El deporte de Valladolid y sus mezquindades

Las comparaciones son odiosas, pero a veces resultan ilustrativas para calibrar trayectorias similares. Son los ejemplos vallisoletanos del fútbol y el baloncesto en su trayectoria de esta temporada. Pero las miradas solo apuntan a una dirección. Entre otras cosas.

No hay que poner ningún trampantojo para disimular la temporada del Club Baloncesto Valladolid. Ya han corrido ríos de calificativos para una gestión atropellada por las prisas de apuntarse a esto de competir a nivel profesional con armas de aficionado.

 

¿Desastrosa? Lo que mejor se adapte para calificar una temporada sin parangón que ha terminado con el lógico desenlace del descenso. Sobra decir, entiendo, que el análisis debería realizarse desde el prisma de los medios disponibles para realizar un trabajo planificado que, en el caso del baloncesto, comenzó a prepararse a velocidad de crucero apostando lo poco disponible a la ruleta de un proyecto casi amateur.

 

Empezando por el caché de los jugadores, cuyas diferencias se han reflejado en la pista, pero siguiendo con una estructura de club impropia de una entidad profesional que tiene a un gerente a tiempo parcial, un presidente que lo es a través de una Fundación y una deuda mastodóntica. Quizá habría que empezar por plantearse si con estos precedentes puede integrarse en una estructura profesional como la ACB aunque, dando la vuelta al análisis, puede que ésta sea la única manera de sobrevivir mientras espera del cielo algo mejor en forma de patrocinador o ingresos de otra índole.

 

La conclusión más somera puede ser eso de 'hacemos lo que podemos con lo poco que tenemos'. Como no se tiene nada, ahí están las consecuencias. Es cierto que en el alambre permanente donde se mueve el Club Baloncesto Valladolid, haber descendido cuatro veces en casi treinta años es un milagro, pero no pueden ocultarse los errores propios, heredados y relacionados con un entorno absolutamente envenenado hacia unos directivos tan atrapados por sus limitaciones como convencidos de cómo afrontar su trabajo.

 

Ese criterio firme les ha grangeado numerosas críticas por salirse del supuesto orden establecido. Una osadía imperdonable en este panorama de círculos concéntricos de Valladolid donde, si te sales, o no entras, te machacan. O al menos lo intentan.

 

Es más sencillo atizar a los pobres Vela o Martín que hacer una reflexión serena y severa sobre la gestión del Real Valladolid. La diferencia entre el Carlos Suárez que llegó a Valladolid hace más de una década al actual es que, al margen de convertirse en propietario del club, por entonces detestaba los medios y solo se mostraba de puertas adentro; quizá porque tenía demasiado trabajo con solventar todo el embrollo que le dejó Nacho Levin y su lidia con las hermanas Saralegui. Con el tiempo, esa situación se fue revirtiendo hasta convertirse no solo en el ejecutor de todas y cada una de las decisiones del Real Valladolid, sino en una especie de personaje de culto en la prensa de la ciudad.

 

Apenas se han visto comentarios o calificativos sobre la gestión deportiva de un Real Valladolid que se derrumba hacia Segunda División. O cómo se pueden explicar los descensos de categoría cuando supuestamente el club camina por una senda más saneada que debiera aportar una tranquilidad que, por ejemplo, nunca ha tenido el baloncesto.

 

Curiosamente, el Real Valladolid cosechó grandes rendimientos deportivos cuando los problemas económicos se acumulaban en la etapa de Djukic como entrenador. Hoy sabemos que los jugadores del Promesas, clasificados para el playoff de ascenso, no cobran regularmente, y que el concurso de acreedores sigue sin cerrarse aunque sea cuestión de tiempo. Pero lo que afecta a la primera plantilla no aparenta aguas revueltas, se hacen fichajes (Mitrovic, Jeffren) e incluso se incorpora un nuevo director deportivo a la lista que ha manejado Suárez en los últimos años: Olabe, García Calvo, Marcos, ahora Braulio..., sin contar los cambios en el banquillo. 

 

Hace tiempo, en esta temporada, el Real Valladolid debería haber tomado decisiones que enderezaran el rumbo deportivo de una temporada catastrófica. Se ha dado continuidad a un proyecto con apariencias de caduco y solo nos queda aferrarnos a la recta final para que el milagro saque del pozo a un equipo que se hunde. 

 

Pero todo se da por bueno porque externamente no se escuchan demasiados ruidos críticos. Sospechosamente las cosas se han ido asimilando mientras el cruce de comparaciones se convertía hasta en osceno. A los pobres Vela y Martín, sin piedad, les piden que desde que destituyan al entrenador hasta su propia dimisión. A Carlos Suárez, todos los beneficios de la duda. Pero a veces las dudas ofenden...