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Andrés Miguel

De la reproducción del oso polar

Leyendo Tribuna me he enterado de que el humorista Leo Harlem rechazó este año pregonar las Fiestas de la Virgen de la Vega, en Tordesillas, por su radical oposición al maltrato animal. 

Esto lo dice un tío que afirma, de sí mismo, ser un tipo con sobrepeso al que le gusta comer bien… de hecho, en uno de sus divertidos monólogos rememora aquellas raciones de antes, que te miraban a los ojos como los toros a los toreros… uno de los dos no sale vivo del restaurante”. Sé bien que no es ningún tonto y que no piensa que las gambas rebozadas, el lechazo asado y los torreznos que tiene pinta de comer a paletadas, caigan de los árboles; de modo que lo que ocurre es que, quizás, yo no estoy entendiendo bien toda esta perorata de los “animalistas”.

 

Va a ser que matar animales sí que vale, pero suavecito, como sin que lo noten, no vayan a sufrir mucho… aunque no sé yo, porque me falta experiencia propia, si morirse puede ser cosa suave. Me da que no.

 

Ahora en serio.

 

En todo esto del Toro de la Vega no he visto nunca, como ahora, tanto engaño, tanta mala baba, tanta farándula y tanto morro. Pocas veces he visto antes tanto desprecio por los demás seres humanos como el que se demuestran entre sí “animalistas” y forofos del encierro. Y he de decir, desde mis propias gafas, que nadie aquí está libre de pecado; los “animalistas” tampoco. Detecto en ellos una evidente falta de respeto hacia las personas, supongo que no hacia los animales, y creo que, en realidad, les importan tan poco las tradiciones y preferencias de los demás, como a los otros la reproducción del oso polar, quizás menos.

 

Les parecerá una estupidez, lo es, pero no hace mucho, un destacado miembro de los “animalistas” empapeló de pegatinas con eslóganes el coche de un vecino de su propio pueblo, que también es el mío. Daba pena verlo. ¡Con lo mal que se quitan las puñeteras pegatinas! Si el “animalista” no tuvo un brazo en cabestrillo durante 40 días fue sólo porque el dueño del coche demostró entonces mucha más educación y tolerancia bien entendida que el defensor de los animalitos.

 

Esta sociedad en que vivimos se ha vuelto tan déspota con las diferencias, que ha perdido gran parte de su cordura. La realidad desenmascara enseguida el engaño al que nos someten las palabras. Oímos hablar de tolerancia, de diversidad, de riqueza multiétnica, de libertades… pero apedreamos a quienes tienen aficiones distintas a la nuestra y arrinconamos a quienes piensan, son o se muestran diferentes.

 

Quienes más alto claman por libertades, pretenden acabar con aquellas manifestaciones de cultura, con aquellas tradiciones o usos que, simplemente, no les gustan o no se ajustan a su manera de pensar (y hastía que, esencialmente por razón de modernidad, “su manera” haya de considerarse siempre la única correcta).

 

Tiene huevos que quienes claman en defensa de los desahuciados, entren en masa en una sucursal bancaria, la ocupen, secuestren a sus empleados y los insulten“en defensa de los derechos humanos de los desfavorecidos”. Y más que lo hagan sin miedo alguno a consecuencias porque bien saben que la Policía Local templará gaitas, aconsejada por los mequetrefes políticos que la gobiernan.

 

No me tengo por un tipo arcaico, contrario al “buen gusto” del siglo en que vivimos. Curiosamente no me gustan los encierros. Tampoco me agrada que 50 fenómenos paseen un día por mi ciudad en bicicleta mostrando la pilila y moviendo las domingas, pero ni de lejos se me ocurriría apedrearles, por más que ellos presuman de desobediencia (así lo proclaman: "al desplazarnos en bicicleta por la ciudad convertimos nuestra movilidad en un cívico acto cotidiano de desobediencia”).

 

Algunos dirán que matar un toro a lanzadas no es una muestra de cultura, pero que sí lo es la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos de la ONU, realizada por Miguel Barceló con unos botes de pintura que le sobraban y que parece un montón de gotelé mal colocado. También dirán que hacer correr a un toro ensogado por las calles de un pueblo no es una manifestación cultural, pero defenderán a muerte, como hito cultural y social, que cuatro desaprensivos pintarrajeen con sprays las paredes de los edificios y se larguen luego a hacer botellón a un aparcamiento… siempre que con el spray no manchen las ventanas de su casa o el aparcamiento les pille justo enfrente, que ya veríamos entonces.

 

 

Entiendo que no es lo mismo, que hay diferencias. Y lo admito. Defiendo la diferencia.

 

Presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos de la Universidad de Bolonia, escritor, lingüista y filósofo, el maestro italiano Umberto Eco, en su libro “A paso de cangrejo”, expresa esto de la manera más sencilla, racional y certera que jamás oí: 

 

“Uno de los valores de los que habla mucho la civilización occidental es la aceptación de las diferencias… De modo que lo que hay que hacer es decirles a los niños que los seres humanos son muy diferentes entre sí, y explicar bien en qué son diferentes, para luego mostrarles que esas diferencias pueden ser fuente de riqueza… Somos una civilización pluralista porque permitimos que en nuestro país se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a ello sólo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagadores del cristianismo. Si lo hiciéramos, nos convertiríamos también en talibanes. El parámetro de la tolerancia a la diversidad es sin duda uno de los más fuertes y de los menos discutibles, y consideramos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y son bárbaros los que pertenecen a nuestra cultura y no la toleran. Punto final.”

 

Pues eso, punto final. Estoy un poco harto de talibanes… y encuentro que hay muchos de esos bárbaros, disfrazados de ovejitas, en la piel de toro.

 

Postdata:

 

Félix Ángel, a la cata de lechazo asado me apunto… si es gratis… antes de que Pedro Sánchez y el del “Tomate” lo prohíban.

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