El Penicilino, “historia viva de Valladolid”, cumple nueve años desde su reapertura

Interior del bar Penicilino de Valladolid, el día de su noveno aniversario desde la reapertura en 2006. A.MINGUEZA

El mítico bar situado junto a la Catedral echó el cierre de manera breve en 2006, pero enseguida retomó la actividad.

“¡Hola, Juan!”. “¿Otro café, Tomás?”. No hay nombre que escape a la competencia de los camareros del Penicilino, junto a la Catedral de Valladolid. Un bar con intrahistoria, mucha intrahistoria, que este lunes cumple nueve años desde su reapertura, allá por 2006. Por supuesto, todo se remonta a una época más lejana, cuando el ‘Peni’ abriera sus puertas hace ya casi 160 años.

 

Lorenzo Bernal fue su fundador en 1860, hasta que a principios de 1900 se hizo con él Juan Martín Calvo. El resto de la función es conocida. La familia del bueno de Martín siguió la tradición hasta que Manolo Cossío, el último superviviente, decidió jubilarse en 2006, a principios de febrero. Enseguida se hicieron con él los nuevos dueños, de manera que este 23 de febrero el bar sopla nueve velas desde su reapertura.

 

“A día de hoy somos Cristina, Miguel, Jesús, Javier, Eduardo, Lidia, Óscar, otro Jesús y yo, claro”, sonríe Sandra Fernández, uno de los actuales nueve propietarios, quienes se turnan para cubrir las necesidades del establecimiento. “El balance de estos nueve años es bueno, pero a día de hoy nos hace la puñeta todo el tema de los conciertos de la ciudad, que nos fastidia bastante y da rabia”, comienza Fernández mientras sirve uno de sus habituales cafés con leche, con ‘zapatilla’ incluida.

 

La decoración apenas ha variado ya no solo en estas nueve primaveras, sino desde sus inicios en 1860. El espacio en forma de ‘U’, un enorme estante de madera en el que lucen las botellas y grifos de vino, con barra y suelo del mismo material. Tan solo las paredes se han permitido un nuevo aire con dibujos que, precisamente, se realizaron hace unos pocos meses. Y es que esa es la forma de funcionar del Penicilino.

 

“Apenas ha habido cambios. Siempre hemos tratado de estar vinculados a una mentalidad cultural, por ejemplo de mercadillos, de muestras, de exposiciones...”, continúa Fernández, quien reconoce que el bar es “una institución” en Valladolid. “Tenemos unos precios normales, todo el mundo en bienvenido, es cómodo...”. Razones para visitar el lugar sobran, desde luego.

 

“Viene gente mayor, gente pija, gente que no lo es... De todo un poco, y es que es como tiene que ser. Gente con niños y que se pone nostálgica, por ejemplo. Siempre se recuerda que esto lleva mucho tiempo y que lo menos dos o tres generaciones lo han visto. Se trata de historia viva de Valladolid, algo bonito”. Y es que pensar hoy día en la ciudad sin el ‘Peni’ es implanteable, al menos para los más veteranos del lugar.

 

Igual de implanteable que sería el bar sin su terraza. El verano comienza en el momento en el que te tomas una cerveza por la noche en ese reducto con vistas a la Catedral y a la calle Angustias, dice la sabiduría vallisoletana, infalible para estas cosas. Dieciocho mesas en las que casi hay que pedir vez cuando el buen tiempo se asienta en Valladolid. “Tenemos la suerte de que a la gente le gusta y de estar en el centro”, reconoce Sandra, quien también adelanta que la actividad cultural no se va a detener a corto plazo.

 

“No puedo decir nada”, concluye, mientras hace el gesto de echarse la cremallera a la boca. Acciones que servirán para que el Penicilino continúe siendo historia viva de Valladolid, sin duda.