Supremo ha confirmado la pena de catorce años y medio de prisión impuesta a un vecino de Valladolid, J.L.D.L, por un delito continuado de agresión sexual sobre su hijastra, que desde los 12 años y hasta tres meses antes de cumplir los 15 tuvo que soportar, bajo amenazas, las continuas incursiones que su padrastro hacía de madrugada en su dormitorio para forzarla a mantener con él relaciones sexuales plenas.

 

La resolución del Alto Tribunal ha inadmitido el recurso de casación que la defensa del condenado interpuso contra el fallo condenatorio dictado por la Sección Cuarta de lo Penal de la Audiencia de Valladolid, según informaron a Europa Press fuentes jurídicas.

 

El agresor no sólo fue condenado a 14,5 años de cárcel, frente a los 44 y 46 años pedidos por el fiscal y la acusación particular, respectivamente, que además del delito continuado le imputaban otros dos delitos más de agresión sexual, sino que tiene prohibido acercarse a su expareja y a la hija de ésta a menos de 500 metros o a comunicar con ellas durante diez años y, además, deberá indemnizar a la menor con 100.000 euros por el daño físico y psíquico causados.

 

En su fallo condenatorio ahora confirmado, la Audiencia vallisoletana tomó como prueba principal el testimonio aportado por la menor, "persistente y sólidamente estructurado", y los ofrecidos en el juicio por la madre, a la que la niña confesó la situación en las Navidades de 2010, y por una sobrina del propio condenado a la que la agredida desveló igualmente la tortura que venía sufriendo.

 

Frente a ello, el condenado mantuvo en todo momento su inocencia y alegó que muchas noches acudía a la habitación de su hijastra pero con el único propósito de jugar con el ordenador que ésta tenía, mientras que su letrado defensor, entre otras consideraciones para cimentar su petición absolutoria, expuso al tribunal la contradicción que suponía que su patrocinado no hubiera transmitido a la víctima la hepaticis C que padecía o cómo era posible que la madre no hubiera escuchado nada durante más de dos años pese a la proximidad de ambos dormitorios.

 

Los hechos, tal y como entiende probado el tribunal, se inician en el mes de agosto de 2008, cuando el ahora condenado, de 42 años, propietario de un taller mecánico y preso por la presente causa desde el 31 de marzo de 2011, se introdujo una madrugada en el dormitorio de la niña, de 12 años e hija de su entonces pareja sentimental, con la que llevaba de relación 13 años y con quien había tenido un hijo que en la actualidad cuenta con 11 años.

 

Ya esa noche, el padrastro se metió en su cama y, tras tocarle el pecho, el culo y la zona púbica, comenzó a quitarle el pantalón del pijama. A pesar de que la víctima intentó zafarse, el condenado la golpeó y venció su resistencia, tras lo cual se colocó encima de ella y la penetró vaginalmente, llegando a eyacular. Al terminar, la amenazó con matarla a ella y a su madre si contaba algo.

 

A partir de entonces, y hasta una fecha no concretada de septiembre de 2010, en los primeros meses de forma casi diaria y a posteriori dos o tres veces por semana, J.L.D.L. prosiguió sus incursiones en la habitación de la hijastra para satisfacer sus impulsos sexuales, sin que la agredida pudiera oponer resistencia puesto que siempre se hallaba en la disyuntiva de contar lo ocurrido a su madre o atenerse a las consecuencias.

 

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En la mayor parte de las relaciones sexuales se llegó a consumar el coito vaginal, salvo cuando la niña le decía que tenía la menstruación, casos en los que el padrastro se masturbaba ante ella o la obligaba a masturbarle, y otras se produjeron durante el día, aprovechando él que la menor se había quedado sola en casa.

 

No fue hasta la madrugada de una noche de septiembre de 210 cuando la madre de la menor se despertó al oír un fuerte ruido y al no ver a su pareja en la cama que compartían se levantó y le sorprendió en la habitación de su niña en calzoncillos mientras ella se encontraba dentro de la cama sin bragas y llorando de forma desconsolada, aunque entonces la progenitora fue incapaz de creer lo que más tarde se vio obligada a denunciar.

 

A partir de ese día las agresiones cesaron, hasta aproximadamente octubre o noviembre de ese mismo año, cuando J.L.D.L. volvió al dormitorio de la niña y, en el mismo clima de violencia e intimidación, tras tocarla todo el cuerpo, la penetró vaginalmente. La víctima sufre desde entonces un proceso de estrés postraumático.

 

Además, ella y su madre, que dependían materialmente del ahora condenado pues éste aportaba prácticamente la totalidad los ingresos familiares necesarios para su subsistencia, han quedado prácticamente en la indigencia desde el encarcelamiento de él y viven de subsidios públicos y de los alimentos que les proporciona Cáritas.