El Campo Grande de Valladolid aún recuerda la venganza de Tello Arcos

El Campo Grande de Valladolid está plagado de leyendas. TRIBUNA

Una de las leyendas contadas por el mismísimo José Zorrilla en sus escritos, bajo el nombre de ‘Justicia de Dios’, relata un oscuro acontecimiento en el enorme parque.

Valladolid es ciudad de leyendas. Sí, darse un paseo por el centro de la ciudad, o más bien por sus lugares más emblemáticos, supone encontrarse cada vez con una historia o relato distintos para cada ocasión, de esos que se desconoce si realmente ocurrieron de verdad o simplemente se quedan en el apartado de invenciones para contar en la taberna de la época. La cuestión es que estos cuentos, algunos con más fundamentos que otros, terminan de darle un carácter especial a Valladolid.

 

¿Y cuáles son estos sitios? Pues uno puede encontrar infinidad de ellos. La leyenda del Puente Mayor, la del Palacio de Pimentel... y la del Campo Grande. Efectivamente, el inocente espacio verde de la ciudad alberga una historia oscura, digna de contarse y que muchos vallisoletanos desconocen en la actualidad.

 

Todo se remonta a una de las leyendas contadas por un habitante ilustre como es el mismísimo José Zorrilla. La estatua del poeta que custodia la Plaza con su mismo nombre y por tanto el Campo Grande deja patente que hay mucha intrahistoria allí. La cuestión es que corría el siglo XVI cuando Tello Arcos de Aponte y Ana Bustos de Mendoza, siempre según el relato de Zorrilla, se separaron la noche anterior de su boda para preparar las nupcias.

 

Ambos amantes llevaban tiempo de relación, pero lo que desconocían era la desagradable sorpresa que les esperaba antes de su casamiento. De camino a casa, Tello se encontró con Juan de Vargas, un antiguo amante de su prometida, quien defendía que ella le había prometido esperarla hasta su regreso de un largo viaje.

 

Sin dudarlo ni un momento, ambos se dieron cita en el Campo Grande con la intención de solucionar el conflicto en un combate a muerte. Y fue entonces cuando Tello, consciente de que su rival era demasiado habilidoso como para ganarle de manera natural, decidió usar una triquiñuela para que este desviara la mirada y poder darle así muerte. Para los novios hubo final feliz... por el momento.

 

Y es que un tiempo después, un fraile capuchino se encontraba asomado por la ventana de la Acera de Recoletos contemplando el Campo Grande en su inmensidad, cuando vio aterrorizado como un hombre desconocido apuñalaba a otro para poder llevarse así su dinero. Después de que este huyera, el desdichado de Tello Arcos pasaba allí por casualidad y, en su intento de auxiliar al herido, terminó detenido y acusado de asesinato. El fraile, conocedor de la verdad, no fue capaz de salir al paso para explicar lo sucedido.

 

En el momento del juicio Tello no pudo evitar confesar. Él no era culpable de semejante homicidio, pero sí de otro, el de Juan de Vargas, hace mucho tiempo. Y mientras el fraile paseaba por Valladolid con la culpa sobre sus hombros, incapaz de dar una declaración que salvara a Tello. “No hay Dios donde no hay justicia”, se repetía el monje para tratar de alentarse, sin conseguirlo, según el relato de Zorrilla.

 

En uno de esos paseos, junto al río, el fraile vio acercarse de repente una tenebrosa barca entre la niebla de Valladolid. Incrédulo, se acercó a ver qué es lo que esta contenía, ya que se veía un bulto en el suelo de esta. Y lo que vio le hizo chillar de horror. Allí estaba el cuerpo muerto de Tello, pero no estaba solo. Debajo yacía también el de Juan de Vargas, a quien asesinara hace tanto tiempo. El episodio de terror no había terminado, ya que Tello, moribundo, se levantó ante el monje.

 

“En duelo injusto entre los dos, a traición le asesiné. Nunca os planteéis el por qué de la justicia de Dios”, pronunció el muerto ante el fraile, quien huyó presa del pánico. Mientras, la barca se alejó de nuevo de la orilla del río, dejando como un relato de justicia divina la leyenda de Tello Arcos, Juan de Vargas y su enfrentamiento en el Campo Grande de Valladolid.