Trabazon original

Trabazón

Manuel Muñoz Alejandro G. Machuca
El blog de Manuel Muñoz y Alejandro García Machuca en Tribuna de Ávila

Brisa Poética

Abrazo detail

Primero en el norte, después en el sur. Errando a lo largo de la finitud espacial y la infinitud cultural del viejo continente, llegué, gracias a un nuevo gran amigo, a una maravillosa región de pescadores ubicada en el noroeste italiano. Recorrimos, convencidos de la maravilla que nos aguardaba, los pocos kilómetros que la separan del marasmo inclinado más famoso de la toscana. Íbamos en busca de San Terenzo, La Spezia. En cuestión de minutos, las estrechas carreteras de un carril, convertidas en vías de múltiple dirección por los italianos, dieron paso a un azul incólume, libre de cicatrices espumosas, sobre la curva suave de la rozagante bahía. Embelesado por la inspiración que transmitía, comprendí, instantáneamente, el motivo por el que es conocido como El Golfo de los Poetas.

 

Deslumbrante, casi mágico, es y ha sido refugio de numerosos maestros de la lírica italiana y extranjera —si es que existe tal concepto en el arte. Trágicamente ignotos para nosotros hispanohablantes al carecer de su traducción al castellano, muchos de estos poetas latinos fueron quienes bautizaron, por segunda vez, al seductor paraje. He aquí algunos, clásicos y contemporáneos de los que sí tenemos sus obras en español, que escribieron inspirados por la zona. Pasó por allí el poeta que cruzó el Infierno de la mano de Virgilio, conceptualizó el Purgatorio y significó el Paraíso a través de inabarcables versos; Dante Alighieri. Allí, George Sand, quizá vistiendo holgados ropajes varoniles como hacía en París, se dejó absorber por el numen local para bañarse en la inspiración. Los Shelley se trasladaron también a Italia, en busca de una libertad política de la que carecían en su nación. Y fue allí, en esa bahía en la que buscaban aislamiento y tranquilidad, donde se refugiaron hasta que, tras una turbonada nefasta de 1822, apareció en la costa el cuerpo sin vida del poeta y marido de la relación, Percy Shelley. Su esposa, la fabulosa romántica y políticamente activa Mary Shelley, acabó definiendo la Villa como un calabozo, en el cual también acabó perdiendo a su hija. Al reclamo de las ondinas que pueblan la zona también acudió D.H. Lawrence, uno de los cronistas viajeros más prolíficos de la literatura. Junto a la hipnótica bahía redactó sus experiencias en la región, escorzando lo que todavía nos hace palpar sobreponiendo el negro sobre el blanco.

 

Para concluir dejaré a un lado la literatura, aunque sin salir del arte, para nombrar al pintor suizo admirado por Adolf Hitler, lo cual le ha salido caro en la historia, Arnold Böcklin. En sus simbolistas pinceladas se aprecia la irrefrenable influencia de las deslumbrantes vistas que oteaba, entre otros lugares, desde el Golfo; así como la continua intromisión de alegorías míticas procedentes de las culturas de los grandes de la historia clásica, de los reyes del mediterráneo: los griegos y los romanos.

 

Podría pasarme la tarde mencionando nombres egregios, confeccionando un piélago maravilloso, pero me detendré en un momento, un espacio y un hombre; el cual nos será, sin duda, a todos conocido. Situémonos en Porto Venere, una preciosa ciudad plagada de trattorias abarrotadas, curiosos turistas, algún oriundo y unas espectaculares vistas de las islas de propiedad militar y acceso restringido. En sus aguas perezosas flotan yates relucientes con sus oriflamas enhiestas, tan inmóviles como el casco sobre el que descansan. Caminamos con parsimonia, sumidos en cavilaciones como antaño harían poetas y tonsurados, hasta que nos adentramos en una maravillosa fortificación ganada al mar. En un lugar aparentemente aleatorio, sobre una de las paredes alzadas por el hombre, florece, como la magia de la poesía, una gruta con vistas a la (in)finitud tejada por la siguiente inscripción: Grotta Byron. Desde ahí, en aquellos años de principios del XIX cuando Napoleón ya había campado a sus anchas por el Continente, hubo un extranjero del que ya he descubierto el nombre. Poseedor de la capacidad de imantar a quienes le rodeaban, revolucionario, extravagante, ácido y comido literalmente por las sanguijuelas, dejó su huella en la historia del romanticismo y, por ende, de la humanidad: Lord Byron.

 

Es sabido que fue en ese punto, en esa gruta, desde la que se zambulló a la limitada inmensidad del Mare Nostrum, el de todos, para cruzar desde Porto Venere a Lerici a nado. Quién sabe si antes de lanzarse, una vez más a la historia, no había pronunciado aquellas mismas palabras que dijo mientras era carcomido por los adalides de la hemofilia. La fatídica y melancólica palabra a la que ya había dedicado su tiempo... y sus versos:

 

Promesas, quejas, llanto, fueran vanos;

 

más que el lloro, exprimido, ya sangrante,

 

de ojos sin luz, tenaz remordimiento

 

esta palabra dice… ¡Adiós! ¡Adiós!

 

Podría incluir numerosas fotografías que acompañasen al texto para facilitar al lector la percepción de la majestuosidad del lugar. Empero, tras repasar fototecas de internet y aquello que yo mismo fotografié, no he conseguido encontrar nada que capte la esencia, las emociones, las sensaciones o un mínimo atisbo del numen del poeta que supone estar allí presente. En silencio, durante cinco minutos, escuché romper el mar contra las rocas y sentí el impulso de querer saltar, zambullirme, dejarme llevar. Del mismo modo, podría disertar durante sendos párrafos o versos, pero como no soy Lord Byron, ni un Shelley, Sand o D.H., tampoco va a suceder. Me limitaré a escribir que si pasáis por Cinque Terre, o por Pisa, a escasos kilómetros de distancia tendréis este paraíso inmortalizado en el arte; ora silenciado, ora implícito. Espero que nos encontremos pronto por allí. Como dijo el que sí se zambulló: adiós.

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