Trabazon original

Trabazón

Manuel Muñoz Alejandro G. Machuca
El blog de Manuel Muñoz y Alejandro García Machuca en Tribuna de Ávila

Crónicas de Uyuni

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                                               El Cementerio de Trenes

 

Caminábamos entre la herrrumbre de gigantes baldíos y olvidados, sumidos en la perezosa tempestad del calor de mediodía, que aderezaban un paisaje yermo, de cielos despejados. El Nissan Patrol de nuestro guía, aparcado en los límites de aquel vertedero de acero arenado, desentonaba en un entorno de tiempo inerte, con una mirada hostil, que recibía la visita de turistas hostigados por unos rayos de sol expeditos de sombras. Era aquel un escenario hipnótico, desasosegante y trémulo, plagado de ostentosidades de otra época, en la cual la plata de las minas de Potosí fluía por aquellos horizontes zafios. Con los ojos entrecerrados por una claridad que abrasaba mis pupilas observé los relieves de los que fueron los adalides del desierto, como imperturbables colosos de hierro. Pude leer Janney Penn en sus molduras. Me preguntaba si todos, como aquel candente esqueleto, eran creaciones propiedad de extranjeros; para los que el progreso significaba, de veras, la acumulación total de unos recursos que se escapaban por los puertos chilenos. Un lugar donde el desarrollo no significaba, como nos enseñó Galeano, desarrollar el subdesarrollo. Vagábamos epatados en las entrañas de la más absoluta decadencia, en el ocaso del vertiginoso progreso, ensimismados por el desfile yerto de sus sahumadas invenciones. No había vías férreas, no quedaban operarios; todo se llenó de la nada. Las minas de plata más exuberantes de Latinoamérica, inconmensurables y sagradas cimas bolivianas, yacen hoy exhaustas; coronan la ciudad de pretérita opulencia que se levantó al cobijo de sus faldas. Hoy, plagadas de oquedades rociadas con balasto, sus galerías se yerguen héticas, totalmente desnudas de argento.

 

Nos escabullimos del Cementerio de los Trenes todavía pensativos, hechizados por las notas de The Cramberries - In your head, in your head... - que retumbaban en las ventanas del todoterreno, acompañados por el rugido de un motor de cientos de caballos. Destellos de nuestra niñez eran sustituidos por flamantes recuerdos, ya imborrables, en un momento en el que fuimos conscientes de que asistíamos al más salvaje espectáculo de nuestras vidas. Escuchaba, sentado en el asiento del copiloto, el viático que tintineaba violentamente en la parte de atrás del Nissan de color beis, acorazado con ribetes de plástico instalados específicamente para proteger su carrocería de la insalubre corrosión de la zona. Surcábamos los confines que separaban dos eriales inhóspitos como los pilotos del rally más famoso del planeta, trasladado ahora a las alturas andinas, hollando los caminos marcados por exploradores temerarios. Era aquella una estepa prístina, salpicada de colinas y levantada por las inefables fuerzas geológicas, erosionada por el sol impávido y el huracanado viento de las grandes alturas. De golpe y porrazo, el suelo cambió de color. Una llanura interminable, con surcos que se entrelazaban con las violentas nubes de polvo que levantaban los vehículos, se plantaba ante nuestras atónitas miradas. Avanzábamos contemplando los mamelones inalcanzables que levitaban sobre los límites de aquel inmenso saladar eterno, como los espejismos de un desierto en el que no hay arena. Allí no había oasis, la sal lo ocupaba todo. Habíamos entrado, por fin, en el Salar de Uyuni.

 

                                   Su silencio, muerde. Su blancura, abrasa.

 

A los pocos minutos de adentrarnos en sus dominios enjalbegados, avistamos lo que parecía un refugio pionero, un resto de civilización en medio de aquel océano estéril. El hotel de sal no era más que una muestra de la intrépida tesonería de los habitantes del altiplano, ya cerrado por las pésimas condiciones en las que se encontraba. Frente a él, un monumento de piedra incólume acompañaba a una algarabía de mástiles que enarbolaban las banderas de los participantes en la competición mortal. No encontré la de España. Qué distinto se percibe el país que dio nombre a todos estos territorios una vez se cruza el ecuador. Me reconfortaba poder mirarlo desde lejos, con las lentes de aquellos que, todavía hoy, nos consideran parientes cercanos. Nos despedimos de aquellos pétreos espejismos que se diluyeron en el horizonte y continuamos en aquel éxodo hacia la nada, para experimentar la soledad que acompaña al náufrago en su insular delirio. El Salar es tan inmenso que parece que se desplazaba con nosotros, como una plataforma móvil que nos mantenía embridados en su centro al ritmo de Zombie. Por fin, con una luz que menguaba como nuestras energías, aparcamos frente al postigo de la pequeña posada recostada en el límite de la llanura; regentada por una pareja de anacoretas ancianos, que nos recibieron con hospitalarias sonrisas, galletitas de canela y el todopoderoso té de coca.

 

Únicamente nosotros, tres jóvenes viajeros occidentales, nos hospedábamos allí esa noche. Repuestos tras la ingesta de azúcar y estimulantes aguados, decidimos retirarnos a la calma de nuestra austera habitación al final de un pasillo de suelos y paredes de sal y cemento. Esperábamos a que la oscuridad engullera el lugar, ávidos de descanso. Empero, la noche barruntaba cielos completamente despejados, era época de sequía, y no dejamos escapar la ocasión de apreciar el cielo más nítido que jamás habíamos visto. Sólo los relampagueantes destellos de una tormenta en lontananza y una mina de litio, invisible de día, perturbaban la espesa oscuridad explayada en la sequedad del aire. Las estrellas trepidaban entre los incansables satélites artificiales, apreciables a simple vista, como perezosos cometas sin su rastro de hielo. Era aquel un espectáculo celeste vetado a los urbanitas, eternamente tiznado en la espesa cobija de la perenne luz urbana. Completamente callados, en la soledad de la noche apabullante del Salar, pude apreciar algo que jamás he conocido: absoluto silencio. Incomparable y perturbador fenómeno que me sobrecogía en una inerte calma, como un tesoro delicado y fugaz, quebrado por un leve suspiro o el más sutil de los susurros. En el refugio de la noche sin viento, contuve el aliento mientras se me erizaba el cabello, incapaz ya de ver su belleza blanca y brutal, pura, que reina sobre su inacabable estepa salina, esculpida durante milenios. Tiranía de vacío yerma e imperturbable, estuario de silencio árido y hostil, desafío mortal para los incautos.

 

Jamás olvidaré mi viaje por aquella tierra inhóspita, varada en las alturas, huérfana de océanos; aquella tierra bañada en el silencio de los mares de Bolivia.

 

(Fotos: Sacha Ferrier-Cohen)

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