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Andrés Miguel

Por unas magdalenas...

No hay duda, de todo tiene que haber en este mundo. Hasta gente que no es capaz de sacar adelante el negocio más simple del planeta tierra.

El pasado 3 de mayo me pilló recorriendo, junto a mi señora, un precioso tramo del Camino de Santiago, en su epílogo hacia Fisterra o Muxia.

 

El caso es que madrugamos en Sta. Mariña y a las 7:00 h. de la mañana ya estábamos caminando. No sé si fue por lo mal que dormimos esa noche en el albergue, arracimados e incómodos por el constante graznido de un pájaro portugués que se había metido pa´cenar un plato de lentejas, 2 huevos fritos con lomo de la olla, pan, vino peleón, tarta de Santiago y café… o fue porque le cogí tanta manía al hospitalero que no quería estar allí ni 3 minutos más de lo absolutamente necesario.

 

Nos aseamos rápidamente, casi nos vestimos en la escalera por la evidente falta de sitio y, cuando terminamos, como no podía ser de otra manera, el gachó aún no había abierto la zona del bar para desayunar. No tenía yo por seguro que hubiese algún sitio cercano donde hacerlo, aunque sólo fuera un café y unas tostadas, pero estaba dispuesto a desayunar pepinillos del Mercadona antes que esperar allí y darle a ganar un par de euros. Llovía racheada y persistentemente. Otro día más en marcha con chubasquero, gorro y capa de agua, las mochilas a cubierto y calándonos hasta los huesos a través de los pantalones (que los míos les compré en el Decathlon, porque me parecieron buenos, y no valen el pastón que derroché en ellos, ¡19,95 laureles!, pues se empapan en menos que el portugués se zampó el lomo; comienza a subir el agua hacia arriba y se te acaban mojando los calzoncillos y el tesoro que éstos guardan, ji, ji… qué lírico me ha salido por no decir “la pilila”… ¡uy, perdón!).

 

Gracias a Dios, no mucho más de 2 kms después de comenzar a caminar, encontramos otro albergue, con su cafetería abierta, regentado por una hispana a la que le gusta el fútbol, que nos puso dos cafés bien cargados con los que calentamos hasta los leucocitos… Cuando hizo ademán de regalarme unas magdalenas, después ya de haberme cobrado, recordé que las teníamos nosotros y rechacé su oferta, le di las gracias, saqué las del Froiz y las dimos pasaporte. Me enteré allí que el Barça le había metido 8 al Bayern de Córdoba y me alegré por mis hermanos, culés hasta la muerte, en la certeza de que habrían estado sufriendo por la Liga al menos hasta el 7º gol, cuando por fin tuvieron el resultado asegurado.

 

Mientras nos comíamos las magdalenas, no pude por menos que reconocer la enorme diferencia de trato que nos dispensaron en uno y otro sitio.

 

Había reservado 2 plazas en el albergue Casa Pepa, de Sta. Mariña, 2 meses atrás. Cuando llegamos allí  nos tocaron dos plazas de arriba en dos literas diferentes, separadas; ni siquiera compartíamos la misma litera. Si hubiera querido dormir lejos de mi señora, habría hecho el Camino yo sólo o me habría ido a por tabaco, ¡6 meses! No me gusta dormir en las plazas de arriba, pienso que igual me caigo por la noche y me saco el occipital del sitio, así que soy incapaz de conciliar el sueño, intentando no moverme demasiado. Pero en fin, era lo que había. No obstante, ¡qué falta de previsión, de profesionalidad, por parte de los dueños del albergue! ¡Si tienes una reserva para ese día, pones un papelito en las literas y punto, ya nadie las utiliza! No me cabe en la cabeza, y mira que la tengo desahogada, que en un albergue en pleno camino de Santiago no manejen siquiera ese tipo de recursos al dedillo. “Uy, pues a lo mejor deberíamos poner un número en las literas o algo así”, acertaron a decir… ¡Manda huevos!

 

Nos aseamos como pudimos en un baño mixto, atestado de gente, dejamos las botas de senderismo en una estantería a la entrada del albergue, al pie de 37 escalones, los chubasqueros en otro edificio, los bastones en otro y no pudimos secar la ropa porque los pocos radiadores que había luchaban por respirar, abarrotados como estaban de calcetines y camisetas de otros peregrinos, irradiando “aromas”… ¡qué peste! No he visto sitio más incómodo.

