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Andrés Miguel

La vida, la muerte, el amor…

El reciente artículo de mi “vecina” Esther Pedraza me ha hecho pensar.

No soy capaz de imaginar lo difícil que debe ser tomar una decisión como ésa…

Aunque tratemos de esconder la certeza en los rincones más apartados de la memoria, somos plenamente conscientes de que un día moriremos; quizás por eso, cuanto más disfrutamos de la vida más procuramos de olvidarnos de la muerte. Para todos nosotros, que desde nuestra misma concepción llevamos dentro el gen de la vida, el impulso por sobrevivir,  la muerte es un hecho cruel, extremadamente duro, que significa la derrota final, la pérdida más irremediable.

 

Y nada nos prepara para esa derrota, ni siquiera nuestra vieja religión católica, para quien la muerte es parte de la vida, de hecho, una parte no demasiado importante habida cuenta que se trata de un paso intermedio en el camino hacia la vida eterna, que ése sí es el premio gordo.

 

He asistido a algunas ceremonias en las que el párroco hablaba de la muerte en relación con el amor. Y he de decir que fueron homilías bonitas, aunque insuficientes. Todos cuantos hemos perdido a alguien cercano, a quien queríamos, a quien seguimos teniendo en la memoria, sentimos que el amor por ellos permanece y  que, de algún modo, sustenta la magia de que no hayan muerto del todo, de que, para siempre, estén junto a nosotros. Pero la realidad, la despiadada realidad, es que ya no están, que nunca les volveremos a ver, que no escucharemos más su risa, ni discutiremos con ellos de fútbol o de toros, que no nos acompañarán ya de vacaciones, que no aprenderemos nunca más de sus experiencias.

 

Admito que el amor es muchas veces el soporte de nuestros mejores recuerdos. Y, sin embargo, me pregunto cómo es posible que, en base a ese mismo amor, unos padres decidan que su hija, enferma sin posibilidad de cura, deba dejar de existir en un determinado momento.  No soy capaz de imaginar lo duro que debe haber sido para ellos llegar a este punto. Me pregunto cuánto hay que amar para pedir para un hijo una muerte cercana.

 

Daniel Gottlieb afirma que “cuando dejamos de luchar contra la muerte, logramos despertarnos a nuestra vida”. No sé si eso es cierto, no sé si hay evidencias. Lo que sí sé es que hay que haber sufrido mucho en la vida para creer en la muerte como la mejor opción.

 

La Iglesia Católica dice que la muerte es el final de la vida en la Tierra, pero no es el final de la vida, pues hay un cielo en el que las almas buenas disfrutarán de la contemplación de Dios, de la felicidad eterna y absoluta.

 

¡Ojalá sea verdad, Andrea, ojalá sea verdad!

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