Janovoa original

Viceversa

Alberto Novoa

Sobre el delinquir impune del capitalismo

 

Desgraciadamente, el capitalismo tiene la hegemonía absoluta en Europa: hegemonía política, hegemonía económica y hegemonía cultural. Mercados, capital y banca han tomado las riendas de todas las actividades que resultan esenciales para la reproducción del sistema capitalista, cuyo control implica el mantenimiento del liderazgo económico a nivel internacional.

Este delinquir despiadado y salvaje de la hegemonía neoliberal nos sitúa como víctimas de una democracia oligárquica, y en la que se vulneran impunemente nuestros intereses y necesidades como ciudadanos.

Hoy se habla de ciudadanía universal. Sin embargo, este concepto de ciudadanía parece estar también en crisis. La ciudadanía social hace referencia al ciudadano que no solo goza de derechos civiles y políticos, sino también sociales: derecho al trabajo, a la educación, a la vivienda, a la salud, y a las prestaciones sociales en general. Sin la protección de estos derechos resulta prácticamente imposible ejercer derechos civiles y políticos. Es lo que algunos países europeos denominamos €œEstado del bienestar€.

Este delinquir bestial del capitalismo pone a todos los ciudadanos en una posición de resistencia permanente, de lucha constante. Tan importantes son los derechos humanos como los deberes humanos, ya que para formar el deber se debe formar a los ciudadanos por y para la libertad; pues sólo en libertad, la obligación se convierte en una opción, y no en una imposición. La libertad afecta íntegramente a la dimensión humana, a la persona y por ende a la sociedad. Y está ligada, naturalmente a la justicia, a la solidaridad y a la cooperación. Constituye, por lo tanto, un derecho y un deber luchar por ella. Una obligación moral que todos debemos asumir.

Si por utopía entendemos lo irrealizable, lo inalcanzable, la libertad no se sustrae a este sentido, pero cualquier paso que demos en su dirección nos aproxima cada vez más al objetivo real. Nadie puede impedir que creamos en esa utopía llamada libertad, en la que muchos parecen no creer, pero la utopía, como norma que marca el cambio, vale. Se trata, a mi modo de ver, de una labor realista y necesaria, en vista de la situación y las necesidades del mundo en que vivimos.

Ante esta intromisión capitalista, impuesta desde las más altas esferas financieras, principales responsables del hambre, de la violencia, de la incultura y del subdesarrollo en el mundo, se impone la necesidad, como exigencia vital, de orientar la conciencia ciudadana hacia un compromiso para conseguir un mundo más justo, más humano.

Y es que donde no hay justicia, jamás podrá darse la paz ni el desarrollo. Naturalmente, el fundamento de la justicia radica en el reconocimiento de la dignidad del ciudadano. Y dignidad, en la izquierda, al lado del corazón, tenemos mucha.

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