 

Se fue la luz, por la tormenta, y no volvió en casi 2 horas. Aprovechamos a hablar con otros peregrinos, tumbados en nuestras literas y pasamos mejor el rato, escuchando de fondo el rugir del viento y el batir del agua sobre los cristales de las ventanas.

 

Abajo en el bar, los que querían cenar comenzaron a preocuparse cuando, al preguntarle al ministro qué pasaba con su cena si no volvía el fluido, se llevaron por respuesta: “pues a la cama prontito y a descansar”… ¡Por Dios de mi vida! ¡Pero cómo ese tío tiene un negocio! ¿Se puede ser más botarate? ¡Saca unos platos de embutido, borrego, algo de ensalada, pan y vino, y das de cenar a todo el mundo! ¿Quién, en esa situación, va a echarte nada en cara? ¿Quién va a quejarse si cobras la cena a seis o a ocho? Nadie allí, de país alguno, habría dejado de aplaudir tu compromiso de dar cobijo al peregrino, cenutrio, como es tu obligación de hospitalero, sin que mermase el reconocimiento el hecho de que, al tiempo, todos éramos conscientes de que regentas un negocio.

 

Por suerte para 4 francesas, 8 portugueses, 4 alemanas y un par de vascas, volvió la luz y el fenómeno y su consorte hicieron las cenas (parte de ellas consistían en calentar al microondas lentejas estofadas); mi señora y yo bajamos a tomar un colacao para aprovechar unas magdalenas que habíamos adquirido de camino y, al ir a pagar, el colega nos las quiere cobrar…

 

-         “dos colacaos y unas magdalenas, 6 euros”

 

-         “Oiga, que las magdalenas son nuestras”…

 

-         “Ah, como he visto que eran nuevas”… (que me pregunto yo si alguien come magdalenas usadas)… ¡qué sinvergüenza!... nos lo dejó en 4 penitentes.

 

En una mesa, haciendo esquina, tenían su trono dos viejales. Llevaban allí todo el santo día. Fisgando. El peregrino (¡y más las peregrinas!) son la diversión de algunos aborígenes. Se marchan cuando la gente está acabando de cenar y uno de ellos le dice a una alemana que cena frente a nosotros:

 

-         ¿Vas a dormir aquí? (la alemana, que en realidad no le entiende, dice que sí).

 

-         Yo también, en mi casa (la alemana, sigue sin entender nada, pero sonríe).

 

-         Pero duermo solo... (dice el imbécil, insinuando qué sé yo qué, con los 900 años que tenía encima y, me juego el cuello, fase avanzada de incontinencia urinaria).

 

Doy gracias a Dios por el hecho de que la pobre no se cuscó de nada, porque de otro modo, hubiésemos vuelto a quedar los españoles como unos sinvergüenzas, machistas asquerosos y viejos verdes. ¡Qué poco me extrañaría que el imbécil fuera el padre del capataz del edificio! ¡Joer… si se parecían!

 

Me caliento. Podría seguir, pero creo que sirve ya para dibujar una forma de hacer, de llevar un negocio, de prestar un servicio, de generar corrientes, que debería estar penada con un impuesto de Montoro no inferior al 90%, en modo alguno repercutible a los clientes quienes, presentando la credencial de peregrino, debidamente sellada, serían acreedores a la devolución íntegra del importe desvalijado en aquel presidio, más un vale por tres desayunos en el Hospital de los Reyes Católicos de Santiago de Compostela (que pa´eso es del Estado).

 

Pues negocios como éste hay cientos, miles en España. Gerifaltes como éste hay cientos, miles en España. Algunos tienen suerte y ganan dinero… que tiene guasa. Otros no, y acaban cerrando… menos mal. 

 

No sé si la pobre mujeruca que me sirvió el café del desayuno y me ofreció unas magdalenas después de haberme ya cobrado, tendrá suerte en la vida. Lo que sin duda tiene, es todo mi reconocimiento y mi deseo más ferviente de que, lo antes posible, le toque una Primitiva.

 

Pues le tocará al imbécil. ¡Asco de vida!

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