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Andrés Miguel

Lo que aprendí de mis hijos

Grito desde la banda cuando mi hijo coge el balón y se apresta para lanzar (estoy ansioso porque meta un golazo por toda la escuadra desde los nueve metros), grito cuando tiene que defender ("¡¡toca, toca, que no penetre, duro en defensa!!"), grito cuando el árbitro mete la pata ("¿Pero no lo has visto, inútil, es que estás ciego?"), grito cuando un jugador del equipo contrario hace una falta que merecería dos minutos de exclusión ("Eeeehhhh, ¿estás loco o qué, chaval?")... grito, grito, grito...

 

 

Soy consciente de que mi esposa me mira con cara de estupefacción, extrañada por descubrir que se ha casado con Mr. Hyde.

 

También lo soy de que habrá entre el público quien "se esté acordando de mi padre", por decirlo finamente.

 

Incluso no se me escapa que, viéndome en una de éstas, quien me conoce fuera del campo se estará quedando alucinado con mi comportamiento.

 

Lo que hasta hoy sí que se me escapaba por completo es que mi hijo es incapaz de disfrutar del juego si me paso todo el partido "aconsejándole" desde la banda. Y no te digo nada si, cada vez que termina el partido le hago un "repasito" mientras volvemos en el coche ("tienes que ser más vertical... tienes que utilizar las fintas como recurso y no hacerlo de manera continuada porque al final los defensores ya no caen en ellas... tienes que defender más duro y adelantarte al gesto de los atacantes, tocarles y evitar que se te vayan... tienes que... tienes que...").

 

Creo que hace mucho tiempo que nos hemos equivocado con esto, que nos hemos “pasado 20 pueblos”. Y no estoy hablando aún del típico padre que “persigue” al entrenador de su hijo, le “enseña” a hacer su trabajo y le “recomienda” la mejor alineación del equipo que, lógicamente, incluye a su chaval. 

 

Estoy hablando de una cierta posición mental que hace, por ejemplo, que compremos a nuestros hijos las mejores zapatillas deportivas del mercado (¡varias veces a lo largo de la temporada!), la ropa de entrenamiento más cómoda, chachi y transpirable, la camiseta térmica de manga larga y la de manga corta, que les llevemos a la cancha en nuestro coche para que no lleguen cansados al entrenamiento, les mimemos, adulemos, reverenciemos porque han metido un gol o han ganado un partido y nos parezca mal que tengan que jugar al aire libre y no en un polideportivo con parket y vestuarios.

 

Nos hemos “colao” hace mucho tiempo; exactamente lo hicimos, creo, cuando dejamos de considerar el juego un disfrute en la infancia y lo convertimos en una competición de adultos. Y digo bien, de adultos, porque observo que vivimos en nuestros hijos la experiencia deportiva repleta de éxitos que hubiésemos querido para nosotros hace treinta años.

 

De modo que he visto a padres reprender a sus hijos porque se les escapó un atacante o lanzaron un balón a las gradas, los he visto presionándolos con tal carga de negatividad, de tal manera, que ni siquiera un deportista profesional sería capaz de aguantarlo. He visto, créanme, a un padre decirle a su hijo, con 14 años: “Has jugado 32 minutos, lanzado 9 veces, 4 fuera, 1 a la madera, 2 te ha parado el portero y sólo 2 han sido gol; por este camino no vamos a ninguna parte”. ¡Creí que me moría!

 

Siendo así no es de extrañar que algunos chavales se comporten durante el juego como verdaderos delincuentes, maleantes infantiles, capaces de las trampas más grandes, de los insultos más sonoros, de las acciones más agresivas, chulescas y reprochables. Juraría que, a estas edades tan tempranas, esa mezquindad no les sale de dentro, la han incubado en casa.

 

Detengámonos a pensar:

 

Cuando yo era un crío, ¡por supuesto que me gustaba ganar, a todo el mundo le gusta más ganar que perder!, pero más allá del resultado, que no recuerdo ninguno, lo que sí recuerdo especialmente, lo que me provoca una sonrisa, es cómo me apresuraba a acabar con los deberes y el bocadillo para volver al patio de las escuelas y jugar al fútbol con todos mis amigos y los demás chicos del barrio, en un campo con más arena que el desierto y dos piedras gordas como porterías. ¡Cómo me gustaba llegar allí y participar de la ceremonia de la elección de los equipos, ansiando escuchar mí nombre, al menos, antes del último! ¡Cómo disfrutaba dándole patadas a un “balón de reglamento” tan duro como el hormigón armado, aunque no metiera un gol ni en treinta y seis partidos!

 

No había allí más presión que la del tiempo; pareciera como si el reloj caminara entonces más deprisa de lo normal, como si enseguida se viniera la noche y, con ella, el momento de volver a casa.

 

Ganabas… perdías… te metían una patada… dabas otra… te rompías un hueso… una mamá sacaba de las orejas a tu delantero porque se había ido de casa sin terminar los deberes… otros repartían el bocata entre los de su equipo para poder empezar el partido cuanto antes… no te importaba si jugabas en playeros, en zapatillas de estar en casa o en botas de goma, no importaba si cada uno llevaba la camiseta de un color o si algunos jugaban con el abrigo puesto, mucho menos importaba si a uno le partían las gafas de un balonazo, porque ésas eran las reglas del juego… Estábamos allí para disfrutar y ser felices. ¡Y… Dios, cómo disfrutábamos!

 

Me pregunto ahora por qué nos empeñamos en que nuestros hijos no lo hagan.

 

Demos un paso atrás y disfrutemos de nuestros hijos disfrutando.

 

No se enrede, no es un trabalenguas.

 

Menos presionados… jugarán mejor.

 

Menos presionados… serán más felices.

 

Menos presionados… desearán seguir jugando.

 

Menos presionados… paladearán la vida como hicimos nosotros cuando teníamos su edad.

 

¿No haremos eso por nuestros hijos?

 

Nota:

 

Escribí este artículo en noviembre de 2012.

 

Hoy, lamentablemente, sigue teniendo vigencia. Sigo observando una enorme presión alrededor de los eventos deportivos, cualesquiera que sean. Tanta, por tan diversos motivos, que, en el colmo de la estupidez, hasta dos aficiones se citan para darse de palos. Tenemos mucho que cambiar. Quizás debamos comenzar nosotros, sí, los padres, con nuestros críos, en las competiciones escolares. Pero nuestro trabajo quedará en nada si políticos, instituciones, periodistas, televisiones, deportistas profesionales… no hacen algo más que desmadrar lo que sólo es deporte y ocio.

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