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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Saca algo bueno de los fracasos y aprende a ver que en lo más sencillo está lo que debes querer

La frase que da el título a esta entrada de “Historias de mujeres” es una máxima de mi abuela paterna. He de decir que las mujeres de mi familia, de ambos bandos, han sido fuertes y decididas, cada una a su manera, y me ha dado ejemplos silenciosos de cómo afrontar los avatares de la vida. Volviendo la vista atrás me doy cuenta de que debo analizar, de que debemos analizar lo que nos dejaron como herencia intangible los que nos fueron amando y murieron, porque en eso que esté dentro de la finitud de la vida también estará la posibilidad de afrontar la nuestra sin tantos dramatismos.

 

Ninguna de mis abuelas y bisabuelas pudo acceder a estudios superiores, supongo que como máximo fueron a la escuela del pueblo, porque recuerdo a mi bisabuela Herminia leyendo con una lupa las novelas de Corin Tellado, con la pelerina negra echada por los hombros y un moñete gris que se recogía con redecillas imposibles y mal tejidas por ella misma. Murió con 102 años y su muerte fue una decisión personal, creo, porque se encontraba perfectamente y anunció su óbito al irse a la cama una noche de junio, nunca más despertó. Siempre estuvo ahí escuchándonos a todos pacientemente, soportando una vida marcada por las guerras y por la muerte de algunos hijos, hasta que consideró que no pintaba nada en este mundo. Así me gustaría a mí morir y me encantaría tener la capacidad de encaje que ella tenía , porque a pesar de los desastres de la vida, era capaz de reírse con nuestras ocurrencias juveniles, que soltábamos en alto para escandalizarla y llorar de emoción cuando la abrazábamos todos a la vez haciéndola un ovillo.

 

También estuvo por mi vida mi abuela Lola, la que de unas plantas del campo nos hacía ramos imperecederos y teñidos de colores, y la que nos enseñó que nada es tan importante como para llorar a la primera y que hay que esperar a que pase algo verdaderamente desesperante para entrar en desesperación. De ella aprendí a salir a las seis de la mañana en el mes de julio, atravesando en silencio el campo ya agostado, mojándome las sandalias de rocío. Encontrarse con uno mismo, sin Dioses de por medio, aunque en su lenguaje era: “Ester, levántate conmigo mañana que vamos a escuchar a las palomas”.  Con ella hablaba durante horas al brasero de cisco en los inviernos, aceptaba a todos como eran, sin cuestionarlos pero miraba con desgana a los salvapatrias y los que  iban a misa diariamente.

 

Mi abuela Sera, totalmente opuesta, envuelta en el victimismo de la España del 36, mártir de una vida marcada por muertes prematuras, eternamente vestida de negro y con los ojos tristes que nunca sonreían, me enseño algo de la “santa paciencia”, lo que he podido asumir por mi carácter. Le debo el amor a la lectura. Me regalaba libros de Emilio Salgari, de Carlos Dickens, de  Julio Verne, en una edición amarillenta de Salvat que combinaba textos con cómics. Decía que leer me haría sabia.

 

Y es que somos una amalgama de  líneas inconexas, compuesta  de todos los que nos precedieron, los que  nos dieron el testigo. Es importante aprender de lo sencillo, sobre lo que raramente reflexionamos.

 

Ester Bueno Palacios

Presidenta de la Asociación Josefina Aldecoa

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