Después de la tormenta llega la 'mansada' calma

Castella en una chicuelina a su primero de la tarde. Fotos. JORGE IGLESIAS
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Sebastián Castella y López Simón cortan una oreja de escaso peso en la aburrida y larga corrida de toros, donde se lidió una importante mansada de Zalduendo.

Segunda de la Feria de la Virgen de San Lorenzo. Casi lleno en los tendidos, en tarde calurosa, que terminó con viento. Toros de Zalduendo (el tercero como sobrero), desiguales en la presentación y en el juego. El cuarto fue de Las Ramblas, un animal desclasado.

 

Morante de la Puebla. (Caña y oro). Bronca y algunas palmas.

 

Sebastián Castella. (Grana y oro). Ovación y oreja tras aviso.

 

López Simón. (Azul pavo y oro). Oreja y ovación tras leve petición.

Después de la tormenta siempre llega la calma... también la mansada. Después de la histórica y triunfalista corrida homenaje a Víctor Barrio, aún resonaban los olés rotundos a la rotunda faena de Talavante, a la torería de Morante o la solvencia de Juli. Tras la borrachera de toreo y la de orejas, llegó la resaca y el jarro de agua fría en el festejo de la patrona. Una mansada de libro que hizo que la tarde fuera apática, aburrida y de casi tres horas.

 

Porque la corrida que mandaron los nuevos propietarios de Zalduendo fue infame por descastada, blanda, inválida, mansa, parada, desclasada, desrazada... lo tuvo todo. Y quizá haya quien destaque el tercero, un manso de libro que humilló y tomó la muleta con codicia y ritmo, siempre que López Simón le tapaba la huida, que era lo único que pretendía el animal. Tampoco se acopló del todo el madrileño, quien se empeñó en comenzar por alto a un astado que lo que pedía a gritos era doblarse, someter al animal, poderle y sobre todo cortarle la huida.

 

A pesar de ello, el torero de Barajas firmó algunas series por el pitón derecho vibrantes, con muletazos largos e incluso de buen corte. El público que casi volvió a llenar el Coso de Zorrilla estaba caliente y llevó en volandas a un López Simón que se había dejado crudo en varas a Tabardillo, un sobrero del mismo hierro que sustituía al inválido titular. Un pinchazo, una estocada y un descabello no le privaron al madrileño de pasear un trofeo.

 

 

El sexto, un novillote que hubiera servido por presentación para un festival de pueblo, fue recibido con verónicas a pies juntos. Quería amarrar el triunfo López Simón para descerrejar la Puerta Grande de la plaza en la que hoy se presentaba. Brindó a Gabi, capitán del Atlético de Madrid, pero el viento y la condición del astado, muerto ya antes del tercio de varas, desbarataron el triunfo. Se justificó con un buen arrimón e, incluso, tras un pinchazo, un público excesivamente caritativo pidió la oreja, que el presidente, con buen criterio, no concedió ante lo visto en el ruedo y la minoritaria petición.

 

Las cámaras de Canal Plus fueron testigos de un soporífero festejo en el que Morante solo fue su mitad: la de la bronca. El artista se quedó en el hotel. Ocurrió en el primero, al que el sevillano no quiso ver. Al toro le faltó de todo, pero al de la Puebla también, que se quejaba de un defecto en la vista de su enemigo. Intentó abreviar, pero con la espada pasó un quinario, porque a pesar de colocar una certera estocada, el animal no dobló. Morante no quiso descabellar por derecho y se fue a por una segunda espada, con el primer estoque enterrado. La bronca fue monumental y la imagen vergonzosa.

 

Se intentó justificar en el cuarto, un feo sobrero de Las Ramblas, con el que el sevillano logró dibujar, de uno en uno, algún natural de buen trazo, nada que ver con lo del domingo. Si aquello fue la gloria para morantistas y no convencidos, esto no llegó ni al limbo de su concepto tan personalísimo.

 

Sebastián Castella cumplimentaba su única tarde en la feria. En su expediente figura una oreja, pero en la memoria colectiva muy poquito argumento. En su primero lo intentó sobre la diestra, despegado y un punto frío, hasta que el astado, muy áspero y violento, se lastimó la mano.

 

El quinto también fue manso, como sus hermanos, pero se medio dejó en la querencia, frente a toriles. El francés lo enganchó en series de derechazos que tapaban la huida. Comenzó con su made in pase cambiado por la espalda en los medios, pero el toro salía suelto. Fue acortando las distancias hasta colocarse en el aliento de su enemigo. Tiró de recursos encimistas y a pesar de que la espada cayó baja tras un pinchazo, el público premio cariñosamente su esfuerzo con una oreja que a estas horas ya nadie recordará, salvo la estadística. Y eso que Sebastián, con buen criterio, no quiso pasearla por el albero vallisoletano, que tras la tormenta (casi) perfecta del domingo, hoy fue testigo de una aburrida y mansa calma.