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Andrés Miguel

La herencia del hermano menor

Cada obstáculo, cada contratiempo, cada dificultad o atolladero, son una oportunidad para encontrar lo mejor de cada uno de nosotros.

Érase una vez, en el lejano Egipto, un campesino que, ya cargado de años, decidió repartir su herencia entre sus tres hijos.

 

Disponía el campesino de un buen puñado de tierras, cercanas al Nilo. Casi no tenía que preocuparse por ellas. Solían anegarse hacia el mes de julio, en el akhet de su calendario, con las crecidas de las aguas y, entonces, nada podía hacerse hasta el mes de octubre, época de siembra, período llamado por ellos el peret; por suerte, esas tierras retenían el fértil limo cuando las aguas volvían al cauce y así, en cada campaña, pasado el mes de marzo, coincidiendo con la época del shemu, regalaban al labriego abundantes cosechas de cereales, legumbres y verduras.

 

Otra buena extensión de sus tierras no estaban ya tan cerca del río, pero tras décadas de duro trabajo, el campesino había logrado crear una notable red de canales y acequias que, mientras el agua no escaseara, y nadie había conocido nunca escasez de agua en el sagrado Nilo, en la medida en que no se descuidara la limpieza de los canales, para evitar que la maleza los destruyera o atascara, bien podían regarse y ser tan fértiles como las primeras. Es cierto que requerían más cuidados, pero estas tierras no tenían nada que envidiar a aquellas otras que tan extensas cosechas generaban.

 

Finalmente, el campesino era propietario también de alguna extensión de tierra ganada al desierto, si bien arenosa y áspera, en la que había que mantener una constante lucha con la naturaleza siempre dispuesta a recuperar su terreno. Nunca supo qué sembrar allí. Durante años los vecinos se hartaron de decirle al campesino que en aquella tierra era imposible plantar nada, incluso sus dos hijos mayores se negaban siempre a ayudarlo, pero él, junto al pequeño, no dejó nunca de atender a su cuidado. Hacía tres años, tomando consejo de su propio hijo, había plantado unos olivos que aún no había dado fruto alguno.

 

Reunido con sus hijos, les habló de esta manera:

 

-Hijos, no es mucho el tiempo que me resta antes de que Anubis venga a reclamarme; por ello, quiero repartir mis tierras entre vosotros. He consultado a Ma´at, Diosa de la Justicia y he decidido que, puesto que a todos os quiero por igual, cada uno de vosotros reciba un tercio de las tierras que tenemos.

 

-"Eso es justo, padre", dijo el mayor de ellos, adelantándose a todos, "yo me quedaré las tierras que lindan con el río".

 

-"Siendo así, padre", dijo el segundo, "yo heredaré las tierras bien canalizadas que se encuentran a media distancia de nuestro sagrado río".

 

-"Padre", dijo el tercero, "me siento orgulloso de mi herencia, aunque sé que las tierras que me restan son duras de trabajar y nunca dan descanso. Te agradezco, padre, este regalo".

 

Los hermanos mayores se mofaron de él, ante la perspectiva de una vida sencilla, casi apacible, ayudados por el generoso Nilo que tan lejos quedaba de aquellos tristes olivos que ni siquiera daban fruto y del mucho trabajo que a su hermano le quedaba por delante. Acababan de asegurarse una larga y regalada vida. Nunca faltaría un plato de legumbres en su mesa y, en realidad, tampoco habrían de esforzarse mucho. ¡Cuánto peor le iría a su pequeño hermano, dueño de una tierra a punto de desaparecer en las fauces del desierto en cuanto se descuidara!

 

¡Qué curioso que sólo una década más tarde, el pequeño hermano se había convertido en un acaudalado hombre de negocios, mientras los mayores seguían atados a la tierra y al viejo calendario que marca el Nilo!

 

Egipto es hoy el noveno productor mundial de aceituna, siendo incluso el primero en rendimiento de sus explotaciones, con más de 8.000 kgs. por hectárea, muy por encima del rendimiento que obtenemos en España.

 

Sólo con el tiempo, los hermanos mayores aprendieron la lección que les esperaba tras la decisión de su hermano: cada obstáculo, cada contratiempo, cada dificultad o atolladero, son una oportunidad para encontrar lo mejor de cada uno de nosotros. Su hermano, el pequeño mozalbete objeto de sus burlas, lo supo incluso antes de recibir su herencia.

 

Es maravilloso que la vida nos brinde grandes momentos, que nos llene de regalos sin exigirnos nada a cambio. Pero no lo es menos que nos sitúe ante el espejo de los contratiempos para que sepamos ver en ellos nuestras auténticas capacidades.

 

Disfruta de los grandes momentos, claro que sí, y afronta los otros con confianza, optimismo, tenacidad, entusiasmo y resistencia.

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