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Un salmantino en Brasil

Alberto Orfao
Blog de Alberto Orfao.

La cultura del coche en Brasil

Este último domingo acudí a una de tantas exposiciones de coches, en este caso antiguos, que se suceden casi semanalmente en Río de Janeiro. En esta ocasión se trataba de coches de la marca Volkswagen, en su mayoría escarabajos (fusca, como lo conocen aquí en Brasil), que fueron bastante populares en las décadas de 60, 70 y principios de los 80. Y es que a los brasileños les gustan los coches.

Muchas veces me pregunto, y creo que no debo ser el único, cómo es posible que Brasil, un país en el que a priori existe una gran desigualdad social y que, hasta hace muy poco, era muy inestable económicamente, haya habido siempre tan grandes pilotos. Todos recordarán (o habrán oído hablar de ellos al menos) a Emerson Fitipaldi, Nelson Piquet o a Ayrton Senna y, ya más cerca de mi generación, a otros como Barrichello, Felipe Massa o a la segunda generación que ya viene: Nelsinho Piquet o Bruno Senna.



Desde luego parece una hazaña increíble para el país que es imposible de explicar si no se observa la cultura del coche de estas tierras. Y es que, por lo general, cuando hablamos de coches nos suele venir a la mente Estados Unidos. No porque tengan unos coches mejores o peores, o porque basen su economía en el petróleo (que no deja de ser una consecuencia), sino porque sus vidas, en gran parte, dependen del automóvil.

Para ir a comprar, para ir al cine, para ir a trabajar o para llevar a los niños al colegio los americanos recurren a sus vehículos de cuatro ruedas sin pensárselo. En Brasil, esta tendencia es, desde mi punto de vista, cada vez mayor. En las grandes metrópolis, donde millones de personas se juntan y trabajan todos los días, uno de los problemas que cada vez preocupa más a los ciudadanos es el del tráfico. Ese y la falta de alternativas.

Hoy en día en un momento de hora punta en Río de Janeiro un trayecto que, por distancia, debería hacerse en media hora aproximadamente puede llevar al conductor dos horas casi completas de su vida. La alternativa, como pensamos quienes venimos desde Europa, es el transporte público. Sin embargo, convencer a casi 200 millones de personas de que objeten del coche y se rindan a los servicios del estado será complicado.

Es cierto que muchas personas ya utilizan el transporte público en este país -solo el autobús, en Río de Janeiro, lo utilizan 2,2 millones de personas diariamente; y sin contar el llamado 'transporte alternativo' en una especie de furgonetas que llega a movilizar 1,8 millones más- pero sigue sin ser predominante.

Al final del día, quien utiliza el transporte público no tiene otra opción y, en este momento en que el crédito está en el nivel más bajo de la historia del país cada vez se compran más coches. Además, el gobierno de Dilma Roussef eliminó el IPI (Impuesto sobre Productos Industrializados), una especie de impuesto sobre el consumo, temporalmente. Esta medida está haciendo que la industria automovilística no se frene en período de crisis y que las ventas de coches y electrodomésticos se produzcan a niveles espectaculares.

Ahora los líderes brasileños, especialmente tras las últimas elecciones municipales, deberán continuar buscando soluciones para una población cada vez mayor. Una población en la que el número de coches crece exponencialmente mientras el transporte público se deja de lado muchas veces. Sobretodo, tendrán que tratar de cambiar esa cultura del coche; y puede que el momento sea ya, cuando a Felipe Massa no le van muy bien las cosas.

P.D: Las fotografías corresponden a la exposición de Volkswagen de la que hablo en el comienzo del post.

Alberto Órfão
Twitter: @a_orfao

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