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Andrés Miguel

La moda del coma etílico

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Leí  recientemente que el alcohol es el causante de entre el 30 y el 50% de los accidentes de tráfico con víctimas mortales y que, curiosamente, aunque el consumo de alcohol está descendiendo en general entre la población española, este es un mal hábito que está creciendo de manera preocupante entre la población joven. Sólo hace falta salir a la calle una noche de sábado cualquiera, para observar cómo la madrugada se llena de jóvenes enganchados sin control a una cogorza del 15. ¡Y no te digo nada si sales en Ferias!

Diría que no son conscientes, en su mayoría, de que ese camino lleva a los comas etílicos, a los accidentes de carretera, a veces a la muerte, otras al alcoholismo y la autodestrucción. No, no son conscientes en absoluto, es más, ellos “controlan”.

 

Imagino que, iniciándose en el consumo de alcohol, creen estar dando el paso hacia una edad adulta que no tienen, ni mental ni físicamente. Imagino que, con un melocotón de aúpa, la noche les parece más divertida, más desinhibida, más sociable.

 

La realidad está muy lejos de esto. Tras pegarle de más a la litrona, a los cubatas, al calimocho, los efectos sobre el sistema nervioso son más que evidentes y, por mucho que crees controlar, te conviertes en un idiota sin sentido que vaga sin rumbo, sin capacidad consciente de decisión, sin fuerzas para defenderse, en resumen, en un pelele sin control alguno.

 

Beben en grupo, acaso por miedo a quedar excluidos, por necesidad de ser aceptados, en una patente manifestación de que, aún tan listos como se creen, tan gallitos a veces, son personas sin criterio, sin identidad formada.

 

Me pregunto qué harán sus padres cuando estos críos lleguen a casa, haciendo más eses que una víbora del desierto, oliendo a vómito y vinazo, farfullando palabras sin sentido, cuando no insultos o agresiones verbales.

 

Me pregunto qué sentirán esos padres si ellos han sido ejemplo de todo lo contrario, si en su casa el alcohol apenas se prueba y, ni siquiera con ese ejemplo, los hijos han sido capaces de aprender la lección.

 

Me pregunto qué pensarán si están cansados ya de hablar con sus hijos sobre los peligros y los efectos del consumo de alcohol sin que los chavales hayan tomado nota de lo más mínimo.

 

Me pregunto con qué cuerpo esperan, levantados, a un hijo, hasta altas horas de la madrugada, sin dormir, sin descansar, atemorizados ante lo que pueden encontrarse cuando éste llegue, dándole vueltas a la cabeza, temiendo por ellos, hundiéndose moralmente ante el poco eco que ha tenido en ellos el esfuerzo de unos padres por enseñar a sus hijos otras formas de ocio, otras aficiones, otras maneras de pasar el rato.

 

Me pregunto qué hace falta para que nuestra sociedad reconozca que, con esto, tenemos un problema.

 

Y me temo que la respuesta no es otra que, para nuestra desgracia, esto ya no tiene arreglo. Entre tanto sentido democrático de pandereta, tanta libertad de expresión mal entendida y tanta chuminada culturilla y progre, estamos más cerca de crear en Las Moreras un “beódromo”, que de abrir una nueva biblioteca.

 

Cuando el próximo borracho se lleve por delante a dos o tres personas, nos echaremos las manos a la cabeza, le culparemos de todo y nos olvidaremos de que, quizás, se pasó la noche en las Moreras con el beneplácito de las instituciones públicas y los políticos a quienes hemos votado.

 

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