El rey de la pinturería y el monarca de la estética

Morante de la Puebla y Manzanares brindan una atractiva tarde de toros, que sirve para mostrar la faceta más artística de los dos diestros que abandonaron en volandas el coso de Zorrilla.

Plaza de Toros de Valladolid. Quinta de Feria. Tarde muy calurosa con casi lleno en los tendidos. Se ha lidiado una corrida de Zalduendo, noble y manejable, excepto el sexto, más rajado y mansito. Pecaron de falta de fuerzas y fueron extraordinario el segundo, y muy buenos tercero y cuarto.

 

Morante de la Puebla (Verde botella y oro). Ovación, Oreja y Oreja.

José María Manzanares (Grana y oro con cabos blancos). Oreja tras aviso, dos orejas y silencio.

Actuó como sobresaliente Miguel Ángel Sánchez.

La salida en hombros del tándem Morante-Manzanares fue tan multitudinaria como expectación había levantado el mano a mano. No se colgó el cartel de no hay billetes, poco faltó, y el aspecto de los tendidos fue acorde con la categoría del espectáculo. Mucho público ocasional, habano caro, camisa morantiana hortera floreada, mucha niña mona pero ninguna sola, trajes de luces de colores, lo pasaré bien. ¡Cómo que lo pasaron bien...!

 

Las diez mil almas salieron con las palmas de las manos encarnadas (que bonita palabra) de aplaudir casi todo. Habían visto al pinturero y al estético en su versión más efectiva. El de La Puebla se calzaba un Cohiba antes de liarse el capote de paseo, aspiraba el humo para sacarse los miedos. Pronto se estiró a la verónica y las esperanzas de que 'hoy puede ser' se instalaron en forma de run run en los apretados tendidos. Ante el primero, muy suavón pero flojito, el sevillano anduvo con más voluntad que resultado, aunque los primeros olés se hicieron fuertes cuando compuso la figura en una serie sobre la mano diestra. Templado, alargando la embestida y rematando en la cadera. No pasa nada, aún quedaban dos en la negrura y el silencio de los chiqueros.

 

Dos para dos versiones diferentes de un Morante que hoy parecía inspirado. En el tercero fue la pinturería hecho torero. Recibió a Padrino con lances a una mano, hasta que abrió el compás a la verónica, para dar paso a las chicuelinas. El trasteo más pintureo aún, que sí un trincherazo, una trincherilla, un afarolado, un cambio de mano, un desmayado… todos ellos abrochaban series, más o menos, meritorias que tuvieron una coregrafía muy sevillana. Algunos muletazos más de verdad y el torero se rompe, otros más cadenciosos, los hubo más selectos y algunos de relleno. El toro servía, se desplazaba y metía la cara. La obra fue tomando forma, aunque sin la rotundidad de esas faenas mágica del hechicero. Estocada desprendida y el sevillano pasea una oreja.

 

 

El quinto fue más blandito, aunque con calidad en las embestidas, pastueño, y noblón, muy dolido por la tremenda vara. Y ese Morante que se pone el traje de faena, el de los peones. Se lo lleva a la querencia y ahí sujeta al animal, lo cuida, lo mima, lo soba, los embebe. Y surge un trasteo que nadie esperaba con pasaje de mucha calidad, con quizá los muletazos más bellos de la tarde. Los hay por el derecho y también los refrenda al natural. Ya no es el pinturero, y ahora demuestra que también es el torero. Poderoso, profundo y artista, una faena larga quizá por lo que tuvo de cámara lenta. Se entrega en la estocada y logra la oreja para acompañar a Manzanares en el triunfo de la Puerta Grande. No fue Morante el excelso, pero sí el torero, antes también pinturero.

 

JOSEMARI EL CONSENTIDO

 

Josemari es desde hace años, por méritos propios, el consentido de la afición de Pucela. El alicantino ha firmado tardes memorables donde dibujó una tauromaquia al alcance de muy pocos. Manzanares no fue esta VIERNES alzado al Olimpo Taurómaco, aunque casi. Josemari el estético, se pareció al mejor Josemari de las grandes gestas pucelanas, aunque en esta ocasión los cimientos del viejo coso de Zorrilla aguantaron sin resquebrajarse.

 

El segundo Zalduendo fue el mejor del encierro. Colaborador y repetidor fue un regalo de nobleza y trasmisión. Acudía largo y pronto al engaño, con el morro por el suelo y el alicantino lo vio pronto y se puso a componer la figura (como muy pocos). Los muletazos brotaron largos, templados, aunque quizá un poco despegados y sobre todo estetéticos. Porque Josemari es el rey de la estética. Su figura lo acompaña y lo hace bonito y fácil. Está sobrado y eso a veces también rechina.

 

Más rectilíneo por el izquierdo, Manzanares vuelve a la diestra, donde la faena cobra mayor calado, al menos en los tendidos, que a esa hora ya estaban rendidos al torero alicantino. Estocada recibiendo marca de la casa, que emborrona con un descabello y la primera oreja de la tarde.

 

En el cuarto el público ya se vuelve loco. Olímpico, así se llama el toro, es medalla de oro en embestir humillado, pero acusa la falta de fuerza y hay que cuidarlo. Manzanares divide el trasteo en dos actos. El primero para torearlo por ambas manos, bien especialmente en la izquierda y la segunda mitad se dedica a recetar circulares, citando de largo. Los remates estéticos, y el cambio de mano, lo mejor de la tarde. Ahora lo revienta al volapié, con una estocada delanterita y al usía no le queda más remedio que conceder dos trofeos ante el delirio del respetable.

 

Rebrincado, mansito y muy deslucido es el sexto. Manzanares se justifica, pero a esas horas todo el mundo ya quiere ver salir en hombros al Rey de la Pinturería y al Monarca de la Estética y por eso Josemari abrevia. Se agradece. La locura en los aledaños del coso de Zorrilla es total. Y ahí está el pinturero y el estético en hombros. Felices.