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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Las noches en el parque

Microrelatos de verano 1

La noche entraba de puntillas en la arbolada de viejos nogales ahítos de sol y la tierra expulsaba de sí el calor acumulado durante el día intenso del mes de julio. Un aire suave de montañas viejas bajaba por la ladera y se colaba entre las piernas morenas hechas un cuatro sobre las escaleras con musgo rasposo y ennegrecido.

 

Elisa recogió sus zapatos y fue a sentarse con los que fumaban en el corro de al lado, las caladas hondas reflejaban las caras y teñían de sombras espectrales los ojos semiabiertos, mientras la oscuridad lo invadía todo, sin luna que pudiera iluminar siquiera el entorno más próximo.

 

El cementerio antiguo, dentro del viejo monasterio de los Dominicos presidía la escena desde arriba, a la izquierda de la elevación, al otro lado de la valla. Todo se prestaba a historias de fantasmas, de niños atrapados en las bóvedas del cercano palacio, de mujeres de pelo de plata paradas en la esquina de la cortante sobre el río enflaquecido en el junio pasado, de pasos espectrales hollando los senderos entre los que los grillos hacían pasarelas de cantos chirriantes.

 

Arturo, el más sereno de todos los que estaban, apuraba los restos de un vino mal curado y hablaba de una abuela que sólo vio dos veces antes de que muriera y que en las noches como esa, en julios repetidos, vagaba por la casa del pueblo en que vivía haciendo santerías entre muebles gastados.  Describía a la mujer y su espectral presencia como si la estuviera sintiendo en el momento, poniendo una voz grave, más baja y ronca que de costumbre, eligiendo palabras que sonaban a muertos y a naftalinas esparcidas por las alcobas sin ventanas que daban al salón.

 

Decía que la abuela cuando llegaba julio se presentaba sola, como a quien se le espera tras un largo viaje y se dejaba reflejar en el espejo de la sala de dentro, con su cristal roído por el tiempo, para que ellos la vieran. Con su moño en lo alto cuajado de horquillas y sus grandes ojeras que tuvo desde siempre, desde que fuera joven, las mismas que tenía en el retrato retocado del pasillo. Arturo aseguraba que todos las esperaban, desde que desembarcaban con maletas y trastos para pasar los meses de verano en la vieja propiedad de la familia. La esperaban sin miedos, sin angustias ni nada.   Esperaban su paso por detrás de las sillas cuando estaban comiendo, el cierre de las puertas, los visillos moviéndose cuando no había viento y una voz repetida en la oreja de alguien que decía “te quierooooooo”.

 

El círculo blindado de jóvenes risas bromeó sobre el tema. Rociaron a Arturo de frases divertidas sobre sus percepciones, sobre las creencias en gnomos y fantasmas. Y Elisa, la más crítica, le aseguró con escepticismo que eso se llamaba “alucinación en masa” y siguieron contándose de “chicas de la curva” y de ovnis y planetas, entre la quietud de los nogales y el nimbo del verano envolviéndoles, como hemos hecho todos a los dieciocho años, con la despreocupación de que mañana llegará sin agobio.

 

Bajando para casa, Elisa se paró a la puerta de Arturo, planeando el día siguiente, en breves despedidas pero sin querer irse. Al cruzar el dintel él sintió los susurros esperados por todos, pero esta vez le dijo: “te quiereeeee”.

Comentarios

Maar 29/08/2013 18:54 #1
Me ha gustado mucho el relato.!Que bonitos los recuerdos de aquellos veranos!

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