De Valladolid a Estambul, a golpe de bicicleta

José Ángel Villalón, a su paso por Venecia. SIMONE SACCO

José Ángel Villalón, estudiante de Arquitectura de la UVa, recorrió 4.400 kilómetros desde su ciudad natal hasta el país turco en algo más de tres meses, desde julio hasta octubre.

Todo comenzó una buena mañana de marzo en la que José Ángel Villalón, durante su estancia en San Sebastián con una beca Séneca concedida por la Universidad de Valladolid –dos años antes ya había disfrutado de un Erasmus en México para completar sus estudios de Arquitectura-, agarró su bicicleta, “una lata de atún”, como él mismo recuerda, y se fue a Zarautz, donde fue sorprendido por una tormenta.

 

Fue entonces, junto a su bicicleta, cuando se encendió la bombilla. Apasionado de los viajes y de su vehículo de dos ruedas a partes iguales, José decidió que quería hacer algo grande. Aprovechando que, a sus 24 años, se encuentra a punto de terminar sus estudios universitarios, era el momento de hacer la escapada de su vida. El objetivo, nada más y nada menos que Estambul.

 

“Turquía era la zona perfecta hasta donde llegar. Es la frontera entre Europa y Asia y un punto neurálgico para viajeros de largo recorrido”, explica un José que ha perdido nada más y nada menos que nueve kilos en su periplo. Un viaje que a la postre supondría casi cien días de duración y algo más de 4.400 kilómetros.

 

“Según he podido calcular, me salían 4.437, pero no en realidad no llevaba cuentakilómetros”, explica. Era el mes de junio cuando José empezó los preparativos. Un hornillo de cocina portátil, una tienda de campaña para tener siempre un sitio en el que descansar con su correspondiente saco y cuatro útiles imprescindibles como una navaja, algo de dinero y un cuaderno de ruta.

 

UN VIAJE INSÓLITO

 

La fecha estaba marcada en rojo en el calendario. El 11 de julio emprendió su marcha con la intención de no regresar hasta su Valladolid natal al menos en dos meses, que acabarían siendo más de tres. Completamente solo, sin la compañía de nadie, el objetivo era vivir una experiencia en la que conociera a la mayor cantidad de gente y de lugares posible. Y no fue fácil, claro.

 

“Francia fue complicado. Además de atravesar los primeros puertos de Pirineos, es un país muy caro”. Y es que el viaje de José concluiría con apenas mil euros gastados.

 

 

A partir de ahí fue todo un desfile de experiencias y anécdotas. “España, Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Kosovo, Macedonia, Bulgaria y Turquía. Han sido once países en total”, explica el estudiante de Arquitectura. “Hay momentos en los que pasas un poco de miedo. Como en Kosovo, un país aún militarizado que no está acostumbrado a recibir turistas”. En más de una ocasión tuvo que huir con su bici de alguna que otra jauría de perros salvajes, sin ir más lejos. “Ni siquiera el consejo de mi amigo Davi de gritar y hacer ruido para espantarles sirvió de mucho”, sonríe con humor.

 

Gracias a su móvil y el WiFi del correspondiente bar, todos sus familiares y amistades iban estando al tanto de sus vivencias a lomos de su bicicleta. “Mes y medio después... A 2.000 kilómetros de Valladolid y 2.000 kilómetros de Estambul”, escribió desde Venecia. “Señoras que, sin conocerte de nada ni entenderte una palabra, te invitan a una barra libre de higos. Gracias (hvala!)”, puso en Facebook desde Croacia, con una foto de la nombrada mujer.

 

LÓGICAS DIFICULTADES

 

Pero no todo eran alegrías y buenos momentos. La soledad, el maltrato meteorológico y la dificultad para dormir en muchas ocasiones eran unas constantes, algunas solventadas con más y otras con menos fortuna. “Recuerdo cuando se me estropeó la bici en Francia, cerca de Montpellier. Tuve que desmontarla y hacer autostop, hasta que me recogió una furgoneta. Acabé haciéndome muy amigo del copiloto y me invitó a cenar en el hotelazo de cuatro estrellas donde trabajaba de camarero”. Esa fue una de las caras amables de este viajero que también destaca “la libertad total de viajar solo en una bici”.

 

Las etapas más complicadas, por ejemplo, en Montenegro. “Un país de montaña precioso, pero con mal tiempo y pueblos alejados entre sí. Aunque anocheciera a mitad de puerto tenía que llegar a la cima y descender con la poca luz del frontal, para no acampar a 2.000 metros y pasar la noche helado”. Y es que ese fue otro de los puntos complicados del viaje; la acampada.

 

“En Europa Occidental hacía acampada libre, mientras que por los balcanes las familias me solían ofrecer un lugar en su jardín donde poner la tienda. A menudo compartían su cena conmigo. Es toda una experiencia convivir tanto con familias ortodoxas como musulmanas”.

 

 

Precisamente ese fue uno de los detalles que más le gustaron a Villalón. “Lo bueno de ir con un presupuesto de diez euros al día [el que se había marcado desde el primer momento] es la dependencia que tienes de la gente”, comenta orgulloso. “El no poder ir a hoteles o restaurantes, sino acampar en su casa o comprar en el mercado hace que realmente estés en contacto con el modo de vida local”.

 

Así fueron transcurriendo los kilómetros, las pedaladas y las ciudades, una tras otra, hasta que el objetivo, muy lejano al principio, fue estando más cerca.

 

Entonces el destino se convirtió en realidad. No pudo evitarlo, había que inmortalizar el momento. Una nueva publicación en Facebook mostraba su bicicleta con un enorme cartel al lado. “Welcome to Turkey”.

 

Esta misma semana, siempre después de unos días de merecido descanso en Estambul –“celebré la llegada en el mejor hammam [un baño turco] de la ciudad”, recuerda- regresó en avión a Madrid, para acto seguido terminar su particular viaje hasta Pucela. Y ahora, ¿cuál es el próximo objetivo? “África”, asegura convencido de sí mismo. “Me gustaría atravesar el continente hasta Ciudad del Cabo”. Pero esa será ya otra historia. La segunda parte de otro mágico periplo que quizá también se escriba a golpe de bicicleta.