El agujero de ozono no crece pero tampoco muestra señales de recuperación

Un estudio elaborado por científicos de la NASA sobre el agujero de ozono ha determinado que, aunque no se ha detectado un aumento de tamaño en los últimos años, tampoco se ha encontrado un disminución de cloro en la estratosfera, por lo que no hay señales de recuperación.

Más de 20 años después de que el acuerdo del Protocolo de Montreal limitara las emisiones humanas de sustancias que agotan el ozono, los satélites han monitoreado el área del agujero y han observado que se ha estabilizado. A pesar de ello, la autora principal del trabajo, Susan Strahan, ha indicado que no está como esperaban encontrarlo.

"El que los agujeros tengan áreas más pequeñas y una mayor cantidad total de ozono, no significa que se esté recuperando, ni se puede atribuir a la disminución de cloro", ha añadido la experta. A su juicio, basarse en esos datos "es como tratar de entender qué está mal en el motor de un coche sin levantar el capó".

Por ello, el equipo ha utilizado datos de satélites para observar el interior del agujero. El mapa obtenido a raíz de estas observaciones, que ha sido publicado en 'Atmospheric Chemistry and Physics', reveló que el agujero de ozono de 2012 es más complejo de lo que se pensaba. Los aumentos de la capa de ozono en altitudes superiores a principios de octubre, causado por los vientos, se produjeron por encima de la destrucción del ozono en la estratosfera inferior.

"Nuestro trabajo muestra que las métricas clásicas basadas en los valores de ozono total tienen limitaciones, que no nos cuentan toda la historia", ha indicado otra de las autoras, Matalya Kramarova.

Según ha explicado, las métricas clásicas crean la impresión de que el agujero de ozono ha mejorado como resultado del protocolo de Montreal. Sin embargo, las científicas aseguran que es la meteorología la responsable del aumento de la capa de ozono y de que el agujero sea más pequeño, no que las sustancias contaminantes hayan disminuido.

Estos datos son corroborados por otra investigación liderada por Strahan entre 2006 y 2011, cuando se registraron dos de los agujeros más grandes y profundos de la última década. Para el estudio se utilizaron datos de microondas del satélite Aura de la NASA y se realizó un seguimiento de la cantidad de óxido nitroso, un gas trazador inversamente relacionada con la cantidad de ozono que agota el cloro.

Tras analizar los datos, la científica se sorprendió al encontrar que los orificios de 2006 y 2011 contenían diferentes cantidades de cloro que agotan el ozono. Teniendo en cuenta este hecho, ¿cómo podrían los dos orificios ser igualmente graves?.

Los investigadores utilizaron un modelo para simular la química y los vientos de la atmósfera y los resultados mostraron que en 2011 había menos destrucción de ozono que en 2006 debido a que, en ese año, los vientos transportaron menos ozono de la Antártida. Era un efecto meteorológico, no químico. Por el contrario, el viento sopló más ozono en la Antártida en 2006 y por ello el agujero presentaba mayor gravedad.

"Estamos en un periodo en el que los pequeños cambios en el cloro no afectan al área del agujero de ozono, así que es muy pronto para decir que el agujero se está recuperando", ha declarado Strahan. "Estamos entrando en un período de gran variabilidad y habrá baches en el camino antes de que podamos identificar una clara recuperación", ha añadido.