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Andrés Miguel

El obispo Blázquez cumple objetivos

Les ha dicho el Papa Francisco que salgan a la calle, que hablen con la gente, que sean accesibles, que se preocupen, que se entreguen… y eso vi el pasado martes con ocasión de la celebración del sacramento de la confirmación de algunos jóvenes en mi parroquia. Así de simple.

 

 

“Quiero que se salga a la calle a armar lío, quiero lío en las diócesis, quiero que se salga fuera, quiero que la iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que es mundanidad, comodidad, clericalismo, de lo que es estar encerrados en nosotros mismos… Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades"… Son las palabras del Papa Francisco.

 

La ceremonia fue larga, casi dos horas, pero el lenguaje de nuestro Arzobispo fue sencillo, directo, cordial, destinado a jóvenes confirmantes y familiares que allí estábamos, todos de pera en punto. Podría decirse que habló como si fuéramos tontos y, aunque la mayoría de los casos acertase, los otros seis y yo lo agradecimos igualmente, no en vano aún recuerdo esas ceremonias en que comenzaba el cura a hablar y habías desconectado a los 3 minutos, después de no entender nada salvo el comienzo: “Hermanos…”, pues te descerrajaban unos sermones tan repletos de palabras huecas, vocabulario rebuscado, metáforas ininteligibles y dale que te pego con las penas del infierno que, si lo piensas bien, o desconectabas o te dejaban tocado pa´los restos.

 

¡Madre mía! ¡Aquellos sermones de entonces han provocado más abstenciones en la misa de los domingos de hoy que las recetas de Montoro y la corrupción juntas en las elecciones de hace 20 días! Si llego a haber tenido un Smartphone en aquella época, hoy sería una figura del Candy Crush, en vez de saberme el nombre de todos los santos que hay en la iglesia de mi pueblo… ¡qué infancia!

 

El caso es que ayer casi me entraron ganas de volver a la senda de los pecadores… ¡Ah, calla, que en esa ya estoy!... a la de los arrepentidos que quiere el Señor.

 

Animó a los jóvenes a vivir la vida desde la Fe, a madurar en ella, a perseverar en lo recibido a través del Bautismo, la Comunión y la Confirmación, sacramentos de iniciación, que no de término, a edificar sobre ellos una vida cristiana que no tiene por qué ser menos intensa que una vida ajena al sentimiento religioso. ¿Cómo te deja el cuerpo mi resumen?

 

En su exhortación apostólica, “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco insta a los católicos a poner en marcha “la revolución de la ternura”, una etapa que ha de caracterizarse por la alegría, la renovación, el diálogo y el encuentro de una Iglesia con las puertas abiertas.

 

Vi ternura en el gesto de nuestro Obispo, en sus modos, en sus palabras. Quizás el tiempo, capaz de limar aristas y reducir la piedra a polvo, ha ido también suavizando su discurso, no lo sé. Tal vez lo lleve dentro. Lo que sí sé es que, en la biografía de este “tal Blázquez”, ha habido momentos menos placenteros que estos que hoy vive en nuestras parroquias, no en vano pasó un tiempo en Bilbao y le tocó mediar entre víctimas del terrorismo, gobiernos, proetarras, prensa y ciudadanos. Su posición entonces fue de "apoyo a las autoridades y a la sociedad entera en esta lucha tan larga y difícil contra la organización terrorista ETA". Y su discurso en aquel tiempo no me parece distinto, en su sencillez, al que yo escuché el martes: "El terrorismo es cada día más insoportable. Ante él no caben apoyos sociales, ni inhibiciones, ni cálculos tácticos… La desaparición de la banda terrorista vasca dignificaría éticamente a nuestra sociedad”.

 

Percibí sencillez, dulzura en el tono y en el mensaje, mirada franca sin suficiencia, cariño en su acercamiento a los más pequeños, respeto en sus palabras con los ancianos, vocación de servicio. Me sentí de algún modo emocionado ante aquel hombre que, tiempo atrás, no dudó en acercarse al Hospital (donde, a las cinco de la madrugada, los médicos certificaron la muerte de Miguel Ángel Blanco) para rezar un responso con el que tratar de aliviar a la familia.

 

El pasado martes, Don Ricardo impartía la doctrina como imagino se hizo un día, hace dos mil años.

 

¡Qué bien le sienta a la vieja Iglesia salir a la calle! ¡Cuánto ha tardado! 

 

 

 

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