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Un salmantino en Brasil

Alberto Orfao
Blog de Alberto Orfao.

Parando el tren sudamericano

El paraíso brasileño ha perdido gran parte de su magia con el final de sus vacaciones de invierno. Ha comenzado agosto, los chavales han vuelto al colegio y los mayores al trabajo. Otra cosa son ya los hijos mayores. Esos, si bien debieran volver a sus clases universitarias, han continuado con sus vacaciones -o con sus respectivos trabajos, porque aquí en Brasil uno todavía puede estudiar y trabajar al mismo tiempo-.

Las universidades están en huelga. Los universitarios están en huelga. La Justicia Federal, la Policía Federal, la Receta Federal y hasta la Policía Rodoviaria Federal están en huelga. No faltan en la huelga ni siquiera los trabajadores públicos de Anvisa, la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria. Brasil, como en los mejores días de los mejores mundiales de fútbol, está parado.

Y con parado no me refiero a una huelga de esas a la europea, de esas huelgas que duran un día y que lo pasamos esperando declaraciones y cifras y declaraciones sobre las cifras. No, aquí no se espera nada, no se escucha nada. No se escucha al gobierno que presenta propuestas a última hora de la noche y en la oscuridad. Propuestas que son conocidas a través de la prensa y que, una y otra vez, son rechazadas por sindicatos.

El silencio que la huelga brasileña genera es tan grande que nadie tiene pistas sobre cómo continuará, y mucho menos pistas sobre cuándo pueda terminar. Mientras tanto, la huelga silenciosa va cayendo sobre el día a día del gigante sudamericano. Los chicos universitarios se quedan en casa sin hacer nada, bueno, hasta ahí todo bien, durante tres meses.

Luego los turistas, con ánimo de salir del país y pasar un buen rato, comienzan a tener problemas para retirar sus pasaportes. Los aeropuertos se masifican, nada parece ir a un ritmo normal. Todo se para. Procesos y juicios se atrasan, las carreteras se congestionan, se dificulta la emisión de contratos de trabajo. Faltan medicamentos en las farmacias y kits de reactivos en los hospitales. Estos y otros productos importados se quedan parados en puertos y aduanas y aumentan sus precios o arruinan investigaciones.

Y así, en los últimos ocho años, el país brasileño ha perdido dos de su comercio exterior. Entre unas huelgas y otras, el país ha dejado de ganar un dinero que, en estos momentos en que el crecimiento será menor que el esperado -debido a los latigazos de la crisis mundial-, vendría que ni pintado. Un dinero que, irónicamente, podría dedicarse a resolver los problemas que reclaman los huelguistas.

Eso sí, en este escenario a cámara lenta, y cada vez más lenta, hay un personaje que trata de esconderse pero que se mantiene ahí: el gobierno. El gobierno, con el claro exponente de Dilma Rousseff que, le guste o no, le representa perfectamente, se esconde ante las huelgas. Ni actúa ni reacciona. Se limita a esperar como si el ambiente de freno generalizado fuera inevitable hasta alcanzar la meta del día 31 de agosto, fecha límite para la presentación de los presupuestos.

Ese día 31 se ha convertido ya en el día de la salvación. El día en que los huelguistas tendrán que plantearse si aceptan las últimas propuestas del gobierno o se quedan sin nada. Sin duda aquí las huelgas tienen algo más de repercusión que en Europa. El gobierno escucha de forma parecida las reclamaciones; la diferencia: en España nos cansamos de hacer huelga, en Brasil el tiempo de hacer huelga tiene un límite.

Alberto Órfão
Twitter: @a_orfao

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