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Un salmantino en Brasil

Alberto Orfao
Blog de Alberto Orfao.

Universidad y Universidade

Las clases ya han vuelto a la normalidad en las universidades federales brasileñas. En realidad volvieron hace aproximadamente un mes, aunque para aquellos que veníamos de intercambio hemos tenido que esperar hasta mediados de noviembre. ¿Creéis que la universidad es muy distinta a la española? Pues, probablemente, estéis equivocados. Es todo mucho más parecido que lo que podemos imaginarnos.

 

Para empezar, ¿pensábamos que en nuestro país éramos los únicos poco puntuales a la hora de entrar en clase? ¿Que esos quince minutos de rigor solo nos los permitían en España por 'nuestra forma de ser'? (Tengo que decir también que ahora, con el Plan Bolonia, eso se ha vuelto prácticamente imposible; si es que te dejan entrar en clase). Pues bien, si aquí las clases duran unas dos horas, el grueso de los alumnos comienzan a llegar a los veinte o veinticinco minutos de clase. Va a ser verdad eso de que estamos mejorando en productividad...

 

También es cierto que sí que hay diferencias. Al brasileño, normalmente, le gusta hablar. Se para a hablar por la calle con los conocidos, mantiene una mínima conversación sobre lo que se le pase por la cabeza con algún vecino a quien apenas conozca (eso a mí me pasa al menos) y, en definitiva, habla, habla y habla. Por lo tanto, las clases, en esta área que es el periodismo, se basan en hablar.

 

Las conversaciones o discusiones abarcan amplios conceptos. Uno puede comenzar la clase hablando sobre la democracia asamblearia ateniense y sus restos en la actualidad y terminar escuchando la vida privada del profesor y cómo lleva a su hijo de siete años a la playa. En otras, en plena presentación de la clase, se organiza un debate encarnizado sobre el sentido o no de la religión y el alto aumento de evangélicos en Brasil.

 

Desde luego, alguien como yo que viene de fuera no puede aburrirse -lo que no implica que también haya algún carioca que, aprovechando la ocasión, se eche una cabezadita; o se coma unas patatas fritas, que también pasa-. Si esto fuera realmente lo que generase el Plan Bolonia lo cierto es que no podríamos quejarnos. Ah, y por el momento tampoco tendré exámenes.

 

Lo que sí sorprende, y mucho, es la figura del profesor. Aquí el profesor es cercano, ayuda realmente a los alumnos, comparte incógnitas con ellos y, sobretodo, se rodea de humildad. No digo que en España no haya tenido profesores así, porque estaría mintiendo; aunque tampoco miento cuando afirmo que no son, ni mucho menos, la mayoría.

 

Luego ya podemos hablar sobre las instalaciones, que para mi gusto no tienen nada que envidiar a las nuestras. No me meto en campos más técnicos donde la inversión, lógicamente, es más grande ya que no los conozco. Eso sí, aquí la máxima de "la universidad de todos y para todos" está siempre presente hasta en cosas tan simples como la comida. Por apenas 70 centavos (28 céntimos de euro) un universitario puede comer en la universidad. Y no se come mal.

 

Alberto Órfão

Twitter: @a_orfao

 

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