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Un salmantino en Brasil

Alberto Orfao
Blog de Alberto Orfao.

Playas, morros y favelas

La playa en Brasil es algo que siempre me ha maravillado. Es, probablemente, una de las primeras cosas que le vienen a un europeo a la cabeza cuando piensa en Brasil y, especialmente, si piensa en Río de Janeiro. Hasta en los mismos intentos de documental del programa 'Españoles por el Mundo' se nos muestran esas grandes cantidades de arena repletas de turistas, brasileñas despampanantes y poca ropa en general. Una imagen que puede estar algo distorsionada.

La primera idea que tiene el europeo sobre el brasileño es la de que éste, siempre que puede, está en la playa. Traducido, esto viene a significar, cada día que no llueva. Sin embargo, y tras un mes de concienzuda experimentación científica, uno se da cuenta de que el brasileño común apenas tiene tiempo de presentarse en las arenas cariocas durante el fin de semana. El resto del tiempo, en este invierno brasileño, los turistas plagan las playas.

Es muy interesante pararse a observar el componente tan brasileño que las playas tienen en este país. La playa es, como la muerte lo fue en su momento para la literatura, un elemento igualitario. Un brasileño, en la playa, no es diferente del que tiene al lado, aunque tenga decenas de millones más en su cuenta del banco. Y esto es algo muy importante vistos los últimos datos que ha publicado la ONU.

Según la Organización de las Naciones Unidas, Brasil es el cuarto país más desigual de América Latina, apenas por detrás de Guatemala, Honduras y Colombia. Así es, la sexta economía mundial tiene un grave problema en cuanto a la distribución de su riqueza, algo que se puede observar en cualquier paseo que uno dé por cualquier urbe del país.

En la misma ciudad de Río de Janeiro es impresionante comparar algunas de las casas y mansiones del Alto Leblon, el Jardín Botánico o el Alto de Boa Vista con las estrecheces que sufren habitantes a apenas unos metros de ellos. Junto a esas mansiones del Alto de Boa Vista -entre las que se encuentra la casa del gobernador del estado o la de los herederos de Roberto Marinho, fundador del diario O Globo,- nos encontramos con una de las mayores favelas de Latinoamérica, la favela de la Rocinha.

La Rocinha es una favela ya pacificada que se encuentra en el lado norte del morro que separa las playas de Leblon y SĂŁo Conrado (al lado sur se encuentra otra favela también conocida, la de Vidigal). Hace siete años, cuando estuve por primera vez en esta ciudad, recuerdo que había tiroteos a la puerta de la favela entre traficantes y policías. Ahora esto ya no ocurre, al menos a la luz del día.

Uno puede pasar por entre las casas y chabolas desperdigadas por la montaña sin apenas problema; andando, en coche o hasta a bordo de un moto-taxi que, por un precio asequible (y un riesgo considerable), nos acercan hasta donde nos interese. Viviendas precarias, negocios sin ningún tipo de legalidad, saneamiento o higiene, son el modo de vida de miles de personas de la ciudad de Río de Janeiro. Una vida con pocas expectativas de mejora las cuales, hasta hace unos años, dependían casi exclusivamente del tráfico de drogas.

Mientras tanto, la publicidad electoral de candidatos a la alcaldía y al puesto de vereador (representante del pueblo en un tema concreto) rebosa entre muros de ladrillo y postes de la luz repletos de cables. Una clase política, la brasileña, que cae cada vez más en el populismo y a la que únicamente le importa la población de las favelas a la hora de recaudar votos.

Alberto Órfão
Twitter: @a_orfao

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