El galán que conquistó a la vieja plaza de Zorrilla

José María Manzanares prosigue su romance con Valladolid. En la corrida de San Pedro Regalado cortó tres importantes orejas en una tarde redonda.

Corrida de toros de San Pedro Regalado. Tarde calurosa. Casi tres cuartos de entrada. Muchos jóvenes en los tendidos.

 

Enrique Ponce: ovación y oreja.

 

EL Fandi: ovación en ambos.

 

Manzanares: oreja y dos orejas.

 

Él nació en 1982 en Alicante. Ella, en 1880 en Valladolid. Él, elegante con aires de Andalucía. Ella, una señora de monumentales formas. Les separa casi un siglo en el tiempo y unos cientos del kilómetros en el espacio. Parecería impensable un romance, pero el amor no entiende de edades ni de distancias. José María Manzanares y la plaza de toros de Zorrilla han vuelto a protagonizar un romántico pasaje en su idilio que ya se remonta varias temporadas.

 

Es una relación tan sincera como emocionada. Pasional, pero dulce. Íntima, pero sin trampantojos. En la corrida del patrón de la ciudad del Pisuerga, San Pedro Regalado que también es el de los coletudos, no han escondido su aventura. Ante más de seis mil almas, la vieja plaza de toros se ha dejado acariciar por los cadenciosos lances a la verónica, por la pasión de los naturales y por los eternos cambios de mano de Josemari. 

 

Una relación tan consolidada que puede terminar por escribir una irrepetible historia de amor, como la de Curro con su Maestranza o Joselito con el coso de la calle de Alcalá

 

Manzanares volvía a Valladolid después de su última cita con la plaza de sus amores en septiembre. Un galán que se dejó envolver por el aroma del viejo edificio de ladrillos y piedra y que cuando se abrió de capa, los susurros y las carantoñas auguraban que la cita romántica acabaría en una tarde apasionada, casi lujuriosa.

 

Con su primero, el tercero de la tarde, un toro que embestía con dulzura por el pitón derecho y empujaba por el zurdo, Manzanares inició el galanteo. Las telas dibujan derechazos ligados, templados, desmayados. En un pase de pecho se va detrás de la espada. Casi como el que roba un beso. Una oreja, porque el toro se levanta ante el fallo del puntillero. Ya se sabe que en las relaciones de amor, tres son multitud.

 

Pero salió el sexto, y el galán Manzanares desplegó todo su cortejo de conquista. Hubo caricias de ensueño, abrazos muy tiernos, amorío del bueno... Josemari enseguida se dio cuenta de la timidez del de Núñez del Cuvillo, pero también de su clase. Como en una cita en la que se cuida hasta el más mínimo detalle para que ella no se asuste, se sienta cómoda y no huya. Así hizo su faena el de Alicante, desde hoy ya hijo adoptivo del Pisuerga. Embebió al castaño en los vuelos de la franela, despacio; a media altura, sin gestos hoscos, todo con galanura, con la seducción de un halago, para pasar a la carantoña.

 

 

Eligió bien los terrenos, en los medios; donde las relaciones son más sinceras. Y ahí fue haciendo que la verdadera belleza -suspirada por tantas mujeres- fuera la de sus lances. Derechazos largos, hondos, aunque sin romper a un toro que podía rajarse, pero que era seducido una y otra vez; envuelto en la seda, arropado por un flirteo continuo.

 

Y el de Núñez del Cuvillo aguantó y surgió el amante. Ese que desnuda sin prisa, pero con certeza. Y al natural, los muletazos fueron para estremecerse, igual que dos series en redondos donde el torero ya había abandonado en busca del placer de domeñar a la fiera y dibujar arte.

 

Y brotaron espontáneos los cambios de manos eternos, el clímax. Y cuando torero y coso -Josemari y la señorial plaza de Zorrilla- eran uno, cuando nadie auguraba que pudiera existir un final tan feliz, allá estaba el galán, casi apoyado en tablas, recibiendo en la suerte última y haciendo que la estocada fuera tan certera, como emocionante y apasionada. Pañuelos al aire como quien despide al amor de su vida tras una velada inolvidable. 'Hasta pronto', dice la enamorada.

 

 

Por su parte, Ponce ya no es el galán de antaño, ni El Fandi llegará a serlo. A pesar de ello el primero se esforzó en recordar que también tuvo amoríos con esta plaza. Esta se lo agradeció como quien abraza a un viejo amor, con cariño, pero sin pasión; cortando una oreja por la voluntad, que podrían haber sido dos si no pincha al extraordinario primero. A Fandi le tocó bailar con la más fea, incluso por partida doble. Un lote que se medio dejó, pero que tampoco pasó de un rollete sin importancia, con el único ardor de las banderillas.

 

Porque amor, lo que se dice amor del bueno, apasionado y sincero, solo hubo uno: el de José María Manzanares y la de la vieja plaza de toros del Paseo Zorrilla, ayer rejuvenecida por más de un millar de jóvenes taurinos y el galán de su amante.